2003-10-11
Pensar en Noviembre (Achero Mañas y el compromiso)
ANDRÉS NEUMAN



No han sido estos últimos, precisamente, unos años en los que haya proliferado en España el arte entendido como motor de intervención social. Prefiero evitar la maltratada palabra ‘compromiso’, porque en torno a ella se han tejido numerosos malentendidos: primero habría que aclarar con qué se supone que un artista ha de sentirse comprometido. Si la respuesta es que un artista es responsable de la sociedad a la que pertenece, podría replicarse que eso mismo debiera suceder con cada ciudadano, pinte, escriba, cante o no. Por lo demás, no sé si el Cortázar explícitamente político de los últimos años tiene que resultarnos más ejemplar que el Cortázar que escribió cuentos fantásticos antes de los sesenta. Tampoco me atrevería a menospreciar a Mallarmé, Matisse o Bergman argumentando que en sus obras no se advierte un especial interés por las injusticias sociales. Ni antepondría, como modelo de artistas responsables, a otros que hubieran dedicado sus esfuerzos a pergeñar libros, cuadros o películas de carácter panfletario. A esto último podría objetarse que genios como Einsestein, César Vallejo o Diego Rivera no encontraron obstáculos para dar una forma estéticamente sublime a determinados discursos ‘comprometidos’. Pero, precisamente, de eso se trata: ¿ellos fueron genios por dichas intenciones? ¿Los recordamos con admiración por el tema de sus obras, o más bien por la grandeza de su estilo y por la fuerza con la que nos conmueven a todos los niveles?

Ahora bien; en determinadas circunstancias históricas, ya sea por saturación o por defecto de ciertos discursos, francamente uno agradece que haya creadores que se distingan de la mayoría y aporten -no porque deban, sino porque quieren- opiniones, críticas, interrogantes de otra índole. Me temo que vivimos uno de esos momentos de uniformización pública. Y por eso, igual que en su día me alegró ver la magnífica ‘Los lunes al sol’ de Fernando León, e igual que -se haya equivocado o no en su enfoque- a mí me ha parecido valiente que Medem dedicara parte de sus energías a mojarse en un conflicto tan espinoso y necesitado de debate como el del País Vasco, aprecio también que Achero Mañas haya querido reflexionar en su segunda película sobre el lugar y la función social de los artistas. O, en este caso, de los actores. Pero, una vez contextualizadas sus intenciones, conviene analizar los resultados, las ideas concretas que contiene ‘Noviembre’.

Para quien no la haya visto aún, he aquí una sinopsis mínima: llevados por su vocación teatral pero también por una conciencia crítica e inconformista de la sociedad en que viven, un grupo de jóvenes actores abandona los estudios académicos de arte dramático. Liderados por el carismático Alfredo Baeza, deciden formar una compañía independiente, callejera y no profesional. Tras redactar un programa artístico interno que tiene mucho de manifiesto político, los miembros de la compañía Noviembre se lanzan a las calles para escenificar, en interacción directa con el público, sarcásticos ‘happenings’ que abordan de manera impactante cuestiones como la pobreza, la inmigración, la familia, los abusos sexuales, el terrorismo o la educación. Y aquí se detiene mi resumen, pues no quisiera chafarle a nadie el placer de ir descubriendo el resto. Igual que ocurría en ‘El Bola’, la dirección sabe ser ágil y alternar ritmos, casi todos los actores dan bien sus papeles y -aunque a veces se abusa de los primeros planos- hay que reconocer que las escenas de teatro documental están magníficamente conseguidas. Al mismo tiempo, resulta inocultable que la nueva película de Mañas, con su mejor intención, incurre en serias contradicciones; algunas de las cuales amenazan incluso con derribar buena parte del discurso erigido.

Habrá quien objete que, más que cambiar un ápice la mentalidad colectiva de los ciudadanos-espectadores, lo que conseguían los elogiados personajes de ‘Noviembre’ con sus montajes era hacer crecer su propia conciencia individual. Incluso puede que alguien opine que la historia trata de unos muchachos más o menos aburridos que deciden disfrazarse por un rato de mendigos, gitanos o terroristas para sentirse más vivos o satisfechos de sí mismos. O que algunas de sus pretendidas provocaciones, al tener lugar en nuestros mismos años, resultan anacrónicas y un tanto ingenuas (como quitarle el gorro a un policía o actuar desnudos). Aunque puede haber algo de eso, personalmente subrayaría dos cuestiones más importantes: el motivo central que Achero Mañas ha elegido para simbolizar el compromiso de sus personajes, y el punto de vista desde el que nos invita a contemplarlos.

