2008-08-09
Creer o coincidir
ANDRÉS NEUMAN



La asociación de dos acontecimientos lejanos en busca de una lógica secreta es, sin duda, una de las claves de la literatura. Pero también de nuestra vida cotidiana. Podríamos hablar de la metáfora o del pensamiento surrealista. Podríamos referirnos a las correspondencias de Baudelaire, a los observadores observados de Cortázar, a las repeticiones fatales de Borges. Pero no hace falta irse tan lejos: toda la gente que conozco ha vivido coincidencias increíbles, y la mayoría cree en el poder de esas coincidencias. O sea, en que poseen algún tipo de significado. Explícita o callada, verdadera o falsa, esta creencia en un orden dentro del desorden parece anidar en el asustadizo corazón humano.

Las coincidencias son el punto de partida, o de llegada, de muchas historias. En el cine este principio abunda, y no sólo en los thrillers. Incluso las películas románticas suelen necesitar un paralelismo inesperado, un último encuentro fortuito para consumar su desenlace. El espectador común espera o aprueba este recurso, como si no confiara del todo en la voluntad de los amantes y tuviera más fe en las casualidades que los unen. La razón de este apego es sencilla: cuando se nos presenta una coincidencia, sentimos que este oscuro y extraño mundo se vuelve súbitamente más descifrable. Teniendo en cuenta lo poco que entendemos la realidad que nos rodea, se trata de una debilidad comprensible.

Sin embargo, no siempre las coincidencias nos convencen. Un exceso de ellas puede romper la verosimilitud de una historia y ahogar a sus personajes, convirtiéndolos en meras excusas para transmitir una estructura rígida que poco tiene que ver con el azar. Esta obsesión geométrica es el motivo por el que las novelas de Paul Auster me entretienen mucho la primera vez que las leo, pero me decepcionan la segunda vez. O de que las películas de Julio Medem puedan llegar a resultar bastante frías, con paralelismos excesivamente pensados o buscados. No es que la realidad supere la ficción. Sino que una buena ficción no está obligada a tomar nota de los momentos más insólitos de lo real. Siempre me acuerdo de un ejemplo que ponía Juan José Millás: más de un ciudadano ha muerto víctima de la absurda caída de un andamio o una maceta, pero jamás aceptaríamos que una historia de detectives se interrumpiera de repente por ese motivo.

Si divago sobre las coincidencias, es porque ayer me sucedió otra. No es la primera vez y empiezo a preocuparme: cuanto más desconfío de ellas, cuanto más me opongo a escribirlas, más coincidencias me asaltan. Estaba en Madrid, esperando que llegara el metro en Avenida de América. Iba pensando en el libro que acababa de leer. Su autor era catalán, y yo sopesaba la idea de que los grandes narradores catalanes tienden a un estilo seco, distanciado y levemente irónico. Para confirmar esta hipótesis pensé en Pere Calders, Quim Monzó, Enrique Vila-Matas, Eduardo Mendoza, Sergi Pamiès. En ese momento se abrieron las puertas del metro, y entonces se me ocurrió una excepción: Joan Perucho.

Entré al vagón. Vi un solo asiento libre. Sí: definitivamente Joan Perucho, con su barroquismo culturalista, era una excepción a esa norma. Me senté pensativo. De pronto reparé en que, a mi lado, un tipo leía un libro con gran atención. Indiscreto, ladeé la cabeza y pasé los ojos por la página impresa. Era un relato sobre princesas y castillos. El lector notó mi indiscreta proximidad y movió el libro para apartarlo de mi vista. Yo aproveché para espiar la portada. De inmediato se me escapó un «¡joder!». El tipo resopló. La siguiente estación era la mía, y me sentía obligado a darle alguna explicación al pasajero. Mientras el tren se detenía, me levanté y le dije sonriendo: «Disculpe, si le dijera que justo antes de sentarme estaba pensando en Joan Perucho, usted no me creería, ¿verdad?» Él me miró confuso y negó con la cabeza. «Me lo imaginaba, gracias», contesté acercándome a la puerta.