2009-05-22
Números viejos
ANDRÉS NEUMAN



Siempre me han fascinado las direcciones que ya no existen, los anuncios publicitarios de productos extinguidos, las tarjetas de presentación de personas difuntas. Contemplando esa clase de testimonios, repasando cada dato preciso, uno comprende qué hace el tiempo con eso que llamamos presente, nuestro presente.

El otro día, leyendo una novela bastante aburrida del narrador francés Patrick Modiano, me topé con una antigua dirección de Madrid que me llamó la atención: calle de Jorge Juan, número 17. Quizá me atrajo la sencillez del nombre, su modesta exactitud: Jorge Juan. O la coincidencia del diecisiete, que ha sido desde siempre mi preferido, mi número de la suerte. A continuación en el libro se mencionaba un teléfono: 50 222. ¿Cuántas veces habrá cambiado de teléfono cada casa a lo largo del siglo pasado? ¿Cuántos números distintos habrán existido en cada ciudad? Y sobre todo, ¿adónde irán a parar los números antiguos, a qué limbo de voces del pasado y llamadas nunca más repetidas?

Casi sin pensarlo, estiré un brazo hasta mi móvil y marqué velozmente el 50 222. Lo hice como quien le guiña un ojo a una foto o habla solo en la oscuridad. No esperaba, por supuesto, obtener respuesta. Por eso mismo me sobresaltó tanto escuchar, tras dos señales de llamada, una voz nasal al otro lado de la línea. Una voz con un acento raro, que sonaba natural pero al mismo tiempo atascada, como sumergida dentro de algo.

Colgué inmediatamente.

Durante todo el día traté de olvidar esta pequeña anécdota, quitarme la curiosidad de la cabeza. Había muchas explicaciones posibles: podía ser un número de servicio público, algún código que yo ignoraba, un simple error de la línea. En cualquier caso, preferí no llamar otra vez al 50 222. Sin embargo esa noche, mientras todos dormían, no pude resistir la tentación de marcar un viejo número de mi infancia, cierta serie familiar de dígitos que había memorizado a los ocho o nueve años. Contestó una mujer muy amable que no pareció inmutarse cuando le pregunté por Ezequiel, mi amiguito de la escuela. La mujer me pidió que esperase un momento. Cuando escuché la voz de un niño, una voz muy aguda, nerviosa, el corazón me dio un vuelco e interrumpí la llamada.

Desde entonces, enfebrecido e incrédulo, he marcado cada antiguo teléfono que me venía a la memoria: números de casas en las que ya no vivo, de amigos de la infancia, ex novias, parientes fallecidos, tiendas que cerraron. Ninguna de mis llamadas ha desembocado en el previsible aviso de que el número marcado no existía. En algunos de esos números me ha atendido una voz nasal. En otros no ha contestado nadie. Pero todos sonaron. Como si aquellos números siguieran todavía ahí, flotando en algún cable, a la espera de que alguien los recuerde, los invoque. Siempre he colgado tras obtener respuesta.

Naturalmente, mañana mismo cambiaré de compañía telefónica. Y todo por culpa de una novela de Patrick Modiano, narrador nostálgico que no volveré a leer.