2009-05-30
Fútbol Club Extranjero
ANDRÉS NEUMAN



Me tocó casualmente llegar a Barcelona el día de la final de la Champions. La gente por la calle iba toda vestida de eufórico blaugrana. En el aire, en las esquinas, en los balcones flotaba un aroma a triplete.

¿Te vienes a ver el partido?, le pregunté al único amigo madridista que tengo en la ciudad. ¡Por supuesto que no!, exclamó él con cara de haber sufrido mucho todo el año, ¡me voy al cine!, ¡me encerraré hora y media!, ¿y tú?, ¿lo vas a ver? Yo le conté que me habían invitado a vivir la final en un pub del centro. ¡Mira que eres valiente!, se asombró él. Pero lo mío no tenía nada que ver con la valentía. Soy del Real Madrid, pero sobre todo soy curioso.

El partido, ya lo saben, fueron diez minutos de vendaval inglés y otros ochenta de éxtasis culé. El ambiente en el local era formidable. Se trataba de un pub inglés con mayoría extranjera. Pero todos, suecos, belgas, británicos, chilenos, senegaleses, estaban enfervorizados con el Barcelona y no paraban de aplaudir, saltar, bailar y cantar «¡Coooopa, Liiiiga y Champions!» con la misma melodía de ‘We will rock you’ de Queen, himno de moda en la ciudad.

Yo miraba a mi alrededor, los veía celebrar los goles (el virtuosístico de Etoo, que pareció de Messi, y el inesperado cabezazo de Messi, que pareció de Henry), los veía reír, abrazarse, brindar juntos. Y me preguntaba no tanto qué hacía allí como por qué seremos de un solo equipo, por qué nos habrán educado fanáticamente para amar unos colores e ignorar o incluso odiar los demás colores. Entonces deseé poder sentirme también del Barcelona. No para poder ganar el título, que por suerte el Madrid tiene unos cuantos, sino para poder compartir el jolgorio con toda aquella gente.

«¡Madridista el que no bote, eh, eh!», aullaban mis compañeros de barra abrazándome con camaradería, sin sopesar siquiera la posibilidad de que alguien allí no fuese del Barcelona. Me abrí paso entre la multitud para pedir otra cerveza. «¿Dóóóónde están los mereeeeengues? ¿Dóóóónde están los mereeeeengues?» Bebía para olvidar, para ver si olvidando me sentía de otro equipo, de cualquiera, y conseguía por un instante ser feliz como el resto del pub. Mientras volvía a mi sitio, un grupo de muchachos se puso a gritar «¡Madrid, cabrón! ¡Saluda al campeón!» Casi sin pensarlo, me volví hacia ellos y les dije: Os saludo. Durante un par de segundos se quedaron mirándome perplejos. Después estallaron en carcajadas y me palmearon la espalda diciendo: ¡Cachondo! ¡Eres un cachondo! ¡Visca el Barça!

Al final del partido vi a Berlusconi bostezando ante la victoria de un equipo que no era el suyo. Vi a Zapatero aplaudiendo un resultado europeo mucho más favorable del que le espera en las elecciones. Y vi a Joan Laporta, paladín del catalanismo y se supone que republicano, chocando entusiasmado los cinco con el Rey, como dos compañeros de peña blaugrana. A lo mejor, pensé, Laporta también quiere ser de todos los equipos.

A la tarde siguiente fui a un centro comercial a firmar ejemplares. Alrededor del edificio empezó a congregarse una gigantesca muchedumbre que saludaría el paso del autobús de los campeones. Salí del centro comercial en dirección opuesta. Me detuvieron tres chicas jóvenes, turistas norteamericanas, que parecían ignorar en qué consistía el revuelo. Sorry, dijeron las chicas, ¿the Ramblas? Tuve la tentación de contestarles: That way, ¡visca el Barça! Pero sólo sonreí y les señalé un punto en su mapa. La muchedumbre cantaba colgada de las farolas y yo tenía ganas de unirme a ella. De cantar porque sí, porque la fiesta es un derecho universal. Uno es, quisiera ser, hincha de la alegría más que de una camiseta. Pero no sé si algún día sabremos tanto de fútbol como para eso.