2008-05-31
21 gotas del 21º Hay Festival (I)
ANDRÉS NEUMAN



1
Hay-on-Wye tiene 2.000 habitantes y más de 30 librerías. El coeficiente lector del pueblo sería conmovedor, si no fuera porque esos libros están para los forasteros. Que vienen de todas partes. La ocurrencia fue de Richard Booth, graduado en Oxford y rey autocoronado, que impulsó un negocio de libros viejos que se ha convertido en atracción internacional. El pueblo es un exponente feliz de un problema dramático: el despoblamiento de las zonas rurales y la urgencia de transformar sus recursos. Los abuelos de los libreros eran agricultores. Antes sembraban. Ahora también.

2
En el pueblo caben infinitos libros pero muy pocos escritores. El festival no sólo toma el pueblo, sino la región entera en un radio de treinta kilómetros. Los chóferes del Hay Festival, vecinos que se ofrecen como voluntarios, son un género literario. Bucólico, para ser más exactos. No pueden ser tan amables. No pueden ser tan pacientes. No pueden ser verdad.

3
Al llegar al Hay Festival la primera impresión es de invernadero. Quizá lo sea: una plantación intensiva de escritores que provoca un crecimiento acelerado de la especie lectora. El jardinero mayor se llama Peter Florence, inteligente artífice del evento. La XXI edición despliega unos 500 actos. Como si de un festival de rock se tratase, convoca a 80.000 personas en un fin de semana. Bill Clinton declaró que el Hay era «el Woodstock de la mente». Aunque uno sospecha que a Clinton lo que más le interesa de los festivales no son las mentes.

4
El festival es una mezcla de informalidad y exactitud, de glamur y neohippismo, de puntualidad y firmas anunciadas con tiza. El asunto está bien organizado y patrocinadores no le faltan. Cierto banco se publicita en carteles que reproducen citas célebres. Una de ellas reza: «Si quieres saber qué piensa Dios del dinero, sólo mira a quién se lo ha dado». La ironía es más rentable que la seriedad. Las lonas ondulantes le dan al recinto un aspecto de velero, reforzando la impresión de que el invento va viento en popa.

5
La potencia del programa contrasta con la liviandad de su estructura física. El mítico Hay Festival es un modesto recinto de carpas comunicadas por un laberinto de alfombras verdes. Las tormentas azotan el entramado. Pero a los ingleses las tormentas les preocupan muy poco. La suya no es una fe pese al mal tiempo, sino contra el mal tiempo. Aquí la lluvia huele a tinta.

6
El público es el verdadero héroe del festival. La gente llega en coches, en buses, caminando. Hace cola. Acampa. Chapotea. Aparca en mitad del campo, entre colinas con ovejas. Créase o no, casi todos los actos terminan agotando las localidades. Con el paso de los días la batalla por los tickets se intensifica hasta tal punto que uno teme ir al baño y encontrarse en la puerta el cartelito de ‘sold out’.

7
Como suele ocurrir, la metáfora está en los baños. Los del Hay están embarrados, pero incorporan un hilo de música clásica. A mí me parecieron pocos: o los ingleses no orinan, o llegan con los turnos acordados de antemano.

8
El acto de Bogotá-39 (la nómina de nuevos autores latinoamericanos que fuimos elegidos el año pasado a iniciativa del Hay Festival) también está repleto. La reserva de billetes para este evento es gratis. Hacen bien: la literatura en español, y ya no digamos la nueva, no es precisamente la mayor pasión de los británicos. La mesa es en inglés, sin traducción simultánea. El acto hispano transcurre bajo el aletear de las lonas, que le dan un toque desértico, desamparado. A la gente parece gustarle.

9
«Tras emigrar, durante años», explica Juan Gabriel Vásquez, «no escribí sobre Colombia porque no la entendía». Se deduce que, viviendo lejos, fue entendiéndola mejor. No estar en un lugar nos permite explorarlo.

10
Santiago Roncagliolo habla de Sendero Luminoso y lo compara con los atentados de Atocha: «Tomé conciencia del terrorismo nacional a través de la experiencia del terrorismo extranjero». No hay bomba que no caiga en todas partes.

11
«Me fui de México», recuerda Guadalupe Nettel, «huyendo de mi familia, que me sobreprotegía». Quizá por eso ahora cuenta bellísimas historias de desprotegidos.

12
«Los hijos de los inmigrantes», vaticina Roncagliolo, «mañana reescribirán la literatura española». Y esos papeles sí que serán legales.