2009-01-10
Los mensajes de otros
ANDRÉS NEUMAN



¿Reciben ustedes mensajes de móvil de desconocidos? No me refiero a publicidades de empresas que trafican con nuestros datos, ni a esos insufribles saludos colectivos que nos envían amigos de amigos. Sino a auténticas declaraciones destinadas a otra persona, a veces muy íntimas, cuyo contenido no alcanzamos a descifrar. Últimamente, ignoro por qué, me sucede bastante a menudo. Y me parece raro, porque no he cambiado de teléfono en los últimos siete años.

Al principio de la cascada de mensajes ajenos, intenté buscar explicaciones lógicas. Podía tratarse de simples errores de marcado (¿cuántos errores de este tipo nos corresponderán estadísticamente por cada número?). Quizás alguien acababa de contratar un número casi idéntico al mío (bastaba, por ejemplo, trocar un 17 por un 71). Incluso era posible que mi propio número se hubiera divulgado indebidamente por medio de algún invento endiablado como Facebook. Estas conjeturas me tranquilizaron durante un tiempo. Pero los mensajes extraños siguieron llegando, y no tuve más remedio que descartar mis hipótesis anteriores. Ya eran demasiados como para tratarse de simples accidentes. Definitivamente no eran para mí, puesto que ninguno de los mensajes parecía guardar relación con mis circunstancias personales. Y además, ya no cabía duda, estaban dirigidos a diferentes personas, con edades variables e incluso sexos distintos.

Ayer recibí un mensaje que, por primera vez, me obligó a sopesar la posibilidad de responderlo. Hasta entonces me había limitado a borrar cada texto y continuar como si nada, con la esperanza de que algún día aquellos misteriosos contactos cesarían con la misma naturalidad con la que habían empezado. Sin embargo este mensaje me produjo una sensación distinta: no de inquietud por haberlo recibido, sino de pena por quien lo había enviado. Palabra más, palabra menos, el texto decía: «Kari, pero como boy yo a dejarte de verdá si tu eres mi bida y mi luz y mis estreyas y te kiero mas que a ná en este mundo. No agas lokuras no, mi entraña. Cuando buerba te yamo».

Releí conmovido aquel reguero de amor y faltas de ortografía. ¿Qué debía hacer? Mi primer instinto fue borrarlo pudorosamente, como quien abre la puerta de una habitación y sorprende a dos desconocidos en plena pasión. No lo hice: al fin y al cabo, esa habitación era la mía. El segundo impulso fue el de contestar el mensaje para notificarle a su remitente, quienquiera que fuese, que sus palabras urgentes no habían llegado a destino. Tampoco lo hice: temí que, si lo hacía, la atribulada chica (si es que era una chica) lo interpretase como un sarcasmo o una venganza de su pareja herida, produciendo el efecto contrario al deseado. En cuanto a la posibilidad de telefonear directamente a aquel número desconocido, imaginé una incómoda conversación llena de explicaciones, confidencias, llantos, y decidí abstenerme.

Pensé también en el destinatario del mensaje, quizá sin esperanza, quizá desesperado. Traté de figurarme la cara del muchacho (si es que era un muchacho), sus palabras anteriores, su situación actual. Lo de cometer una locura, ¿era sólo una fantasía de quien había escrito el mensaje, o una amenaza formulada previamente? Si yo no intervenía, ¿causaría un suicidio? O más complejo aún: ¿y si, en vez de una posible víctima, él era uno de esos maltratadores que se arrepienten después de cometer sus salvajadas? ¿Y si la víctima era ella? ¿Y si, gracias a que el mensaje se había extraviado, ella conseguía abandonarlo definitivamente?

Esta última suposición me empujó a pulsar la tecla de borrado. No sé si habré hecho bien. Lo único que sé es que no he podido dormir en toda la noche, y que mi teléfono suena y suena.