2008-10-25
Palacio para sirvientes (fantasmas en Bolivia)
ANDRÉS NEUMAN



Uno nunca sabe, y esa es la suerte, qué se va a encontrar cuando viaja a un lugar nuevo. De visita en Cochabamba, Bolivia, tenía pensado informarme sobre el primer presidente indígena de la historia del país, Evo Morales, y terminé topándome con la insólita historia del rey del estaño, Simón Iturri Patiño.

La biografía de Patiño es una mezcla de sueño americano (la clásica leyenda del millonario hecho a sí mismo) y pesadilla latinoamericana (la historia de una pobreza y unas desigualdades que no parece tener fin). Nacido en el departamento de Cochabamba, de madre boliviana y padre de origen vasco, Patiño tuvo una infancia corriente, estudió con curas y tuvo empleos más o menos modestos: vendedor en un pequeño negocio de importaciones, administrativo de bajo perfil en un centro minero, empleado en una firma de compraventa de minerales. Su vida dio un giro cuando, impulsado por la ambición de poseer un negocio propio, arriesgó todos sus ahorros invirtiendo en la explotación de una mina curiosamente llamada La Salvadora. Tras años de trabajos infructuosos, su socio renunció y Patiño se quedó solo. Cada vez más endeudado, consiguió involucrar en la explotación de La Salvadora a la firma de la que había sido empleado, y se trasladó a una precaria cabaña en la cumbre del cerro Espíritu Santo, a 4.400 metros de altura. Llevando una vida austera en la montaña, Patiño insistió en su empeño con una mezcla de fe telúrica y fanatismo empresarial. En 1898, mientras España perdía sus últimas colonias, la esposa de Patiño vendía sus últimas joyas para pagar deudas y jornales atrasados. Cuentan los hagiógrafos de Patiño que, en ese instante crítico, él le anunció a su esposa: «Algún día te construiré un palacio». Un par de años más tarde, sus peones encontraron la veta de estaño más pura de la región y probablemente la más fructífera del planeta.

El resto de su vida fue historia pública: Patiño realizó oportunas inversiones en Chile, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Malasia; expandió su emporio hasta controlar el mercado mundial del estaño; fundó el Banco Mercantil de Bolivia; rechazó ofertas para ser ministro, quizá porque ya tenía poder de sobra para influir en la política nacional; se convirtió en uno de los cinco hombres más ricos de su tiempo; y murió plácidamente a los 86 años en una suite del lujoso hotel Plaza de Buenos Aires. Pero a mí lo que me interesa no es eso. Lo que a mí me interesa es el palacio que le había prometido a su esposa.

Ese palacio existe, fue construido con inimaginable suntuosidad y he tenido la oportunidad de visitarlo en Cochabamba. Actualmente está a cargo de la Fundación Patiño, que realiza en todo el país valiosas labores educativas, investigadores y bibliotecarias, además de importantes actividades literarias. Gracias a la amable invitación de sus responsables culturales, pude recorrer las estancias del Palacio Portales, cuyas instalaciones y jardines versallescos ocupan dos hectáreas y que Patiño mandó construir majestuosamente para no habitarlo jamás. Pese a amueblarlo con minucioso derroche y decorarlo a su fabuloso antojo (mármoles de Carrara, robles tallados, tapices imperiales, frescos vaticanos, efigies imperiales, cortinados con las iniciales de los dueños de casa y hasta alusiones zodiacales a la familia del magnate), el matrimonio Patiño no pasó una sola noche en su soñada residencia. Las razones de esta ausencia fueron las prescripciones médicas (la altura de Cochabamba era desaconsejable para la salud coronaria de Patiño) y también, quizá, la inestabilidad política del país, que acaso presagiaba lo que terminaría ocurriendo. Ni siquiera sus herederos llegaron a vivir en el palacio: la revolución de 1952, que nacionalizó las minas y azuzó la antipatía popular hacia la vieja oligarquía boliviana, cómplice de las metrópolis empresariales, tuvo en Cochabamba uno de sus focos más activos. De esta manera, como si de una involuntaria metáfora revolucionaria se tratase, los únicos que habitaron y gozaron del palacio de Patiño fueron sus doce sirvientes.

Atravesando con asombro las estancias de la mansión vacía, me sobresalto al entrar en la sala de billar, que imita punto por punto los patios palaciegos de la Alhambra: capiteles nazaríes, yesos con mocárabes, inscripciones coránicas. La estancia parece el Patio de los Leones o el de los Arrayanes, sólo que en el centro, en lugar de la fuente o el estanque, destaca una esplendorosa mesa de billar francesa. «Jamás imaginé», le comento a la guía, «que viajaría desde Granada hasta Cochabamba para ver esto». «Alá está en todas partes», contesta ella riendo. Alzo uno de los tacos y lo examino: descubro que está combado, señal de que fue usado. Imagino a los doce sirvientes de Patiño jugando en esa mesa, trasnochando, bebiendo tranquilamente, trabajando para sí mismos a la salud de su patrón. Imagino a Orson Welles rodando en el palacio una versión boliviana de ‘Ciudadano Kane’. Después pienso en los relatos espectrales de Henry James y pregunto si en el palacio se conocen historias de fantasmas. Pero la guía guarda silencio, y lo único que escuchamos es un leve sonido de chasquidos de bolas.