2009-02-28
Raúl, antipatía y milagro
ANDRÉS NEUMAN



Para asombro de sus detractores y también de sus fieles, Raúl, que no necesita apellidarse González Blanco para ser identificado, ha superado el número de goles de Di Stéfano con la camiseta del Madrid. Lo cual, comparativamente hablando, sería como decir que el muchacho afinó más que Sinatra, bailó más que Nureyev, hizo más jaques que Fischer, calculó más que Einstein o espió más que Esperaza Aguirre. Esta proeza viene acompañada de una interesante paradoja: pocos futbolistas de su talla han sido tan discutidos y poco queridos por el aficionado medio. Raúl está más cerca de la gélida admiración que concita Fernando Alonso que de la ternura incondicional que despiertan Casillas o Nadal.

A mi chica, por ejemplo, no le gusta Raúl. Mejor dicho le gusta, pero sólo de cara. Como personaje le cae mal. Lo respeta a regañadientes. Comprende sus méritos, pero no se entusiasma con él. Le parece solemne, reprimido, demagógico. Le molesta que, como deportista encargado de dar espectáculo, o sea placer, viva haciendo campaña por el deber y poniendo cara de misión. También recela de su españolismo heroico, de sus gestos taurinos, de su joven caspa. Y le cansa esa imagen de modelo moral que los medios se empeñan en construirle. Como si su función pública fuese emular al Cid (Gran Capitán lo llaman algunos) en vez de hacer regates, bellezas, diabluras. De Raúl suele destacarse el esfuerzo, la integridad, el buen comportamiento. A mi chica le parece triste que se elogie a un futbolista por valores que deberían transmitir los padres, los políticos, los docentes. Me doy cuenta de que tiene razón. Pero, no sé por qué, nunca he podido evitar tenerle cierto aprecio a Raúl. Quizá sea porque representa como nadie el sueño infantil de llegar a ser un futbolista excepcional sin tener, en apariencia, ningún talento especial.

Si no es fuerte, ni rápido, ni muy habilidoso, ¿entonces por qué es tan bueno? Santiago Segurola ha reflexionado con agudeza sobre ese jeroglífico encorvado que es Raúl. Sus virtudes son invisibles y residen en su mente. «No es descartable que la imaginación de Raúl», escribe Segurola, «le haya trasladado durante 15 años más allá de la realidad. Que su voluntad de alcanzar a los más grandes se haya impuesto a los factores que le negaban la grandeza. Es posible que el misterio de Raúl consista en una doble pirueta: reconocer y ocultar sus defectos (signo de inteligencia) y negarlos a la vez (señal de voluntad)».

Pese a su escasa elocuencia, Raúl da para hablar de todo: de estadística y misterio, de fútbol y política, de sacrificio y filosofía. Y también, por qué no, sobre la identidad. Que, por mucho que se empeñen los fanáticos, es un valor voluble, en construcción. Raúl es insistentemente presentado como encarnación de la más pura esencia del madridismo, como ejemplo de fidelidad a unos colores, bla, bla. Pero él y su padre se criaron como hinchas del Atleti. Como es sabido, el muchacho jugó de rojiblanco hasta bien entrada la adolescencia, cuando se marchó al eterno rival por razones estrictamente pragmáticas. Lo cual nos recuerda que el origen tiene poco que ver con las identidades bien ganadas.

Tocan la puerta. Entra mi chica y me pregunta sobre qué estoy escribiendo. Sobre fútbol, contesto. Ella me mira con respetuoso aburrimiento. Sobre fútbol, añado, y sobre ti. Mi chica sonríe desconcertada, me da un beso y cierra la puerta. No se imagina que, gracias a su antipático Raúl, este artículo ha tenido la suerte de cruzarse con ella. Así es el juego de Raúl: parece casual, nadie sabe cómo funciona, pero da hermosos resultados.