2003-09-29
Hermanas siamesas (las ciencias y las letras)
ANDRÉS NEUMAN



Ahora que empieza un nuevo curso lectivo, me acuerdo de aquellas pobres hermanas iraníes, Ladan y Laleh, que habían nacido unidas por la cabeza y que quisieron vivir cada una por su lado. Entonces un comité de especialistas dirigió las operaciones de un equipo internacional de cirujanos, anestesistas y radiólogos. El final, ya lo saben, fue el que fue: las siamesas no resistieron la operación y perdieron la vida. Algo así, me temo, puede sucederles a las ciencias y a las letras.

Desde hace años, el sistema educativo -y yo diría que la sociedad en su conjunto- conspira a favor de la separación de dos formas de conocimiento que nacieron juntas en los albores de nuestra civilización. Ni los programas de estudio ni los mensajes políticos y publicitarios se cansan de empuñar el bisturí, intentando persuadir a los jóvenes para que participen de la mutilación. Los estudiantes, claro, acaban en su mayoría sucumbiendo a esos modelos, que reproducen luego en su vida cotidiana. No es su culpa. Es lo que les están enseñando los cirujanos y anestesistas de la educación. En el mes de julio, leí en este periódico la entrevista que le hacían a Andrea, una brillante estudiante granadina que había obtenido el Premio Nacional de Bachillerato con una nota media nada menos que de 9,89. Con diecinueve años y a punto de empezar en Madrid la carrera de Ingeniería Aeronáutica, Andrea pasaba por ser la mejor alumna del año. Y, por eso mismo, nos sirve como excelente ejemplo de lo que hace la escuela incluso con mentes despiertas como la suya: en la entrevista, ella declaraba haberse decantado por Ciencias porque << las Letras requieren más memorización y yo soy un poco vaga >>. Releí estas palabras primero perplejo, y después triste: si ésa era la percepción de alguien que había sido capaz de sacar sobresaliente en todas las asignaturas, incluidas las de Lengua, Latín o Historia, no quiero ni imaginarme qué pensarán de las humanidades los alumnos menos dotados.

En su día yo elegí la opción de Letras y luego estudié Filología Hispánica, pero jamás he necesitado memorizar ningún tocho. Siempre he preferido estudiar a mi manera, razonando y sobre todo disfrutando, en lugar de recitar los temas. Lo cual implicaba no sólo mucho menos trabajo, sino más diversión. Nunca nadie me suspendió por eso. Por lo demás, también me encantaban la aritmética y la estadística, pero en mitad del instituto tuve que decidir, como todo el mundo, si era ‘de ciencias’ o ‘de letras’. Ésa es quizá la mayor atrocidad de nuestro sistema educativo, que está ahogando la creatividad de los estudiantes. Pero hay otras más sutiles, como por ejemplo la absurda y sectaria división epistemológica que se propugna desde cada uno de los propios bloques: los especialistas científicos, subestimando la complejidad, amplitud y capacidad de análisis de ramas como la filosofía o la historia, adorando todavía un concepto de ‘objetividad’ que ya fue detectado, debatido y superado a finales del siglo diecinueve tras la devaluación del positivismo; por su parte, los letrados no hacen más que alimentar el malentendido cuando muestran un desinterés -¡casi orgulloso!- por las distintas ciencias que han ido transformando nuestro mundo, o cuando se aferran a cómodos pretextos como << es que eso es muy complicado y yo soy más bien de Letras >>. ¿Acaso es más difícil una ecuación de segundo grado que la sintaxis latina de Cicerón, el estudio de las fractales que la moral de Kant? Pero, sobre todo: ¿por qué demonios hay que considerar alguna más útil o importante que la otra?

<< No razone: estudie >>, me reprochó un día cierta profesora, con su mejor intención y los peores argumentos posibles. Como este tipo de aberraciones van modelando la ideología, me parece urgente que todos (maestros, profesores, padres, medios de comunicación e instituciones) nos pongamos manos a la obra. No se trata de hacer una revolución utópica ni de reclamar una fortuna en presupuestos que nunca llegará: sino de cuidar, dentro de lo posible, qué tipo de mensajes subliminales se les dirigen a los alumnos. Ésa es una responsabilidad cotidiana para la que no valen excusas. Recuerdo, por ejemplo, la comitiva de docentes que venía a adoctrinarnos cuando estábamos en COU, hoy segundo de bachillerato. Se suponía que cada cual debía explicarnos las virtudes de su carrera, pero mi sorpresa y decepción fueron grandes cuando me encontré con que casi todos los de Letras no hacían más que lamentarse, ponerse pesimistas y hasta disuadirnos: ¡benditos orientadores! Tampoco creo que fuera una casualidad: a mi hermano, que es unos años menor que yo, le sucedió exactamente lo mismo. Yo les diría a esos (des)orientadores que, si han perdido la vocación, hagan el favor de no acudir a los centros para ahondar en la herida. Ya bastante tenemos con lo que hay. En cuanto a las carreras científicas, me resulta asombroso repasar sus contenidos y comprobar lo poco o nada que se enseña sobre la parte humanística de sus respectivas disciplinas: por ejemplo, historia de la física o las matemáticas, filosofía de la ciencia, traducción de lenguajes teóricos y tecnicismos, ciencias comparadas, lingüística aplicada a los estudios correspondientes, sociología de la ciencia, etcétera. Nada de nada.

