2009-01-17
La venganza de los continentes
ANDRÉS NEUMAN



Hace veinte años, que según el tango no es nada y según la geología ya ni digamos, se empezó a investigar el futuro tectónico de nuestro planeta, con el fin de averiguar qué clase de paisajes se perderá la extinta raza humana. Esta disciplina trágicamente quimérica es la especialidad del señor Scotese, investigador de la Universidad de Texas y padre del proyecto Paleomap. La profecía del profesor Scotese, que tiene la ventaja de ser inverificable para cualquier ser humano y por tanto también irrefutable, pronostica que dentro de 250 millones de años se habrá formado en la Tierra un nuevo supercontinente que él denomina Pangea Última.

Pangea Última, buen título para una película de ciencia ficción apocalíptica protagonizada por Will Smith, sería en realidad el quinto supercontinente en la historia de los ciclos terráqueos. Su antecesor, Pangea, se formó presumiblemente hace 200 millones de años, y tras su quebrantamiento el planisferio fue adquiriendo la distribución que hoy conocemos. De acuerdo con los expertos, esas porciones de tierra que conocemos como continentes y que suponemos inmóviles viven en perpetuo movimiento, uniéndose y distanciándose cíclicamente. Lo cual demostraría, como siempre, que los únicos que predijeron con eficacia nuestro destino (quizá porque ellos sí tenían memoria) fueron los griegos.

Pocas cosas hay más inútiles y fascinantes que imaginar un futuro que nadie, ni siquiera nuestros más remotos descendientes, podrá ver jamás. Sin embargo, si la proyección del profesor Scotese es correcta, el mapa de la Tierra evoluciona hacia un dibujo sumamente edificante. Por si usted ha hecho planes a largo plazo, quizá le convenga saber que, en el año 250 millones después de Cristo, los cinco continentes se habrán fundido y estarán rodeados por un único océano que, más que comunicar una costa con otra, separará el Todo de la Nada. Los litorales se verán azotados por inimaginables tormentas y, en el interior de Pangea Última, el desierto será el paraje común. La buena noticia de este desolador panorama es que entonces no harán falta más debates sobre el cambio climático.

A lo largo de las cordilleras submarinas, gigantescas fracturas en la corteza escupirán lava hacia el exterior. Tras un interminable viaje, las rocas desplazadas hacia las costas llegarán a su destino, convirtiéndose en los únicos seres (en este caso minerales) capaces de resistir lo que hoy soportan a diario las precarias barcas de los emigrantes. El océano Pacífico se habrá convertido en un simple lago, posibilitando que Estados Unidos y Rusia estén más cerca que nunca. Aunque esto garantiza que la Guerra Fría no volverá a repetirse, nada impide que, lavas mediante, tenga lugar alguna Guerra Hirviente. En la antaño costa oeste de Norteamérica, California se habrá desprendido del tronco continental, haciendo realidad el sueño de los republicanos más xenófobos: el gran estado hispano estará literalmente aislado y segregado.

En cuanto al viejo Mare Nostrum, la cosa tendrá su intríngulis. La pobre Grecia quedará anexionada a Turquía, para disgusto del espectro arqueológico de Lord Byron. La Península Ibérica se fracturará por los Pirineos como una tableta de chocolate, separándose del resto de Europa y concluyendo la tarea de nuestro olvidado Caudillo. Por su parte, África empujará hacia el norte y arrinconará el Mediterráneo hasta penetrar Europa por completo, en natural venganza por millones de años de expolio y apatía. Poco a poco los cinco continentes se convertirán en uno solo, dando comienzo a la nueva Pangea del inquieto señor Scotese. Entonces, sólo entonces, Israel dejará en paz la franja de Gaza, y así por fin nuestra Tierra cumplirá de una vez alguna promesa.