‘Noviembre’ (tanto la película como el colectivo que la protagoniza) insiste una y otra vez en que cobrar por sus espectáculos corrompería a los actores. A mi entender, poner el acento en el dinero, asociar gratuidad con compromiso o profesionalidad con servilismo, constituye un error descomunal. Además de poner aún en más aprietos a los artistas que intentan vivir dignamente de su trabajo, que sienten una vocación tan fuerte que desearían dedicarle a ella todas las horas posibles. Bastante esfuerzo cuesta que a los artistas (¡y mucho más los callejeros!) se los considere y respete, para que a los mismos espectadores que han pagado su entrada por ver la película se les sugiera que un creador comprometido no debería cobrar por aquello a lo que se dedica. ¿Así se reivindica una dignidad, o se contribuye a una marginación? Alfredo Baeza, el protagonista, no quiere cobrar por actuar, pero trabaja en un bar donde lo putean como a todos: el guión parece obligarlo a preservar una supuesta pureza, a cambio de participar en el eslabón más duro de la cadena de explotación. Me viene a la mente un inteligente anuncio sobre los derechos laborales de la mujer, que vi hace poco en la televisión: << ¿A ti te cobran menos por ser mujer? Pues entonces que no te paguen menos por tu trabajo >>. Del mismo modo, los artistas necesitan sobrevivir como cualquiera. Y, más allá de estas obvias necesidades materiales, lo crucial es que se puede reproducir gratis un esquema ideológico caduco, o intentar criticarlo aunque se cobre (pienso en Marcel Marceau, que sigue haciéndolo y muy bien: ¿un mercenario de más de ochenta años, o un anciano comprometido en vida con su arte?) En cuanto a la historia del arte, Bach escribió sus cantatas por encargo en Weimar y Leipzig. Mozart no tenía muchas ganas de escribir música fúnebre cuando le adelantaron el dinero de su réquiem. Velázquez estuvo bajo sueldo en la corte de Felipe II. Miguel Ángel convirtió su trabajo profesional de la Capilla Sixtina en un milagro de libertad creativa... La originalidad depende mucho más del talento que del salario. Ojalá Orson Welles hubiera encontrado hasta el final de su carrera el apoyo económico que tuvo al principio.

Tengo la impresión de que Achero Mañas no ha conseguido transmitir lo que de verdad quería decir. De hecho, él sabe perfectamente que, cuanto más dinero recaude su película, más independencia logrará para autofinanciar futuros proyectos todo lo revolucionarios que él quiera, cosa que jamás podría hacer si se negase a cobrar. Lo mismo digo del Goya que tan merecidamente recibió por su anterior película: ese premio le ha dado voz para denunciar. Tan noble como pretender mantenerse al margen del sistema, pero acaso más útil, es lanzarse a intervenir en el circuito mayoritario manteniendo las propias convicciones. Quizás ahí radique el intríngulis: a lo mejor Mañas hablara consigo mismo, o estuviera haciéndose una promesa, cuando escribió el guión de ‘Noviembre’.

Hay otro problema en el discurso agitador de la película: la perspectiva desde la que los personajes son narrados. Es más épica que rica, porque tiende a convertirlos en víctimas cuando en realidad eligen voluntariamente un camino. Y también es autocomplaciente, porque los personajes pasan más tiempo contemplándose o sintiéndose rebeldes que intentando cambiar el mundo (puesto que ése era el objetivo declarado). Por supuesto son muy jóvenes, inexpertos, etcétera. Pero es que ni siquiera veinte o treinta años después, cuando son ‘entrevistados’ en la película, se muestran demasiado críticos con ninguna de las bases del colectivo. Más que reflexionar, entonan una elegía no siempre verosímil. En este sentido, inquieta pensar en esos mandamientos que los propios personajes de ‘Noviembre’ se imponen y que jamás cuestionarán (salvo en una ocasión, y para mal). Hay nobleza en sus principios, pero también un ejercicio de insumisión que termina convertido en dogma no reconocido.

Tampoco ayudan a la solidez del mensaje ciertas ingenuidades intelectuales, como el desprecio global y en exceso simplista de la cultura ‘oficial’, que merecía objeciones más sutiles. Los jóvenes actores parecen estar de vuelta de los estudios académicos de arte dramático, aunque apenas han ido a clase. Están hartos del teatro profesional, aunque en ningún momento vemos que conozcan el ambiente. ¿Hubiera costado mucho que, durante algunos de los nostálgicos flashes futuros intercalados en la película, se nos mostrase al menos a uno de los personajes convertido en actor profesional y reflexionando sobre su condición actual desde la madurez? Por lo demás, la única vez que los vemos asistiendo como espectadores a una gran sala es precisamente durante la ópera que piensan boicotear, abundando en el tópico de que la música clásica es seria, aburrida y para ricos; y de que, en definitiva, hay un arte esencialmente dirigido a la élite y otro a la calle. Como si para Alfredo Baeza hubiera dos opciones: ser melómano, o ser revolucionario. Claro que es un personaje de ficción, y puede estar equivocado. Pero, teniendo en cuenta el desenlace de la historia, los profundos interrogantes del guión (cuáles son los límites del arte, cuál es la función del artista, cuánto hay de ficción o representación en la estructura de la sociedad...) quedan mitificadora y melodramáticamente cerrados. Baeza se convierte en héroe con demasiada facilidad, y las conclusiones se aproximan al tópico justo cuando parecían prometer una idea innovadora. Tampoco estoy seguro de que la archisabida frase final, dadas las trágicas circunstancias, pase de inoportunamente ingeniosa.

¿Recomendaría no ir a ver ‘Noviembre’, entonces? En absoluto: se trata de un buen director y de una película menos redonda que ‘El Bola’ pero más ambiciosa. Ambas nos hablan de un cineasta sensible y preocupado por su entorno. El resultado es en esta ocasión contradictorio, difuso, nublado como el mes que pregona. Pero, a la vez, me alegra que Achero Mañas intervenga. Su película tiene algunos momentos excelentes, el actor principal me parece todo un acierto y, en conjunto, puede decirse que la intención de la película es hacer pensar. Aunque lo logre sólo a medias, pienso ir a ver corriendo la próxima película que estrene.