2008-09-27
Vicky Cristina V. O.
ANDRÉS NEUMAN



Entre las rémoras culturales que nos legó el franquismo, hay una invisible (o mejor dicho inaudible) que continúa actuando diariamente en nuestras costumbres: el doblaje cinematográfico, que en tiempos de la censura se impuso como mecanismo de control y manipulación de los guiones de las películas extranjeras. No pretendo cuestionar ese oficio, tan legítimo y digno como cualquier otro, que permite a locutores y actores ganarse la vida poniendo su voz al servicio del cine. Me refiero más bien a su propagación forzosa y unánime en las salas de toda España. A diferencia del resto del mundo, en nuestro país el doblaje no funciona como ayuda para niños y espectadores con problemas para leer los subtítulos, o como alternativa para aquellos que simplemente no deseen ver las versiones originales. Sino que, por desgracia, el doblaje se nos presenta como la única manera de ver una película en el 99% de los casos. De hecho fuera de Madrid, Barcelona y unas pocas grandes ciudades, es imposible ver un solo estreno en versión original.

Los efectos negativos del doblaje impuesto no se limitan a los lingüísticos, a la evidente influencia que esto ha tenido en la tradicional dificultad de los españoles para entender, hablar y pronunciar otras lenguas. La pérdida es más grave. Al margen de la adulteración que un doblaje (sobre todo uno malo o impostado, cosa frecuentísima) puede causar en la interpretación de los actores, existen casos en los que el doblaje atenta directamente contra el sentido de la película. Hoy son cada vez más las películas rodadas en varias lenguas, en las que regrabar todas las voces en un mismo idioma no se sostiene como artificio verosímil. Los guiones de estas películas suelen basarse en problemas comunicativos, diferencias culturales, malentendidos lingüísticos. Si en estos casos las versiones dobladas resultan problemáticas y discutibles, obligarnos a verlas de ese modo ya es un disparate. No es una cuestión de exquisitez ni de pedantería cinéfila: sencillamente hay películas cuyo argumento resulta incomprensible sin subtítulos.

Viene esto a cuento de Woody Allen y su último trabajo, ‘Vicky Cristina Barcelona’. Los problemas de doblaje empezaron incluso antes de su estreno. Allen publicó un divertidísimo diario de rodaje en el New York Times, donde inventaba delirantes altercados con Bardem y hasta orgías salvajes con las tres actrices protagonistas. Aquel diario era una sarcástica parodia de los rodajes y sus incidentes, donde cada entrada le servía al director para dar rienda suelta a su ácido ingenio. Sin embargo la prensa nacional emprendió una campaña que, extractando fuera de contexto (y mal traducidas) un par de frases del diario, intentó vender un supuesto menosprecio de Allen hacia Bardem. Sensacionalismos aparte, el problema fue que aquellas noticias tomaron literalmente las frases de Allen, que en el texto original eran claramente humorísticas, trastornando por completo su intención y sus matices. Algo parecido ocurre con el doblaje de la película.

Como el propio Bardem ha recordado estos días, Allen trabaja parodiando clichés. En el caso de ‘Vicky Cristina’, esos clichés son los del turista americano, la chica conservadora, la chica liberal, el amante latino, el artista genial o la pasión mediterránea. Mientras se desarrolla la historia, la narración en off se burla de los viajeros de alto standing, resumiendo las situaciones de manera deliberadamente superficial, en un tono guasón, pijo y demasiado cool para ser serio. Pero en la voz doblada al español apenas hay rastros de ello, estropeando el efecto y convirtiendo las suaves ironías del narrador en molestas explicaciones redundantes de lo que el espectador está viendo. Los momentos más cómicos, que son sin duda aquellos en los que Bardem y Cruz pasan del inglés al español, mezclando ambos idiomas y sus respectivas gesticulaciones, también quedan irremediablemente mutilados en la versión doblada. Las brillantes escenas bilingües entre ambos (cuando él le recrimina: «María Elena, ¡in this home we speak english!», o cuando ella se vuelve hacia Scarlett Johansson y le espeta de pronto castizamente: «¡niñata de mierda!») pierden gran parte de su gracia. Si alguien prefiere verlas dobladas, perfecto. Pero, ¿y los que no quieren? ¿Deben quedarse en casa y esperar el dvd? Mal favor se les hace a las salas de cine.

La película, por lo demás, me pareció aceptable. Una primera mitad floja y previsible, y una segunda mitad que remonta el vuelo en cuanto irrumpe Penélope Cruz, que eleva el tono y la intensidad de los conflictos. La historia empieza tirando a simple pero, como Woody es Woody, termina reflexionando con sutileza sobre los celos, las insatisfacciones conyugales, nuestras obsesiones personales y la dificultad de cambiar de vida. El final carveriano, donde nada parece haber pasado aunque pasase de todo, da un cierre inteligente y ambiguo al argumento. Las actuaciones me gustaron: una Rebeca Hall sobria y convincente, una Scarlett Johansson tan sensual, extraviada e indecisa como su personaje, un Bardem contenido que intenta matizar el tópico del latin lover, y una Penélope Cruz en su salsa que se come literalmente la película. En cuanto al maestro Allen, no estaría mal que le diesen una subvención vitalicia para que siga fomentando el turismo por España. El turismo de clase alta, of course, para quien pueda pagarlo.