2008-10-18
Capitalismo de casino
ANDRÉS NEUMAN



Bueno, pues aquí estamos contemplando cada día el subir y bajar de las bolsas como si fuéramos vacas vigilando las moscas. ¿No se sienten profundamente aburridos de este vaivén global, profundamente estúpidos al tener que sentir como propia una crisis cuyas causas y funcionamiento resultan tan ajenos, profundamente engañados al escuchar las supuestas catástrofes que otros han diseñado para nosotros? Yo, por lo menos, sí.

¿Dónde están ahora los defensores a ultranza del mercado libérrimo? Supongo que debajo de la cama. O reunidos de urgencia con sus amigos banqueros. O, más probablemente, en una isla del Caribe. Muchos llevamos toda la vida pensando que el Estado, sin caer por supuesto en la antigualla de un intervencionismo autoritario ni monopolista, tiene la obligación de regular el funcionamiento del libre mercado, de fijar un mínimo de reglas comunes para la actividad económica, de supervisar la transparencia y sostenibilidad de sus movimientos. ¡Eso se opone al progreso!, objetaban los más neoliberales con cara de entender de economía. Y hete que aquí que ahora hasta los líderes neoliberales, de Bush a Sarkozy, no han tenido más remedio que abrir el cofre estatal, recurriendo al dinero de los contribuyentes, para intentar salvar a esas mismas entidades que antes eran completamente autónomas y no tenían nada que ver con el Estado. Por lo visto estaban solas para enriquecerse, pero no para estrellarse.

Quizá la Real Academia sueca también se arrepiente un poco de haber premiado a varios economistas de la cuerda salvaje, y por eso este año se ha inclinado por Paul Krugman, opositor de Bush y señor inteligente cuyas opiniones no parecen regirse únicamente por el hecho de ser ciudadano estadounidense. Krugman visitó Argentina en 1994, siendo aún muy joven, y predijo la crisis que se desataría en el país si el Gobierno de Menem y Cavallo (su infausto ministro de Economía) prolongaban demasiado el inverosímil programa de convertibilidad peso-dólar y privatización masiva, siempre a las órdenes del Fondo Monetario Internacional. Krugman les advirtió que, si mantenían ese modelo ultraliberal cinco años más, habría graves problemas. Nadie le hizo caso y, exactamente siete años después, Argentina vivió la pesadilla del corralito y la peor crisis financiera de toda su historia. El nuevo premio Nobel, profesor en Princeton, lleva ya un buen tiempo criticando en sus columnas de The New York Times las políticas de Bush.

Mientras el llamado Primer Mundo se echa a temblar, hoy en Argentina se respira una relativa calma y se contempla con curiosidad las evoluciones de una crisis que, por una vez, parece pesar más en otras partes. «¿Sabés qué pasa?», me dice un taxista de Buenos Aires resumiendo la opinión de muchos argentinos, «acá ya conocemos estas cosas, y además el sarampión ya lo tuvimos». Resulta tan extraño como reconfortante comprobar la actual serenidad de un país que, tradicionalmente, tiende al apocalipisis y los ataques de nervios.

Míster Ralph Nader, que parece no existir pero que es el tercer candidato a presidente en las elecciones norteamericanas del mes próximo, les dijo anteayer a los epidémicos señores de la bolsa de Nueva York: «Que Wall Street pague su propio rescate, aplicando un impuesto a las especulaciones con los valores. Este impuesto tendrá el beneficio adicional de disuadir algunos de los peores excesos del capitalismo de casino. La Justicia debe procesar a los empresarios responsables de altos crímenes económicos». De lo cual se deduce que la economía irreal (esa que los expertos oponen a la asombrosamente llamada ‘economía real’, como si los asuntos del dinero no fuesen todos ellos muy reales y concretos) provoca sustos verdaderos, auténticos sarampiones y hasta muertos colaterales. Y hablando de muertos: ¿alguien se acuerda de África?