2004-04-03
El libro no se cierra (sobre el canon de bibliotecas)
ANDRÉS NEUMAN


Mis primeras bibliotecas fueron tan importantes como mis primeros amores. Y hasta diría que, sumados, nuestros amores y nuestras bibliotecas equivalen casi a una vida entera. Pienso en la biblioteca de mis padres, cuando empecé a leer con una mezcla de fascinación y desconfianza; en aquella biblioteca que formamos, gracias a un excéntrico maestro apellidado Alvanese, en mi escuela de Buenos Aires; en la biblioteca del instituto Alhambra, donde jugaba al ajedrez y elegía al azar nombres desconocidos; o en la de la Facultad de Letras de Granada, con su pequeño paraíso de anaqueles y revistas, donde he pasado muchas horas estudiando mientras me entretenía. Y, por supuesto, pienso en las bibliotecas municipales, a las que sigo yendo cuando necesito hacer una consulta.

Como autor, mi vínculo con las bibliotecas no ha sido menos intenso: es para mí un honor y una alegría comprobar, cada vez que visito una, que alguien ha tenido la curiosidad de llevarse a casa alguno de mis libros. He tenido ocasión de conocer distintas bibliotecas públicas en toda España, especialmente en Andalucía, y debo decir que tanto la incansable labor de su personal como las múltiples actividades que ofrecen a los lectores, tienen una importancia capital para el desarrollo cultural de cada región. Por eso me he llevado un susto mayúsculo al saber que, si no reaccionamos de manera urgente, este entramado cultural y educativo corre un serio peligro.

Una directiva europea sobre alquiler y préstamo de derechos de autor, fechada en noviembre de 1992, estableció la posibilidad de prohibir o autorizar los préstamos de obras. Dicha directiva daba la opción a los Estados miembros de pagar por el uso de sus derechos, así como la decisiva posibilidad, según el apartado tercero del artículo 5, de fijar excepciones para determinadas instituciones públicas. Aunque la mayor parte de los Estados se ha acogido a la posibilidad de eximir a sus bibliotecas del nuevo canon, hace algunos meses que, a instancias de gestoras de derechos como la SGAE y el CEDRO, se les ha abierto un expediente a varios países (España entre ellos) por no realizar los pagos. La situación es preocupante: de consumarse la amenaza, nuestras bibliotecas públicas detendrían su crecimiento (en el mejor de los casos), reducirían considerablemente su capacidad de servicio (en la mayoría de casos), o podrían incluso desaparecer (en el caso de las bibliotecas de menor presupuesto).

Los principales perjudicados serían los lectores, vale decir los ciudadanos. Y eso que nuestros índices bibliotecarios no son como para relajarse. Los datos pueden consultarse en la web www.maratondeloscuentos.org/librolibre, o en el número de enero-febrero de la revista ‘Educación y biblioteca’. Pese a que en la última década la cantidad de bibliotecas públicas españolas ha aumentado en un 60%, la distancia que nos separa de la media europea es inmensa: por cada habitante de la Unión se efectúan un promedio de cinco préstamos anuales, mientras que en nuestro país ese índice apenas alcanzó el 0,77% en el año 2000. En cuanto a los fondos, nuestras bibliotecas han llegado a disponer de un libro por habitante, cuando la media europea se sitúa por encima de los dos ejemplares por habitante. En esas condiciones, y con unos servicios bibliotecarios tan necesitados de inversiones públicas, sería una insensatez, una irresponsabilidad y un riesgo elevar sus gastos con una cuota injusta. Si no queremos arrancarles las páginas a nuestros libros, es absolutamente prioritario que cualquier subida en los presupuestos tenga como destino único la mejora de las infraestructuras existentes.

Las entidades interesadas en imponer el canon argumentan que los préstamos libres perjudican a los autores (y, por supuesto, a ellas). Personalmente, como autor, no me interesa lucrar con un servicio público, ni quiero ese porcentaje (que, dicho sea de paso, nos supondría unas cantidades mínimas). Cuando un lector desea un libro, suele ir a comprarlo; y, cuando no lo hace, suele ser porque no tiene dinero: para eso están las bibliotecas. Supongo que cualquier escritor preferiría perder un posible comprador, a cambio de ganar varios lectores. Pero es que, además, eso de que las bibliotecas nos provocan pérdidas resulta discutible: como se afirma en el manifiesto que cientos de autores hemos firmado, las bibliotecas dan a conocer nuestra obra a más lectores (que, en muchos casos, acuden luego a las librerías); nos acercan a las poblaciones que carecen de comercios; permiten que nuestros títulos permanezcan más allá de los límites de la distribución y de los ridículos tres meses que duran las novedades; y fomentan la lectura masiva. Por lo demás, las bibliotecas no dejan de pagar cada ejemplar y sus correspondientes derechos a las editoriales, de modo que un autor muy demandado implica un cierto aumento en las ventas.

Pero sobre todo: las bibliotecas, museos, archivos, hemerotecas, fonotecas y filmotecas públicas son instituciones de interés general, cumplen una función educativa y -como las escuelas y los hospitales- no deben medirse en términos de lucro. Más allá de los lectores compradores, que todos deseamos que existan, cualquier ciudadano, sea cual sea su situación económica y geográfica, debería tener acceso libre al conocimiento. Los libros son mundos que se abren, no puertas que se cierran. Por este motivo, urge que nos sumemos a las firmas que vienen recogiéndose en todas las bibliotecas. Es necesario exigirle al nuevo Gobierno un apoyo decidido, y mostrarle a las entidades litigantes que la ciudadanía se opone a este atropello.

En Granada, el concejal de Cultura, Juan García Montero, se ha mostrado dispuesto a secundar esta lucha. Convendría que la Junta de Andalucía y la Universidad se implicasen de la misma manera. En Italia se ha formado una cadena de acción conjunta que reúne a bibliotecarios, editores, libreros, lectores y autores: sus exactas siglas son BELLA. Bello será también que nos sumemos a los actos del 22 de abril: a las ocho de la tarde, alrededor de cada biblioteca, se formará una cadena humana que simbolizará el rechazo a esas otras cadenas que pretenden imponerle a la lectura. El libro es una fábrica de ideas. Cada biblioteca, una ciudad donde caben todas las fábricas. Salgamos a la calle para decir que no. El libro no se cierra porque allí, entre sus páginas, en mayor o menor medida, trabajamos todos cada día.