2009-05-09
Susan Boyle y el machismo involuntario
ANDRÉS NEUMAN



Asisto con curiosidad al súbito estrellato de Susan Boyle, la cantante escocesa que triunfó en el concurso ‘Britain’s got talent’, y cuyo físico está en las antípodas de lo habitual en los trampolines televisivos: es muy poco agraciada, gordita, viste mal, tiene ya cierta edad. Tanto leo sobre ella, que al final me decido a buscar el vídeo donde canta un tema del musical ‘Los miserables’, el titulado ‘I dreamed a dream’. Elección ni casual ni inocente.

Veo el vídeo y desde el primer instante me quedo pasmado. Y no precisamente por la voz de Susan. En cuanto ella abre la boca, el jurado finge asombrarse, emocionarse, ser feliz, desmayarse. El público presente en el plató, más teledirigido que una campaña electoral, entra en éxtasis eufórico. Hasta el punto de, naturalmente, dejar de escuchar a la concursante. De haberlo hecho, habrían comprobado lo evidente: que, fea o no, Susan canta regular. Ni muy bien ni muy mal. Su timbre es agradable sin exagerar. Tampoco es ningún prodigio de técnica. Pierde más de una vez la afinación en los agudos y vibra de manera forzada, como si la estuvieran estrangulando. Eso es lo que muchos habrían notado enseguida si Susan hubiera sigo guapa, delgada y elegante. Eso es lo que, por respeto a la música y a la capacidad real de los demás concursantes, podríamos haber opinado si no fuésemos tan políticamente correctos e inconfesablemente machistas, paternalistas, cazadores de apariencias.

Por un momento pienso que quizás estaba nerviosa, que a lo mejor se trata de una gran voz abrumada por las expectativas. Buceo en la red y encuentro un vídeo amateur de Susan grabado hace 25 años, mientras cantaba en una fiesta, boda o bolo. Mi impresión musical no varía. Se la ve más delgada, más joven y con el mismo don mediano para el canto. ¿No se puede ser fea y cantar mediocremente? ¿No se puede ser guapa y cantar de maravilla? Y sobre todo, ¿no encontraron a nadie que cantara mejor? Pero no: la querían a ella. A alguien con su apariencia.

Vuelvo al vídeo del programa. Releo las crónicas y también los comentarios de los internautas: «le sobran cualidades», «una excelentísima voz», «simplemente te toca la fibra», «el vibrato de su voz te hace escucharla en su plenitud», «se me pone la piel de gallina, parece que se está cambiando la concepción de la belleza en la sociedad y se visualizan otros valores más profundos», «no siempre las mejores son las más bellas», «una vez más se demuestra que no debemos fijarnos en las apariencias», «una voz de acero, talento, ha sido ignorada por no tener padrino», y un inverosímil etcétera.

Si Susan Boyle hubiera sido guapa, delgada y elegante, la mayor parte del público (masculino y femenino) habría murmurado con crueldad: «pues menuda pedorra, tampoco es para tanto, ¿quién será su padrino?, ¿con quién se habrá acostado?, ¿cuántos publicistas tendrá detrás?, y el escote, ¿le ha visto el escote?, ¡por favor!, ¿pensará que se canta con las tetas…?» Pero no. Como Susan es trágicamente fea, había que ovacionarla por unanimidad como si fuera tonta y amañar el concurso y simpatizar artísticamente con ella y divulgar que es virgen y lanzar una grosera campaña para intentar convencernos de que en la tele, en los concursos, en la vida de nuestros sueños, los débiles también triunfan porque en el fondo la justicia existe, aunque tarde. Y por supuesto, ay, por supuesto a la semana siguiente había que embellecerla un poco, transformar su aspecto como nuestra Rosa OT, que por cierto canta bastante mejor Susan. En la farsa de los sueños telerrealizados, ni siquiera los gorditos que triunfan tienen derecho a seguir siéndolo.