2008-12-13
Meditación del frío
ANDRÉS NEUMAN



El frío tiene muy mala prensa. Una persona calurosa es amigable, cercana. Una persona fría hace pocos amigos. Los corazones calientes son admirados. La sangre fría, en cambio, rara vez se considera una virtud. Es cierto que las temperaturas gélidas son inclementes y que la gente muere de frío. Pero, como bien saben los ancianos que soportan los veranos de Córdoba o Sevilla, el calor extremo también puede matar.

El frío, sin embargo, tiene una rara poesía. Hace cosas distintas con nuestro cuerpo y nuestros sentidos. En invierno, los músculos entran en efervescencia al salir a la calle o entrar súbitamente en un recinto calefaccionado. La piel se vuelve susceptible, expectante. Los pies celebran caminar rápido, recuperan sus ansias. Las manos se vuelven frágiles, pierden la seguridad de poseer las cosas. Al igual que sucede con los demonios y los dioses, en realidad el temible frío trabaja a favor del deseado calor. Cuando las temperaturas bajan valoramos más el sol, volvemos a emocionarnos con el roce de sus rayos. Lejos de adoptar una actitud gélida ante el entorno, los países fríos tienen muy desarrollada la sensibilidad hacia las variaciones solares y sus matices tibios. Precisamente a causa de su abundancia, en los países mediterráneos desconocemos esa liturgia de la luz, esa esperanza del sol.

Pienso estas cosas de visita en Ginebra, una ciudad con fama de insípida que en realidad esconde sigilosos encantos. El invierno crudo se ha adelantado un poco este año, y ya empieza a nevar y a soplar ese aire de serrucho que te empuja a meter la nariz en la bufanda y acelerar el paso. ¡Cómo agradece uno el crepitar de un fuego en estas circunstancias, cuánto sentido cobran las fondues o el vino caliente!

El casco antiguo de Ginebra escenifica a la perfección la ambigüedad del invierno. Por la noche cobra un relieve detenido, fantasmal, de museo vacío. Durante el día, sin embargo, las tiendas abren sus puertas para recibir al sol tímido, los transeúntes invaden los cafés y los escolares se apoderan alegremente de la calle como si fueran el calor mismo, la luz breve de la infancia. Este fin de semana, además, la ciudad está de fiesta: los ginebrinos celebran La Escalada, que conmemora la resistencia (heroica, como todas las que ya nadie recuerda) contra los invasores saboyanos. Con esta vistosa fiesta carnavalesca, que incluye disfraces de época, antorchas y bailes, sucede lo mismo que con el ocasional sol nórdico: luce y conmueve más por su contexto. Se trata de la única fiesta popular que calienta el austero calendario de la ciudad calvinista.

Borges pasó aquí el principio y el final de su vida. Ginebra fue para él una especie de rito, algo relacionado con el destino. La escuela donde estudió se encuentra, por casualidad, enfrente de la puerta de mi hotel. Enfilo por la Grand Rue y paso junto al restaurante del Hôtel de Ville, donde me cuentan que Borges solía comer a menudo. Muy cerca, en el número 28, me topo con la placa que conmemora al escritor y cita, con comprensible chovinismo, la célebre frase que figura en el libro ‘Atlas’: «De todas las ciudades del planeta, de las diversas e íntimas patrias que un hombre va buscando y mereciendo en el decurso de sus viajes, Ginebra me parece la más propicia a la felicidad». Doblando en la esquina de la placa, está la callejuela donde el anciano Borges pasó sus últimos días, la Ruelle du Sautier. Me acerco a la puerta de ese apartamento, que es extraordinariamente pequeña y baja, casi un nicho con buzones. Y pienso en el invierno de todos los inviernos, en la amabilidad del sol, que puede ser tan frágil como nosotros.