2008-11-22
Obama, entre el sueño y la vigilia (y II)
ANDRÉS NEUMAN



A propósito de la reacción colectiva que generó la victoria de Obama, el filósofo Slavoj Zizek ha señalado oportunamente que las palabras nunca son sólo palabras, sino que «tienen peso» y «definen los límites de lo que podemos hacer». De acuerdo con Zizek, lo que la política estadounidense estaba pidiendo a gritos era, en primer lugar, «palabras nuevas que cambien la forma en que pensamos y actuamos». El viejo proverbio que recomienda hechos en lugar de palabras le parece al filósofo «una de las cosas más estúpidas que se pueden decir». Precisamente ese (hechos contundentes, no palabras distintas) pareció ser el lema del fáctico Bush. Él jamás se molestó en hacer grandes discursos: puso todas sus energías (y su presupuesto) en hacer grandes guerras. No peroró: invadió. La única idea clara que supo formular Bush fue la del Eje del Mal. Ojalá los votantes hubieran escuchado más atentamente aquellas tres palabras cuando lo reeligieron. En nombre del Bien absoluto se han cometido siempre los mayores atropellos de la historia humana.

Releo el excelente discurso que dio Obama en Chicago al confirmarse los resultados. Discurso que, con toda probabilidad, venía meditando desde hacía tiempo. Lo cual en todo caso aumenta el valor de ese texto como declaración de principios. Y que, de todas formas, incluyó menciones de pura actualidad (como la de Ann Nixon Cooper, la votante negra de 106 años) que demuestran los reflejos políticos de Obama y su capacidad para pensar el entorno. Comparo su discurso con las legendarias palabras que pronunció Luther King en Washington hace 45 años, muy poco antes de recibir el Nobel de la Paz (y no demasiado antes de ser asesinado). Las alocuciones de ambos líderes tienen puntos en común: su arrolladora elocuencia, su mezcla entre principios políticos y recursos literarios, la eficaz estructura de repeticiones que cumple funciones estéticas al mismo tiempo que didácticas. Sin embargo, las diferencias también son notables, y nos hablan de cómo las palabras son fieles calendarios que conservan el tiempo de quien las dijo.

Aquel vibrante discurso de Luther King, alumbrado en pleno inicio de las revoluciones sesentistas, tendía inevitablemente a cierta cursilería visionaria, a cierto mesianismo popular que hoy suena lejano para los oídos educados en el liberalismo pragmático de la política actual: «Sueño que algún días los valles serán cumbres, y las colinas y montañas serán llanos (…) Con esta fe podremos esculpir en la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos transformar el sonido discordante de nuestra nación en una hermosa sinfonía de fraternidad». Por supuesto, el cantor Walt Whitman resonaba al fondo de este idealismo civil.

Con menos furor lírico, aunque con idéntica habilidad literaria, Obama se mostró metafórico y a la vez pragmático. Habló de «mano encallecida sobre mano encallecida» pero también de Wall Street, invocó símbolos narrativos pero también hipotecas, facturas médicas, becas universitarias y energías renovables. Donde Luther King anunciaba sin complejos «tengo un sueño», Obama insistió con prudencia «sí, podemos». El matiz entre ambos estribillos señala el tiempo transcurrido entre dos épocas: la de las grandes utopías colectivas y la del esfuerzo por mantener ciertos principios sociales en el capitalismo global.

Eso sí, el discurso de Obama concluyó igual que aquel de Luther King y que todos los de Bush: invocando el aval político de Dios. Que, en su omnipotencia, suele votar a todos los candidatos por si las moscas.