2008-04-19
Normalidad y dudas (8 ministras)
ANDRÉS NEUMAN



Es cada vez más evidente la tendencia global a contemplar la realidad como un continuo pretexto para actualizar el libro Guiness de los récords. No se espera que nada modifique profundamente las estructuras de nada, sino que un hito aislado eleve el listón de las excepciones. Esta lógica está a la orden del día en política. Lo hemos comprobado en la campaña de los demócratas en Estados Unidos, donde el enfrentamiento no se da entre dos programas ni dos modelos de Estado, sino entre el posible primer presidente negro y la posible primera presidenta mujer. Que yo sepa, estas dos condiciones mucho más biológicas que políticas ni siquiera se han aprovechado para plantear un debate a fondo sobre la superación de las últimas barreras racistas o sexistas en aquel país. No. Basta con que los votante elijan qué les gusta más, o qué les disgusta menos: batir el récord de etnia o sexo. Con eso hemos tenido para distraernos casi un año.

En el caso de España, para los medios de comunicación la noticia central ha sido el número de ministras, que supera (flamante récord) en uno al de ministros. Eso a mí, como hombre, me parece muy bien. Pero, como ciudadano, me da igual. Quiero decir que, una vez reconocido que nadie mínimamente sensato puede tener reparos por la abundancia de mujeres ministras, lo siguiente (y urgente) sería pasar a evaluar su formación, sus capacidades y sobre todo su posterior gestión.

Bárbara Ortiz Torres publicó hace unos días un inteligente artículo en el que advertía de los riesgos de seguir revistiendo de carácter extraordinario algo que debería ser natural y habitual. «Durante el tiempo que esto ocurra», escribía la autora, «viviremos en un estado de excepción en el que los legítimos derechos de la mitad de la población estarán cuestionados y las libertades alteradas. ¿Qué mujer se va a encontrar cómoda siendo escudriñada en todo momento? Y en el otro extremo, ¿vamos a considerar machista cualquier crítica honesta a la gestión de las mujeres?» La reflexión es sumamente oportuna. Aunque también la realidad quizá sea más compleja. También están, y actúan, y tienen su importancia, los espacios simbólicos.

Por un lado, en efecto, siempre me ha parecido que aplicar el sistema del carnaval a los grupos oprimidos o marginados puede resultar contraproducente: si, por poner un ejemplo, cortamos el tráfico una vez al año con una espectacular caravana gay, para mucha gente el mensaje final podría ser que el colectivo homosexual tiene algo de rareza curiosa, de anomalía con respecto a la naturalidad del día a día. Mucho más eficaz, en términos de integración y respeto civil, es permitirles casarse como los demás, concederles la normalidad de sus plenos derechos. Pero, por otra parte, sería ingenuo desdeñar el poder simbólico de esa caravana, su valor catártico, de celebración pública: aquí estamos, así somos, y no sólo no nos avergüenza, sino que nos alegramos. Al reconocer un día de festejo gay, y al sacarlo a la calle convirtiéndolo en acontecimiento oficial, se produce una visibilidad abrupta que no deja de tener su efecto pedagógico.

De un modo parecido, los inconvenientes reales de subrayar demasiado el sexo de las nuevas ministras e insistir en la parte más anecdótica del hito estadístico, no anula el hecho de que una pionera mayoría femenina en la más alta esfera puede contribuir a romper ciertos esquemas públicos muy arraigados. ¿Es por ejemplo irrelevante que la nueva ministra de Defensa esté además embarazada y vaya a dar a luz poco después de prometer su cargo? Desde el punto de vista de la acción política concreta y de la normalidad deseable, sí. Pero, visto desde la lucha diaria que se ven obligadas a librar cientos de miles de trabajadoras españolas para defender sus derechos y conciliar la maternidad con los intereses profesionales, el ejemplo público de Chacón ya no parece tan irrelevante ni anecdótico. Claro está que el objetivo de una sociedad madura es llegar a la indiferencia con respecto al sexo o condición de nuestros empleados o superiores. Pero, siendo realistas, todavía hacen falta unas cuantas décadas para eso. Si llegamos a verlo, que ojalá. A lo mejor habría que preguntarle a Berlusconi, a quien votaron hombres y mujeres.