2003-12-27
Felices fiestas, Kapuściński
Felices fiestas, Kapuściński
Andrés Neuman


Reciente Premio Príncipe de Asturias, Ryszard Kapuściński es tal vez el periodista más prestigioso del mundo. Reportero perpetuo, narrador subterráneo, corresponsal del mundo, su obra se ha convertido en objeto de estudios literarios, históricos, políticos y por supuesto periodísticos. Por eso, en unas fechas como éstas de noticias previsibles y silencios no tan entrañables, quisiera colocar bajo el abeto un librito reconfortante del señor Kapuściński: ‘Los cínicos no sirven para este oficio. Sobre el buen periodismo’ (Anagrama). El volumen reúne tres espléndidas conversaciones. En la primera el maestro polaco discurre acerca del oficio de informar. En la segunda reflexiona agudamente sobre la independencia y las miserias del continente africano. La tercera es un inteligente mano a mano con John Berger, quien sospecho que se pasó la velada interrumpiendo al discreto Kapuściński.

Antes de sumergirse en obras esenciales como ‘El emperador’, ‘La guerra del fútbol’, ‘El Imperio’ o ‘Ébano’, al lector curioso le recomendaría que se detuviese en la primera conversación de este librito. En ella están resumidos los principios que el autor considera básicos para hacer un periodismo honesto. Lo valioso de este texto, como en toda palabra de hombre sabio, es que sus sencillas verdades pueden aplicarse a otros ámbitos. Denuncia Kapuściński la tendencia de los medios de comunicación a perder el contacto con los ciudadanos y a nutrirse de notas, conferencias de prensa y demás fuentes oficiales, convirtiéndose así en << caja de resonancia de los regímenes >> de turno. Frente a este autismo informativo, Kapuściński defiende -y practica desde hace décadas- la creatividad lingüística, el criterio personal y la intuición. Para él, como para Unamuno, la historia de una sociedad está tejida con los hilos de una multitud de individuos anónimos. Su sigiloso procedimiento se acerca más al de los novelistas o los detectives: se trata de ir al sitio, confundirse en la calle con los otros y ponerse a olfatear su realidad.

<< El tema de mi vida >>, escribe Kapuściński, << son los pobres. El Tercer Mundo no es un término geográfico ni racial, sino un concepto existencial >>. Viajero de los márgenes, sus ideas en este punto son similares a las que expuso el presidente Lula hace unos meses, precisamente durante la gala de los Príncipe de Asturias: << La pobreza no llora, no tiene voz. La pobreza sufre en silencio, no se rebela >>. Los oprimidos piensan más que nada en poder alimentarse; de ahí que administrar su hambre sea la mejor manera de mantenerlos callados. Kapuściński procura darles voz, no como un iluminado representante de las masas sino como observador atento, como alguien que ha convivido con ellas y da cuenta de lo que ha visto.

Igual que en literatura, en el periodismo no existe la pura información, sino la narración. Y un narrador jamás es inocente. Acaso el peor de los cinismos sea desentendernos de lo que hemos escrito o fingir una neutralidad absoluta. Frente al cloroformo de la corrección política, Kapuściński propone un concepto necesario: lo ‘éticamente correcto’. No se trata de ser tibios, pero sí prudentes. Es decir, denunciar las injusticias desde el respeto al prójimo, no desde la arrogancia: << No puede ser corresponsal quien desprecia a la gente sobre la cual escribe >>. Muchos de sus principios valen como decálogo para los escritores.

Humanista convencido, nuestro periodista empezó como poeta y se licenció en Historia. Considera que la función de los medios no es fabricar actualidad, sino << describir la historia en su desarrollo >>, mezclar la urgencia del qué con la búsqueda de los porqués. Kapuściński entiende su trabajo como un diálogo: no es posible contar si no escuchamos antes. La noticia es el prójimo, su vida oculta. ‘Los cínicos no sirven para este oficio’ es una clase magistral de ética creativa, de profesionalidad entendida desde la emoción. Una cosa es mirar la realidad con sano escepticismo, y otra muy distinta es devaluar el mundo a fuerza de nihilismo. Haciendo concesiones, nuestra opinión no sería libre; pero sin ninguna piedad por lo que vemos, nuestra libertad no sería justa. << Las malas personas >>, arriesga Kapuściński, y algo hay de ejemplar militancia en su optimismo, << no pueden ser buenos periodistas >>, pues sólo quien aspira a ser buena persona intenta comprender qué sienten los demás, para así convertirse << en parte de su destino >>. Me viene a la memoria una frase de Justo Navarro, otro señor admirable que frecuenta los periódicos: escribir poemas es parte de una conversación infinita.

Es cierto que a menudo el poder aspira a interrumpir nuestras conversaciones. En el libro también se aborda la manipulación informativa, la censura y sus modernas estrategias: la presión empresarial, la competitividad o la simple omisión. A veces se nos habla de la opinión pública como si fuera una entidad previa al individuo, como algo que está ahí y que nadie ha construido. Ése es el engaño. Por eso mismo, tanto para el periodista como para el lector, el telespectador o el oyente, opinar de manera responsable se ha convertido en << una lucha continua y un estado de alerta >>. La independencia de criterio no es un punto de partida, sino una lenta conquista. Kapuściński ha sabido ganársela. A los demás nos queda la posibilidad de aprender de su ejemplo y seguir creyendo en las palabras, << las palabras que circulan libremente, palabras clandestinas, rebeldes, palabras que no van vestidas de uniforme de gala >>. Aunque este artículo prescinda del traje y la corbata, sí quisiera conservar el sombrero para así descubrirse ante la calva sabia de Ryszard Kapuściński, periodista.