2008-11-15
Obama, entre el sueño y la vigilia (I)
ANDRÉS NEUMAN



Ajá. Obama ya está aquí. Uno se alegra, claro. O al menos respira aliviado ante el descarte del otro candidato, el veterano reumático de Vietnam que quería retirarse pegando sus últimos tiros, y su desleal lugarteniente, que es una especie de mormona disfrazada de ejecutiva blanca, blanquísima. Obama ya está aquí (sí, pudo) y nadie se ha quedado indiferente. Igual que sucedió con las interminables primarias demócratas, todos hemos seguido ansiosamente estas elecciones como si se tratase de un asunto nacional o incluso personal. En este sentido, algo hemos progresado en el camino hacia la verdad: por fin hemos reconocido nuestra auténtica condición de colonia global de Mamá América, madre apátrida de todas las patrias, las buenas y las malas. El siguiente paso sería que, en las próximas elecciones norteamericanas, nos dejasen votar por Internet a todos los ciudadanos del mundo entero. Sería lo más justo. Right? Yes, we could!

En cuanto a la inminente presidencia de Obama, creo que me genera sentimientos contrapuestos: mi lado escéptico lucha con mi lado esperanzado. Una parte de mí se ilusiona ante el meritorio triunfo del candidato económicamente más débil y políticamente más sensible, ante el constructivo movimiento de simpatía internacional que ha despertado, ante la maltrecha certeza de que la única manera de mejorar el mundo es reaccionar colectivamente, aun cuando sepamos que mejorar el mundo es improbable; mientras otra parte de mí, la que carga con la memoria política, la que lee la prensa entre líneas y sospecha del poder incalculable de los Mesías tanto como de las masas que los aplauden a ciegas, se empeña en aguarme la fiesta recordándome que Obama sólo es el mejor presidente posible de los Estados Unidos. Lo cual quiere decir que dejará más o menos intactos los pilares principales del imperio occidental, sus negocios, sus tanques y sus dioses. Obama es sin duda un gran político, un hombre con visión, un periférico emprendedor y un comunicador de categoría. Pero también es el depositario oportuno de nuestras hambrientas esperanzas. De eso, de nuestras desesperanzadas esperanzas, desconfío: será difícil evitar que veamos en él lo que necesitamos ver desde el final de las grandes utopías.

Se ha hecho quizá demasiado hincapié en la negritud de Obama. Negritud, por otra parte, mixta y matizada: su madre era una blanca de Kansas y su familia, sin pertenecer al establishment, poseía unos recursos económicos y culturales muy superiores a la media del afroamericano tipo. Sea como fuere, igual que las primarias demócratas estuvieron simplistamente centradas en la alternativa candidata mujer-candidato negro, me temo que los análisis de la victoria de Obama se han concentrado demasiado en su condición étnica. Por supuesto, nadie puede negar la trascendencia histórica y simbólica que tiene para el país y el mundo. Pero tampoco nadie debería olvidar que la mano derecha de Bush, el soñoliento Colin Powell, es tan negro de piel como la nefasta conservadora Condoleeza Rice, quien a su vez es tan mujer y tan machista como la señora Palin, que ojalá se quede tiritando en sus feudos de Alaska. Lo que distingue a Obama, o al menos lo que vuelve significativa su negritud, son sus declaraciones de principios, su orientación política.

El discurso de Obama en Chicago tras su aplastante triunfo confirmó su talla como orador. Leyendo sus exactas, eficaces palabras, uno se acuerda con ironía del balbuceo fanfarrón de Bush, el bombardeador campechano. Y se acuerda también, melancólicamente, de la mediocridad retórica de los políticos españoles de hoy, cuya desesperante rigidez tendría mucho que aprender de la osadía, creatividad e inteligencia verbal del nuevo presidente de los Estados Unidos. No nos vendría mal hacer una reflexión acerca del devaluado valor de la palabra, su poder de persuasión, convocatoria y transformación. ¿De verdad en política una imagen vale más que mil palabras? En ese caso el ganador Obama, orador elocuente y esforzado, ha derrochado muchas, muchas palabras por el camino. Gracias a Shakespeare.

Good luck al mundo y seguimos con el discurso la semana que viene.