2008-04-12
Quietos veloces
ANDRÉS NEUMAN



El otro día, en la estación de Atocha, cientos de personas que no se conocían se pusieron de acuerdo para quedarse quietos durante cinco minutos. El pacto colectivo era llegar antes de las 20.30, comportarse normalmente y esperar a que sonara un silbato. Entonces los convocados debían petrificarse. Mientras los demás viajeros seguían zumbando hacia sus destinos y los curiosos los rodeaban o los fotografiaban como casuales obras de arte, ¿qué habrán sentido estos súbitos personajes inmóviles? ¿Que sus vidas cobraban una lentitud exasperante, que dejaban de tener un objetivo inmediato? ¿O sintieron, por el contrario, que todos los otros corrían demasiado, moviéndose para nada?

Difundida a través de móviles, Internet y medios de comunicación, la convocatoria decía así: «¡Muévete, rápido, corre, trabaja, haz! ¡Exprime el tiempo al máximo! O en lugar de eso congélate y deja que el tiempo siga su curso sin ti». El texto era atractivo y también provocador, aunque no sé si exacto. Tengo la sospecha de que el congelamiento produjo en sus protagonistas más bien la sensación contraria. Quizá contemplaron, como nunca antes en sus vidas, la alocada carrera del mundo circundante y sus espectaculares pérdidas de tiempo. Si cierro los ojos y me imagino allí, en la estación, inmóvil, lo que siento es un inmenso alivio, cierta compasión por la ajetreada velocidad ajena. Y comprendo que son ellos los que se dejan el tiempo atrás, los que ignoran su transcurso, mientras yo, nosotros, los inmóviles, somos los únicos que atendemos al tiempo segundo a segundo, dejándolo pasar, dejándolo entrar en nosotros como cuerpos absorbentes.

A muchos de los improvisados actores el silbato los sorprendió conversando con alguien: a eso se le llama quedarse con la palabra en la boca. ¿Habrán seguido hablando exactamente de lo mismo al terminar el plazo de quietud, o se les habrá ocurrido algo más interesante? Otros consultaban un plano, un diario, un libro. ¿Se aprendieron la página de memoria, se aburrieron de ella?, ¿o la encontraron fascinante, e incluso tuvieron una pequeña revelación gracias a la permanencia de unas palabras que de otro modo les habrían pasado inadvertidas? Algunos, mala suerte, se quedaron congelados cuando se disponían a levantar un bolso o una mochila. Según en qué postura estemos, la eternidad puede querer una cosa y nuestra espalda otra. Los más afortunados (o los más astutos) esperaron el pitido besándose, de modo que pudieron disfrutar del beso más largo de la historia de la estación de trenes. Más de una pareja agraciada habrá recordado, supongo, las diferentes despedidas que conoció cada cual, los adioses y reencuentros de sus vidas.

Pasando al otro lado de los observadores, me pregunto qué habrán pensado los viajeros que en aquel momento se desplazaban, corrían, subían y bajaban como cualquier otro día. Me pregunto si los cientos de quietos espontáneos les parecieron unos tontos, o si fueron ellos mismos quienes se avergonzaron de moverse tanto, tan nerviosamente. Quién sabe si sintieron que los quietos estaban ausentes, lejos, o si fue justo al revés. Si tuvieron la impresión de que ellos, los viajeros, se marchaban, o si les pareció que en realidad se quedaban clavados en la vida normal mientras los otros, los inmóviles, iniciaban un viaje diferente hacia otra parte. ¿Les dio tiempo a pensar en ello, o la acción veloz y mecánica es incompatible con el pensamiento reflexivo? ¿La quietud es pasiva, un reposo?, ¿o es una cuenta atrás, una intensidad latente que puede dispararse en cualquier dirección? De lo que estoy seguro es de que los inmóviles, o al menos muchos de ellos, jamás pensaron tanto en cinco minutos.

Estos experimentos, denominados ‘flash-mobs’ y provenientes de la tradición de las performances vanguardistas, tienen la virtud de ser llevados a cabo por gente de a pie, en vez de por actores preparados. Son, en ese sentido, profundamente artísticos: modifican de inmediato la conciencia del público, que en este caso además desempeña el papel de artista. Supongo que unos y otros, viajeros y convocados, veloces y quietos, protagonistas y observadores, llegaron en Atocha a una interesante conclusión: todo comportamiento social, nos demos cuenta o no, es una coreografía. Por eso no hacer nada puede ser revolucionario.