2008-05-10
Blog, blog
ANDRÉS NEUMAN



La palabra blog suena a regurgitación. O sea, y disculpen ustedes, al acto de expeler por la boca sustancias sólidas o líquidas. Si uno hace la prueba de exclamar blog en voz alta, el sonido resultante es el de estar atragantándose o ahogándose. Sin embargo esta palabrita en boga proviene de una contracción, muy propia de la económica lengua inglesa, entre web (red) y logbook (diario de a bordo). Así que un blog sería, literalmente hablando, un diario de navegación internauta. Y la etimología nos recuerda que un internauta es alguien que navega de un sitio a otro. Los viejos marinos, esos que la literatura aventurera imaginó desde Ulises a Hemingway, desde Espronceda a Salgari, soñaron siempre con la libertad de movimientos. Internet no ha hecho otra cosa que prolongar ese sueño desde la quietud del hogar.

Cualquiera que haya consultado con asiduidad los infinitos blogs que flotan en la Red, habrá podido comprobar que en ese mar nadan toda clase de especies: raras, convencionales, novedosas, resentidas, mediocres, electrizantes, aburridas, bobas, muy brillantes. La inmediatez de acceso y creación de los blogs propicia que, como en los diarios íntimos de toda la vida, a veces hablen mucho quienes tienen poco que decir. Pero al mismo tiempo, y esa es la gran conquista y la novedad de este vehículo, el estallido bloguero hace posible una nueva modalidad de palabra pública, distinta y alejada de los condicionantes de los grandes medios de comunicación.

El blog ha fundado un peldaño intermedio entre los dos niveles de opinión que hasta ahora convivían en nuestra sociedad. Un tercer peldaño, digamos, semipúblico. O, por proponer un neologismo, alterpúblico. Antes del advenimiento masivo de la cultura cibernética, durante dos siglos largos, la libertad de expresión se manifestaba por medio de dos cauces demasiado alejados entre sí. Uno era la expresión individual del ciudadano de a pie (siempre que el régimen de turno no la persiguiera). El otro se manifestaba a través de los medios de comunicación, en un principio con la prensa escrita a la cabeza. La limitación de esta dualidad consistía en que, al margen del mayor o menor compromiso de la prensa por recoger las inquietudes de la ciudadanía, la opinión periodística tendía a funcionar como un circuito restringido. En los medios de comunicación de masas los que opinan no son los ciudadanos, que como mucho se conforman con ser consultados fugazmente por algún reportero o aparecer alguna vez en su vida en los diminutos recuadros destinados a las cartas al director.

En los últimos años, sin embargo, la proliferación del blog ha abierto un creciente espacio de expresión que participa de los dos cauces antes mencionados, sin ser ninguno de ellos. Por un lado, el autor de un blog es alguien con la potestad de manifestar al instante sus puntos de vista personales, sin limitaciones de espacio u oportunidad, ni censuras previas más o menos sutiles relacionadas con los intereses del grupo empresarial informativo. Por otro lado, esas opiniones individuales también obtienen una repercusión colectiva y son altamente reproductibles y debatibles. De forma complementaria, son cada vez más frecuentes las citas, alusiones y noticias blogueras que aparecen en los medios de comunicación tradicionales, que han comenzado a hacerse eco de sus contenidos. Este intercambio entre periodismo profesional y ciudadanía bloguera constituye, a mi juicio, la mayor aportación de este nuevo espacio.

Esta semana la filóloga y activista Yoani Sánchez, autora del visitadísimo blog Generación Y, se ha visto envuelta en una triste polémica por la negativa de las autoridades cubanas a dejarla desplazarse a España para recoger el premio Ortega y Gasset a la mejor labor de periodismo digital. En el mejor estilo del nuevo castrismo del anciano hermano del anciano Castro, el permiso de migración no le fue denegado de manera directa: simplemente, jamás contestaron a sus reiteradas peticiones de viajar. Al contrario que el trono castrista, siempre ocupado por posaderas antaño revolucionarias, la ceremonia en Madrid se celebró con un asiento vacío. La bitácora digital de Yoani Sánchez vuelve a recordarme las sensaciones iniciales de la palabra blog: regurgitar, por puro cansancio, los pensamientos atragantados durante años. Expeler palabras sólidas que, con la participación de sus lectores, esta vez no se perderán en el líquido del silencio que muchos tratan de inyectar en las gargantas de sus ciudadanos.