<< Pero, ¿y con esa media vas a estudiar Filología? >>, se espantó otro docente cuando supo mis resultados en la selectividad. Esa constante presión que soportan los estudiantes para ‘aprovechar’ (?) las calificaciones y cursar las carreras técnicas con mayor nota de corte, no perder el tiempo u obsesionarse con la dichosa ‘salida’ laboral, terminan haciendo mella en su cabeza. Sin embargo, basta un poco de curiosidad para comprender que los sabios de todas las épocas, esos que han marcado nuestra cultura, no fueron nunca especialistas en una materia sino todo lo contrario. Podríamos evocar a los antiguos griegos, recordar que la cuna de las matemáticas fue humanística, que Parménides, Pitágoras o Demócrito contemplaban lo que hoy llamamos física, geometría, lógica o filosofía como una vasta unidad para la comprensión del mundo. Podríamos mencionar cómo, en la supuestamente oscura Edad Media, muchos de sus sabios -como Alfonso X- se preocupaban por aprender gramática, derecho, música, cálculo, distintas lenguas y por supuesto literatura. Podríamos insistir en la evidencia de los genios renacentistas: no sólo en la voracidad de Leonardo da Vinci, que lo mismo pintaba o esculpía que diseñaba planos de edificios y maquetas aerodinámicas, sino también en el portugués Pedro Nunes, quien -como recuerda Francisco Rico en El sueño del humanismo- concibió el medidor de precisión llamado nonio, fue cosmógrafo, algebrista y también escribía poemas en lenguas clásicas donde recomendaba estudiar eso que hoy llamaríamos Lengua: << aplícate dispuesto a la gramática,/ madre que nutre todos los saberes,/ y si logras la dicha de alcanzarla,/ por entre las marañas de las ciencias/ tendrás por fin la luz a que aspirabas >>. ‘Primero Sueño’, el mejor poema de la más grande poeta barroca de América, Sor Juana Inés de la Cruz, trata sobre el conocimiento global y está lleno de hermosas metáforas médicas, astronómicas y geométricas. Goethe, el más grande poeta del Romanticismo alemán, fue autor de una teoría óptica sobre los colores y de un ensayo sobre anatomía plástica. Ya en el siglo veinte Max Planck, padre de la física cuántica, escribió una autobiografía científica que en realidad es un relato sentimental y que termina con un poema acerca de una flor. A Einstein nunca le pareció que perdía el tiempo cultivando la música, y tocó su querido violín hasta el fin de sus días. En los últimos años, por último, estamos asistiendo al auge de una literatura basada en temas científicos, y no sólo en novelas o guiones de ciencia-ficción: dos ejemplos recientes son la fascinante obra de teatro Copenhague de Michael Frayn, o un divertido libro de Magnus Enzensberger con prosas y poemas dedicados a diversas cuestiones relativas a la ciencia. ¿Qué huellas ha dejado todo esto en la escuela?

En fin, empieza el curso y las hermanas siamesas, las Ciencias y las Letras, están a punto de morir otro año más con la inestimable colaboración de millones de asistentes en todo el mundo. A los estudiantes de secundaria personalmente les pediría (además de que se diviertan en el aula y fuera de ella) que apuesten por aquello en lo que creen, que no hagan cálculos abstractos y estudien lo que más les guste. Además, siempre será mucho más sencillo luchar por un puesto de trabajo que nos agrade, que por otro que nos aburra. Si, por el contrario, luego no encontrasen salidas, al menos habrán aprendido mucho, habrán disfrutado de sus estudios e incluso -teniendo en cuenta las actuales estadísticas de emancipación- estarán aún a tiempo de intentar otra cosa. Pero quien estudia algo que no le convence puede tener su castigo en el éxito: ¡imaginaros el horror de trabajar toda una vida en algo que os aburre! En cuanto a las famosas tasas de paro, afectan en mayor o menor medida a todas las carreras: ninguna garantiza la salvación y, para colmo, como las demandas son pendulares, es posible llegar demasiado tarde a la opción más ventajosa. Y no quiero ni imaginarme lo descorazonador que debe de resultar no encontrar trabajo tras cinco años de tedio en una carrera que no nos entusiasmaba...

Adelante, pues. A clase. Pero con cabeza. Apiadémonos de las pobres Ladan y Laleh, que siguen lamentando haber entrado en el quirófano.