2008-06-14
Euroinmigrantes (fútbol y colores)
ANDRÉS NEUMAN



Cada vez que un futbolista cambia de camiseta, ejerciendo unos de sus derechos elementales como profesional, los hinchas viscerales se echan las manos a la cabeza y lo llaman traidor, Judas, pesetero y todas esas cosas que jamás le dirán a un jugador rival cuando ficha por su propio equipo. A las estrellas del fútbol no sólo se les pide que cumplan su tarea con dignidad, esfuerzo y eficiencia, valores que bastarían para convertir a cualquier trabajador en un profesional respetable. A los jugadores se les pide además, con cierta hipocresía, que se identifiquen con unos colores.

Curiosamente, esta exigencia telúrica no impide que los aficionados acepten con bastante naturalidad que los futbolistas (y los deportistas en general) cambien de nacionalidad e incluso compitan por sus nuevos países. En este sentido, resulta extraño que los millonarios y volubles campeonatos entre clubes a veces despierten mayores fanatismos identitarios que los más estables (y relativamente mal pagados) campeonatos entre selecciones nacionales. Que sepamos, en Brasil y Argentina nadie montó en cólera cuando Marcos Senna, Mariano Pernía, Juan Antonio Pizzi o Donato se nacionalizaron y en su momento alcanzaron la internacionalidad con España, dando además un rendimiento satisfactorio. Se me dirá que ninguno de estos jugadores eran grandes estrellas en su países natales. Cierto. Pero entonces ya no estamos hablando de un problema de esencias e identidades, sino sencillamente de intereses y conveniencias: en fútbol no es traidor el que emigra de equipo, sino el que se marcha libremente cuando los hinchas le exigían que se quedase.

Si el comportamiento social de los países se pareciera más al funcionamiento de sus selecciones nacionales, la llegada de trabajadores inmigrantes sería vista como una oportunidad para mejorarnos colectivamente, y su acogida sería mucho más calurosa y razonable. La selección española no es el único ejemplo de este fenómeno, ni tampoco el más vistoso. Todos recordamos el Mundial del 98, que Francia organizó con rutilante chovinismo y que ganó con una exquisita selección poblada de jugadores provenientes de las antiguas colonias. Hoy el equipo francés que compite en la Eurocopa tiene al prometedor Karim Benzema, cuya familia es de Cabilia, Argelia, igual que la del gran Zidane. En Suiza está jugando Johan Vonlanthen, que nació en Colombia. Siguiendo una vieja y fructífera tradición, la selección holandesa también cuenta con varios futbolistas de origen inmigrante, entre ellos Giovanni van Bronckhorst, cuyos ancestros eran indonesios, o Ibrahim Afellay, de familia marroquí. Incluso la selección alemana, que en infaustos tiempos pasados tuvo la misión de defender el honor de la pureza aria, hoy es un reflejo dinámico de la multiétnica Berlín: ahí están David Odonkor, de padre ghanés, o Kevin Kuranyi, que nació en Brasil y tiene nada menos que tres nacionalidades (brasileña, panameña y alemana). Por no hablar del excelente goleador Mario Gómez, cuyo padre por cierto es granadino.

¿Qué necesita España para ganar al fin un título internacional, cosa que no sucede hace más de cuarenta años? Los misteriosos entendidos del balón opinan que a nuestra selección le falta «saber competir» y mayor «equilibrio». Precisamente eso, dicen, es lo que aporta Senna, el mediocentro hispano-brasileño que jugó de titular ante Rusia. Es una lástima que en el fútbol eso del equilibrio colectivo sea ya un célebre tópico, mientras que en nuestra sociedad todavía nos cuesta aplicar ese mismo criterio al conjunto de la población. Igual que Senna defiende, recupera y enriquece la posesión del esférico, la inmigración bien regulada frena el envejecimiento de la población activa, eleva la natalidad y fortalece la Seguridad Social. Eso es así. Ojalá los expertos de la radio, televisión y prensa nos lo recordaran tan a menudo como nos insisten en la necesidad del equilibrio en los equipos. La cosa parece tan clara y redonda como una pelota. Hoy en día, para sumar y progresar (e incluso para poder competir), nos hacen falta cientos, miles de Marcos Senna.