2009-01-31
Se rueda en las aulas (La Ola y La Clase)
ANDRÉS NEUMAN



Coinciden en los cines ‘La ola’ (Die Welle) y ‘La clase’ (Entre les murs), dos películas que abordan de diferente manera una misma cuestión: la imprescindible y compleja labor docente. Ambas están muy por encima, o circulan por debajo, de los tópicos y correcciones políticas de bodrios como ‘Mentes peligrosas’ o melodramas cursis como ‘El club de los poetas muertos’ (esa película que nos fascina a los 15, nos aburre a los 20 y nos horroriza a los 30). Con una fuerte carga documental, ‘La ola’ y ‘La clase’ tienen otro objetivo más sencillo y ambicioso: enfocar en primer plano la vida en las aulas para analizarla exhaustivamente. Aquí no hay villanos impostados ni héroes tranquilizadores. Sólo dudas, errores, conflictos humanos. Cada una en su estilo, ambas aciertan en señalar un punto crucial: la relación entre pedagogía e ideología, entre enseñanza y sociedad.

‘La ola’ se centra en el desarrollo de un interesante experimento docente (un trabajo colectivo cuyo punto de partida es la pregunta: ¿podría repetirse el fascismo en Alemania?, ¿está la juventud actual inmunizada contra él?) que termina convertido en pesadilla. El argumento alterna la acción en el aula y sus efectos fuera de ella: la calle, la familia, las relaciones entre los alumnos. ‘La clase’, por su parte, es más radical en su planteamiento narrativo: nada sabemos de los personajes fuera de las paredes del instituto. Todo sucede ahí, todo se plantea y metaforiza en el reducido espacio (inquietantemente carcelario) del centro. Ese hermetismo no resulta maniqueo, porque no sólo muchos alumnos se sienten encerrados en un sistema educativo incapaz de adaptarse a su realidad. Sino que también los profesores, incluso los más esforzados y honestos como el protagonista de la película, llegan a sentirse frustrados, impotentes ante la falta de recursos de sus centros y la infinita vastedad de su tarea. Cada alumno es un mundo en el que se entrecruzan diferentes coordenadas. Atender a cada una es imposible, pero ignorarlas agudiza determinados conflictos.

Muchos de esos problemas, y he aquí lo más valioso de ‘La clase’, están relacionados con dos fenómenos ante los que nuestro sistema educativo no ha sabido responder adecuadamente: la masificación y la inmigración. La democratización de la enseñanza secundaria, que sin duda ha elevado la educación promedio de las masas, ha provocado también contradicciones sobre los que se lanza el ojo crítico de la película francesa. En cuanto a las transformaciones que la inmigración y el mestizaje traen a las aulas, Francia es un espejo futuro en el que España debería mirarse para no reproducir ciertas equivocaciones. Un país que no se replantea su identidad a partir de sus habitantes reales (y los inmigrantes ya no son excepciones, sino parte normal y numerosa de la ciudadanía) siembra dramáticamente a sus futuros parias. En este sentido, resulta inquietante que ‘La ola’ omita casi la diversidad étnico-cultural, teniendo en cuenta que la historia sucede en Alemania. Una tercera cuestión asoma en estas películas: el alarmante aumento de los problemas de comportamiento, tantas veces fruto de la irresponsabilidad familiar, y que obliga a los profesores a mezclar angustiosamente la tarea educativa con la disciplinaria (cuando no a postergar la primera en función de la segunda).

Pienso en los enriquecedores juegos de espejos que se producirían si ‘La clase’ y ‘La ola’ se proyectaran en nuestros institutos. Y me pregunto si, de paso, servirían también para que los alumnos comprobaran que ser profesor (esa gran responsabilidad, ese gran privilegio) es tan difícil como ser adolescente.