2009-05-02
Robin Hood, cara B
ANDRÉS NEUMAN



Siempre me han fascinado las desmitificaciones de los personajes históricos, los retratos incómodos de los grandes héroes. No tanto por afán morboso (que también), sino porque esas vidas ocultas nos enseñan dos cosas. La primera es que no hay ser humano que no lo sea en toda su extensión, incluidas las maldades, los errores y las tonterías. La segunda es que, por eso mismo, en realidad nadie vendrá nunca a salvarnos.

Leo que Robin Hood, benefactor de benefactores, redistribuidor universal de las riquezas, hoy imaginado como una suerte de ídolo proletario de los bosques medievales, pudo estar más cerca del bandido común de lo que sospechábamos. De acuerdo con el investigador escocés Julian Luxford, que acaba de encontrar y divulgar un breve documento del siglo XV, el arquero encapuchado no se emboscó solamente entre los árboles de Sherwood ni se limitó a despojar siempre a los más ricos. Quizá Robin y sus hábiles muchachos tenían desvalijada a media Inglaterra: a fin de cuentas, sólo un ladrón ambulante pudo hacerse tan famoso. Y es muy probable que, cuando no encontrasen botines mayores, se conformaran desplumando al primero que se cruzara en su camino, sin importarles si era noble o plebeyo, partidario o víctima del príncipe.

Verdad o no, de algún modo se me antoja justo que Robin Hood fuese injusto. De lo contrario, los pobres del mundo tendrían motivos para esperar que alguien los redima, los proteja desinteresadamente y les devuelva la dignidad a cambio de nada. La realidad es que, mientras puedan, sus explotadores seguirán explotándolos, los ricos seguirán enriqueciéndose y los demás seguirán ignorándolos. Difícilmente un líder, un héroe popular, un salvapatrias, dedicará su vida a luchar por los derechos de los más desfavorecidos. Y, en el improbable caso de que lo haga, me temo que su objetivo final será engordar su propio poder o beneficio. Es triste, pero al menos no es mentira.

Si uno estudia las biografías de los paladines militares, desde los caudillos a los guerrilleros míticos, se da cuenta de que, más que individuos empeñados en mejorar la vida del prójimo y sembrar la felicidad ajena, por lo general eran individuos con graves dificultades para amar o ser felices, más o menos obsesionados con suicidarse de manera grandiosa. Ahora bien, también está lo otro: la cocina. Por no decir el baño. Según el historiador José Miguel Carrillo, el emperador Napoleón sufría unas hemorroides considerables. Las cuales, en las vísperas de la decisiva batalla de Waterloo, se le sublevaron más que los monarcas conservadores. Su estrategia debió pasar entonces de la montura implacable de su caballo a una modesta bañera analgésica.

Este giro escatológico en la biografía de Napoleón nos demuestra que la historia tiene dos caras como los discos: la cara A, plagada de grandes hits que todo el mundo se sabe de memoria, y la cara B, cuyo contenido termina resultando tan o más representativo para entender al personaje. O a lo mejor la historia tenga dos mitades como las personas: de cintura para arriba, la mitad esculpida; y de cintura para abajo, la mitad que escupe.

Cien días después de su llegada al poder, leyendo las noticias sobre sus viajes triunfales por medio mundo, me pregunto en qué asiento terminará sentado Obama cuando dejemos de contemplarlo como un icono pop, un Robin Hood aterrizado en Washington por la gracia de Disney, y empecemos a analizarlo como lo que es: un posible buen presidente en apuros.