2004-03-27
Homenaje a los dardos (sobre Lázaro Carreter)
ANDRÉS NEUMAN



Hace pocas semanas moría en Madrid Fernando Lázaro Carreter, penúltimo presidente de la Real Academia y lingüista colosal. La triste actualidad ha ido postergando el pequeño homenaje que deseaba tributarle. Sin embargo la lengua no caduca y, además, es el principal testigo de cualquier acontecimiento. Un idioma, cuando está vivo, viaja a la misma velocidad del pensamiento. E incluso a veces, para desgracia de los lectores u oyentes, se adelanta al pensar. Por eso valdrá la pena recordar a un maestro de nuestro idioma, y evocar aquellos memorables ‘dardos’ con los que, desde las páginas de la prensa y en forma de libro, Lázaro Carreter azuzaba la indolencia del verbo.

El objetivo principal de la puntería del maestro estaba en los medios de comunicación, a veces nobles portavoces de las palabras de la tribu, y otras veces espejos deformantes de sus peores hábitos. ‘El dardo en la palabra’ era un proyecto en marcha, una escucha siempre alerta que registraba voces, vicios y vacíos verbales. Detrás del chaparrón de tinta y de micrófonos que se desencadena con cada noticia, quedan en el suelo de la lengua verdaderos grumos, restos de errores que van acumulándose hasta enturbiar nuestra dicción y la exactitud del idioma. Y un idioma inexacto se convierte, más tarde o más temprano, en el cómodo asiento de un pueblo sin ideas.

Remedando a don Lázaro, puede decirse que algunos permanecen ‘impávidos’ ante este problema. Sólo que, si queremos ser precisos, debiéramos recordar que ‘impávido’ significa sencillamente libre de pavor, sereno ante un peligro. Y que es ‘impasible’ la palabra que alude a la indiferencia, esa misma con la que tantos periodistas y escritores emplean ambos términos. ¡Cómo gustan las esdrújulas a los malos redactores! Así que ya lo saben: no deben emplearse ambas palabras como si fueran sinónimas... y mucho menos debe decirse ‘debe de’ cuando queramos referirnos a una obligación. Por desgracia, está ya muy extendida la costumbre de confundir el deber con la suposición (el ‘debe’ con el ‘debe de’), lo cual quizás explique, ¡ay!, la tendencia de la prensa a dar las hipótesis como algo seguro.

¿Dónde radica la insistencia en determinadas confusiones?, se pregunta uno al leer los periódicos. Pues debe de radicar -supone uno- en el poco prestigio de las normas, o en el escaso interés de nuestra escuela por impartir más y mejor gramática. Hay tantísima morfología, sintaxis funcional y teorías semiológicas que preguntar en los exámenes, que apenas queda tiempo para enseñarles a los alumnos a hablar correctamente. Una vez llegados a la adultez, será difícil que éstos adviertan cuándo se está infringiendo las reglas del idioma. E ‘infringir’, ya que estamos, se parece muy poco a ‘infligir’: la primera se usa para referirnos al incumplimiento de una norma, mientras la segunda se emplea cuando se causa un daño. Una cosa es que, gracias al infractor Pablo Alfaro, la defensa del Sevilla tienda a ‘infringir’ el reglamento, y otra muy distinta es que consiga ‘infligirle’ una derrota al Real Madrid. A ver si, un día de estos, los cronistas deportivos dejan de infligirle patadas al idioma.

Claro que, con tantos jugadores como hablantes, el partido es difícil de arbitrar. Sin ánimo de expulsar a nadie (don Lázaro prefería las tarjetas amarillas), habría que preguntarse por qué le ha dado a todo el mundo últimamente por ‘visionar’ las cosas que antes ‘veía’ sin más. Una cosa es que un espectador analice con atención cierta jugada conflictiva, que eso sí es visionar, y otra cosa es que, en cuanto pongamos el ojo en cualquier sitio, empecemos a tener visiones. Tanto delirio idiomático amenaza con crear una verdadera problemática. Que no es lo mismo, ojo, que tener un simple problema: una ‘problemática’ es un conjunto de ‘problemas’ en torno a un mismo asunto. Y este asunto del idioma no deja de plantearnos dudas.

¿Qué hacer ante una duda lingüística? Pues, además de comprarse un diccionario, un manual de dudas gramaticales y los ‘Dardos’ de don Lázaro, no estaría de más estar alerta siempre, aprender a preguntarse por el corazón de las palabras. ¿Sería esto lo mismo que ‘cuestionar’ continuamente? Depende. Si quisiéramos poner en duda cualquier afirmación, entonces sí (pues ‘cuestionar’ es oponerse a unos argumentos, discutir razones). Ahora bien, si nos refiriéramos al simple y llano acto de formular una pregunta, entonces bastaría con ‘preguntar’. La lengua es un músculo mágico que necesita ejercitarse. Es decir, un músculo ‘que entrenar’ o incluso ‘por entrenar’; pero nunca ‘a entrenar’, que es un giro procedente del francés y no añade nada, aparte de un error, a su significado original.

Son matices, en fin, ‘por’ o ‘para’ estudiar. Nuestra lengua merece hablantes sensibles, aunque no por eso va a estar uno ‘sensibilizándose’ con cada término, por mucho que insensibles locutores quieran acostumbrarnos. ¡No vaya a ser que, de tanto ‘confrontar’ una palabra con otra, comencemos a ‘visionar’ confrontaciones donde no las hay! Fíjense si no en nuestro políticos, que viven acusando a sus rivales de buscar la confrontación, cuando en realidad se lanzan mensajes desde la distancia: en estas últimas elecciones, sin ir más lejos, hubo un candidato que no quiso ‘confrontarse’ (cotejarse, exponerse a un careo o colocarse frente a otra persona) ni en un solo debate. Ojalá estas actitudes no se repitan en el futuro... como bien estaría que no se repitiera el redundante latiguillo ‘volver a repetirse’.

La lengua es un músculo y un tesoro, pero a veces también es una espada. Igual que toda espada tiene un doble filo, un dardo puede emplearse para afinar nuestra propia puntería o para herir a otros. Mientras muchos políticos viven lanzándose gruesos dardos para conseguir lo segundo, Fernando Lázaro Carreter no cesó de emplear los suyos para lo primero. Pero hay quien, donde pone el ojo, pone la bala: ¿no sería posible que los medios dejaran de emplear tanta metáfora bélica, disparos, bombardeos, acribillamientos, puñaladas y demás repertorio sangriento, para aludir a fenómenos verbales como las objeciones, los debates, las preguntas insistentes o la críticas negativas? Mejor sería seguir el ejemplo de un maestro que trabajó por poner cada palabra en la diana del pensamiento. Muchas gracias, don Lázaro, en nombre del dolor reciente. Y en nombre de la memoria viva de nuestro hermoso idioma.