2008-07-12
Crónicas de Guayaquil
ANDRÉS NEUMAN



Guayaquil es la ciudad más poblada de Ecuador, y a lo largo de su historia ha sufrido numerosos incendios que la devastaron casi por completo. Además del clima, sus típicas edificaciones en madera no ayudaban precisamente a prevenir estas catástrofes. Sin embargo hasta comienzos del siglo veinte, como Sísifos tropicales, los guayaquileños siguieron reconstruyendo una y otra vez su preciosa ciudad con los mismos materiales inflamables. Lo cual dice bastante del carácter y el destino de este querido país.

Hoy Guayaquil es una ciudad remodelada y moderadamente turística donde conviven, con tensión controlada aunque perceptible, un impulso reciente de prosperidad y la miseria de siempre. Esa miseria de niños mendicantes, madres multíparas y delincuencia juvenil que azota todavía, como un incendio jamás apagado, las grandes ciudades latinoamericanas. La estrategia de la alcaldía aquí parece ser más o menos la misma que en otros tantos lugares: a falta de un proyecto general para reducir la pobreza, se extiende un cerco amable y vigilado dentro de cuyos límites se pasea la escasa clase media y la influyente clase alta. Por supuesto, el turista europeo puede (y en general prefiere) transitar sin sobresaltos por el flamante malecón que baña el hermoso, sereno río Guayas. Esa es la Guayaquil moderna que promocionan las guías. Y que, sin ser mentira, no es toda la verdad.

Frente a mi hotel se encuentra el luminoso Parque Seminario, más conocido como la plaza de las iguanas. Allí campan a sus anchas (o mejor dicho a sus largas) centenares de iguanas de todos los tamaños que constituyen la gran atracción de este parque. Niños, familias y viajeros se agachan con toda confianza para recoger, acariciar y alimentar a estas parsimoniosas criaturas que inspiran una mezcla de repulsión y simpatía. Detrás, presidiendo este asombroso parque jurásico minimalista, se eleva la coqueta catedral de Guayaquil, construida en una especie de gótico colonial que combina estructuras del barroco tradicional con colores y ornamentos más autóctonos. En lo alto del crucero, un Cristo Rey policromado bendice el paraíso de las iguanas.

Cada vez que voy a mi amada Latinoamérica, me acuerdo de un ensayo de Roberto Bolaño en el que narra su primer regreso a Chile después de muchos años de vida en España. Bolaño volaba con su pequeño hijo Lautaro y su esposa catalana, Carolina. Ambos dormían despreocupadamente, pero él no era capaz de pegar ojo. De algún modo sentía, cuenta en broma Bolaño, que debía permanecer despierto para sostener el avión. Independientemente de sus circunstancias, esa es la diferencia existencial entre europeos y latinoamericanos: los primeros confían en llegar finalmente a buen puerto, los segundos no pueden evitar temerse lo peor. La meta del ciudadano europeo medio es ganar derechos, enriquecerse. La conciencia del ciudadano latinoamericano pasa por mantenerse alerta, resistir. Leo en un diario local que Liga de Quito, el primer equipo de fútbol ecuatoriano que gana la Copa Libertadores, festeja todavía su heroico triunfo sobre el poderoso Fluminense brasileño. Si un equipo belga o noruego ganase por primera vez la Copa de Europa, pensaría en ampliar su presupuesto y fichar a alguna estrella internacional. Los planes de Liga de Quito son otros: «el objetivo es no desmantelarnos», declaró el entrenador del equipo.

De visita en el Parque Histórico de Guayaquil (un atractivo y original museo que alberga una reserva zoológica natural de la zona, una serie de réplicas arquitectónicas de la ciudad tal como era en 1900 y una recreación de la vida rural montubia), me detengo a observar los detalles interiores de una de las viviendas que reproduce el parque. Dentro de la belleza general del edificio, construido en elegantes maderas de colores, me chocan sobremanera las manchas que intentan adornar los faldones de las paredes. Le pregunto al guía qué son esas horrendas ondas verticales que estropean la admirable armonía de la decoración, y él me explica que se trata de la célebre técnica local del marmoleado: fingir con pinceladas zigzagueantes los prestigiosos mármoles europeos. Yo le digo que me parece una verdadera pena, y él se encoge de hombros y sonríe. «Lo siguiente que veremos», nos anuncia el guía, «es el famoso cuadro titulado ‘Patria’, tasado en más de 45.000 dólares. Síganme, por favor, y cuidado con los escalones».