2003-12-13
Devuélveme los ojos (sobre 'Te doy mis ojos')
ANDRÉS NEUMAN



Acabamos de saber que ‘Te doy mis ojos’, de Icíar Bollaín, ha obtenido nueve nominaciones para los Goya. Nueve: una por cada musa. La noticia me alegra, no sólo porque se trata de una extraordinaria película, sino porque además supone una oportunísima intervención en el imaginario colectivo. La violencia doméstica está de actualidad, y eso es bueno y también peligroso. Por un lado, uno supone que el debate servirá de denuncia; pero, por otro lado, no hay cuestión que pase al centro urgente de la opinión pública sin convertirse en carne de sensacionalismo. Voraz en sus despliegues, la tentación mediática suele confundir la desesperación del VD (Violencia Doméstica) con la espectacularidad del DVD.

El pasado 25 de noviembre se celebró el Día Internacional Contra la Violencia hacia las Mujeres, que ha servido como eje de una serie de actividades y manifestaciones. Aunque suelo desconfiar de las fechas excepcionales, ésta me parece tristemente necesaria: no estamos ante una ola de simples delitos, sino ante un complejo problema donde intervienen la educación, la familia, la ley, la opinión pública y hasta la economía laboral. Como estamos en pleno estado de nervios informativos, casi todos los días se hacen públicos enfoques aberrantes y dudosas conclusiones. No es el caso de la película de Icíar Bollaín, que indaga con sensibilidad e inteligencia en los mecanismos profundos del maltrato. ¿Qué clase de desequilibrios llevan a alguien a atentar contra la persona amada, y a la otra persona a dejarse destruir por un amor enfermo? ‘Te doy mis ojos’ no aborda un mero problema de pareja sino una enfermedad cotidiana muy necesitada de terapias simbólicas. Puede que ciertos cambios sociales no avancen todo lo rápido que debieran, pero me temo que los aprendizajes íntimos que facilitarían su implantación van todavía más despacio. La directora muestra la opresiva ausencia de modelos masculinos diferentes. La primera víctima, qué duda cabe, es ella; pero -y aquí se oculta el otro cabo- el maltratador también es víctima de sí mismo, de su incapacidad para entender unos roles igualitarios y -nunca mejor dicho- de su propia impotencia para transformarse.

El patriarcado aliena a ambos sexos. Muchos hombres hemos percibido algo así a lo largo de nuestro aprendizaje emocional. Por eso me agradan iniciativas como la del Grupo de Hombres de Granada, una asociación que busca fomentar una identidad masculina desligada de los valores tradicionales. Ésa es la revolución pendiente: no se trata de aceptar cortésmente que el papel de la mujer ha cambiado, sino de comprender que nuestro sexo también necesita cambiar sus premisas y revisar sus funciones. Leo que han aumentado los casos de violencia entre los jóvenes, y que el número de denuncias por maltrato va en ascenso. Podríamos suponer, con laborioso optimismo, que esto se debe a que cada vez más mujeres se atreven a efectuar las denuncias. Pero si unimos ambas estadísticas se hace difícil no concluir que, cuando los cambios no se efectúan de manera completa, los peores síntomas pueden recrudecerse.

Por eso, y por motivos estrictamente cinematográficos, recomendaría a todo el mundo que fuese a ver la excelente película de Icíar Bollaín. ‘Te doy mis ojos’ es una metáfora sobre la mirada, los intercambios y la identidad de género. Al entregar sus ojos, su mirada propia, la protagonista pierde la capacidad de ver a qué clase de hombre ama realmente. Al reclamar los ojos de su amada, el hombre evita ser mirado: los ojos ciegos de la costumbre vuelven invisible cualquier atropello. Pero el conflicto surge tras una breve separación, cuando ella (quizás algo sobreactuada o esquemática en su interpretación) recupera la mirada. Esto obliga al esposo (un medido, magistral Luis Tosar) a verse en el espejo. Y así, al cambiar el juego de miradas, se desata también la tragedia interior. Acorralado por su miedo a la inferioridad, él intenta cambiar pero intuye que no estará a la altura del hombre que su esposa necesita. Ella, mientras tanto, siente que no es la misma y vislumbra un horizonte en el que ya no caben más humillaciones. La película muestra cómo la mujer está cambiando de lugar (y debe seguir haciéndolo), pero también cómo el hombre precisa mirarse y ser mirado de muy otra manera. En vez de conformarse compadeciendo a la víctima, Icíar Bollaín ha tenido el extraordinario acierto de analizar al agresor, intentando averiguar qué siente, cómo piensa y por qué actúa. Su personaje no es un monigote odioso: es una persona profundamente equivocada, con momentos de ternura y momentos de monstruo, tan desamparado como destructivo. Era lo más incómodo. También lo más fructífero.

El mes pasado, en la presentación de los actos del 25 de noviembre, intervino Carmen Bernal, diseñadora del cartel. Artista digna de otra película, Carmen quedó tetrapléjica tras ser apuñalada y atropellada por su marido, al que había denunciado por malos tratos. Desde hace ya catorce años, ella se gana la vida pintando con la boca. Su cartel se titula ‘Escondido entre los girasoles’ e ilustra una belleza oculta, una fuerza de luz más allá de las guadañas. Supongo que, en su día, también Carmen le entregó los ojos a quien sólo se merecía las rejas. Pero, gracias al sol, nadie pudo quitarle su boca. Su hermosa boca que hoy dibuja mundos diferentes, y que no se ha callado.