2004-01-31
Guía para el camino (Kirchner en España)
ANDRÉS NEUMAN



Encantados, señor, felicidades, pero no vuelva demasiado. Más o menos así me imagino la bienvenida a Néstor Kirchner, el presidente argentino, quien ha estado esta semana de visita por España. Kirchner ha pasado de ser un mal menor a ser una esperanza. No es poca proeza para alguien que hace un año competía con Menem -esa larga y confusa pesadilla política- por ver qué sector del peronismo se quedaba con el país. Con todas las reservas hacia su partido y algunos de sus colaboradores, es de justicia reconocerle que su gobierno está siendo notable. No sólo por esa tímida recuperación económica que, en definitiva, depende tanto de Argentina como de sus amos; sino sobre todo por la sensibilidad simbólica que viene demostrando el presidente. Kirchner parece haber comprendido que, para sobrevivir, el ciudadano argentino necesita mitigar dos cosas: las penurias y las desilusiones. Nadie puede comer tan sólo ilusionándose, pero tampoco nadie puede llevar una vida digna sólo alimentándose. Curando la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas, reparando lentamente su esperanza en la política, será más sencillo buscar soluciones. Para un país cansado, casi convencido de su fatalidad como Argentina, estos refuerzos anímicos resultaban urgentes.

Me agrada que Kirchner entrase pisando fuerte en la Casa Rosada, con una combinación de legalismo y osadía. Mucho más allá de la obsesión macroeconómica de sus antecesores, sus primeros objetivos fueron la cúpula militar, el poder judicial, la policía y las multinacionales que tanto se han quejado últimamente por dejar de ganar los disparates que venían ganando. Cuando escucho a algunos empresarios norteamericanos -y también, ay, a algunos españoles- me imagino a un granjero gordo lamentándose de lo poco que rinde la vaca exhausta y demacrada cuyas ubres lleva triturando toda la mañana. Me asombra que, en las previsiones de los inversores, no estuviese contemplada la evidencia de que algún día la ganga podría interrumpirse. << Argentina está todavía en el infierno >>, ha declarado Kirchner en Madrid, despejando cualquier especulación acerca de la cuenta corriente de los ángeles. Lo mejor es que las empresas españoles, al principio renuentes a su política de austeridad, comienzan a aceptar unas rentabilidades más modestas pero más estables. Muchos nos alegramos de este breve respiro para el país del sur, cuyo nuevo presidente ha demostrado que las recuperaciones no siempre se consiguen con más neoliberalismo, sino con más sentido común, honradez y equidad social.

Aznar y Kirchner conversaron sobre los cuarenta mil argentinos sin papeles que viven en España. << Estamos muy felices con ellos y deseamos que los que tengan la oportunidad de venir y trabajar estén legalmente, y serán muy bienvenidos >>, declaró nuestro presidente. Esta generosidad es lógica: a España le convienen los inmigrantes latinoamericanos. Hablan el mismo idioma, comparten las costumbres, tienen una buena cultura media y son baratos. Sin embargo, el sonriente Aznar le advirtió a Kirchner que su capacidad de maniobra está limitada por los compromisos de Schengen y la Unión Europea. No es que sea mentira, pero ¡qué poco interés muestra el Gobierno por según qué acuerdos internacionales, y cuánto respeto por otros! ¡Tan batallador se ha mostrado estos últimos tiempos con la cúpula de Europa, y ahora resulta que, en materia de inmigración, haremos lo que digan Francia y Alemania! Pero en 2003 hemos recibido cerca de un millón de inmigrantes, y según el Instituto Nacional de Estadística son ya más de dos millones y medio en total. De esta importante cantidad, casi el cuarenta por ciento procede de Latinoamérica. En España hoy viven más ecuatorianos que marroquíes, más colombianos que ingleses y más argentinos que franceses. ¿Hace falta ser un experto para sacar conclusiones? En cuanto a los inmigrantes sin papeles, asciende exactamente a la mitad del total. Lo extraño es que, mientras nuestra tasa de fecundidad sigue siendo la más baja de toda la UE y nuestra población activa envejece, Aznar y sus fascinantes ministros responden que sí, que ya pedirán permiso a ver qué hacen.

Se puede ser imperio o se puede ser colonia; el mundo reproduce a escala política el eterno atropello de los débiles a pies de los poderosos. Pero lo que decepciona es que España no esté sabiendo jugar el interesante papel de bisagra, de puente entre ambos mundos que le correspondería. Aznar nunca se preocupó demasiado de cómo lucraban las empresas españolas en Argentina (aun cuando los mayores responsables fueran los gobernantes argentinos), pero apenas estalló la bancarrota pidió << un plan creíble >> para ellas. Consiguió contener sólo a medias la fuga de capitales, se puso en guardia con Kirchner y ahora lo felicita de que haya << cumplido los objetivos que le marcó el FMI >>. La vocación de portavoz del Imperio de Aznar no conoce descanso. Pero nuestro presidente olvida que el desastroso legado económico que dejaron Menem y Cavallo fue consecuencia, precisamente, de adorar los salvajes dictados del FMI. El ministro Rato nunca dijo nada de eso. Cierto que ahora España ha influido para que el Fondo, entre arrepentido y alarmado por sus propias pérdidas, aprobase las cuentas de refinanciación de las deudas argentinas. Era lo menos que debía hacerse. A este respecto, es lamentable la postura de dos países que opusieron resistencia y se abstuvieron: Inglaterra, con su pasado de guerras e inversiones en aquel país; y sobre todo Italia, cuyo actual pragmatismo humilla la memoria de la multitud emigrante que recaló en Argentina y sembró para siempre sus apellidos.

Sentado en un café de la avenida Cervantes, leo que Kirchner estuvo en Fitur, donde asistió a la presentación de la guía anual YPF. Recuerdo aquellas guías, similares a las Campsa españolas, con las que recorríamos las carreteras de Buenos Aires en el coche anaranjado de mi padre. Cuando cierro el periódico, un señor a mi lado me pide el periódico. Yo le pregunto si es argentino, cosa que en realidad ya he averiguado, y él contesta que sí. Se llama Quico, es arquitecto y tiene la nacionalidad italiana por sus ancestros. Me pido otro café. Quico me cuenta que colabora con un colectivo argentino cuya sede está cerca de la calle Recogidas. En estos días han ampliado su espectro y se han constituido como asociación latinoamericana. Pienso en Kirchner y Lula, y le digo que me parece una buena idea. Quico me explica que la asociación apoya a inmigrantes sin papeles, gestiona puestos de trabajo, organiza cooperativas y ofrece un lugar donde reunirse. << Ahora, por la Ley de Extranjería >>, opina Quico, << hay un endurecimiento. No podés conseguir un trabajo o una ciudadanía acá, tenés que volver allá para gestionar todo personalmente. Con estas leyes todo es expulsivo >>. Le ofrezco mi ayuda, por si la necesitara. Él se queda mirándome. << ¿Y vos sos argentino? >>, me pregunta. Uff, resoplo yo, no estoy seguro. A lo mejor, para saberlo, necesitaría consultar la Guía de YPF.