2008-03-15
Imágenes, palabras e impostores
ANDRÉS NEUMAN



Casi todo el mundo ha visto (los madridistas con vergüenza, los culés con placer, los demás con asombro) cómo un actor italiano llamado Paolo Calabresi entraba al Bernabéu disfrazado (tampoco mucho) de la estrella de Hollywood Nicolas Cage, recibía toda clase de agasajos, posaba y conversaba con el presidente del club, era aplaudido, fotografiado, y se marchaba del estadio tan pancho, no sin antes saludar a Robinho después del partido. Para colmo el equipo acababa de perder. Con un equipo italiano.

Ingenuamente, los medios de comunicación se lanzaron a comparar los rostros de ambos hombres, Cage y Calabresi, discutiendo el parecido entre ambos para evaluar hasta qué punto el Real Madrid había hecho el ridículo confundiéndolos. Para mí el Madrid, que es mi equipo, hizo más el ridículo en el campo. Sus jugadores se creyeron más los engaños tácticos de sus rivales de la Roma, de lo que sus directivos se creyeron la pantomima del imitador italiano. Por rocambolesca que parezca, la trampa de Calabresi tiene una larga tradición literaria.

Los mismos diarios que habían dado la noticia de la visita de Cage al Bernabéu, más tarde se hicieron eco de la burla como si ellos no se la hubieran tragado también. ¿Acaso no tenían fotógrafos en el palco? Uno de esos periódicos publicó dos grandes fotos frente a frente, una de Calabresi y otra de Cage, invitando al lector a compararlas y comentando: «Una imagen vale más que mil palabras». Pero una imagen no siempre explica mejor las cosas que las palabras, y este es un ejemplo perfecto de la falsedad de dicho tópico. De nada sirven las fotos del imitador de Cage, las imágenes de su disfraz, porque en ellas no aparece lo más importante: el contexto previo y la predisposición de los otros. O sea, el sentido de la oportunidad del imitador (que, a sabiendas de que otros actores famosos habían visitado el estadio, preparó su aterrizaje con faxes, sellos y guardaespaldas) y la fe de sus anfitriones (que sabían que vendría Cage, que lo esperaban ansiosos, que habían preparado una camiseta con su nombre y deseaban utilizarlo). Sólo así se comprende la confusión. Y esa confusión tenía muy poco que ver con lo visual.

Viendo este divertido caso no he podido evitar acordarme de dos cuentos, uno de Ayala y otro de Borges. El de Ayala se titula ‘Los impostores’ y narra la historia de un pastelero portugués que se hace pasar por el rey Sebastián II, desaparecido tiempo atrás con su flota en Marruecos, y que casi logra convencer a la corte entera de que el monarca había vuelto. El relato de Borges, ‘El impostor inverosímil Tom Castro’, cuenta la historia de un hombre que, al leer en un diario el desesperado anuncio de una madre que ha perdido a su hijo en otro naufragio, decide hacerse pasar por él sin tener el menor parecido. El hijo de la pobre señora Tichborne era esbelto, de tez más bien morena, pelo lacio y rasgos finos, mientras Tom Castro es gordito, de cutis pecoso y cabello ensortijado. Lejos de juzgarlas un inconveniente, el impostor aprovecha esas diferencias para ganar credibilidad: nadie se atrevería a afirmar que es alguien a quien ni siquiera se parece, salvo si está diciendo la verdad. Un impostor, razona genialmente Borges, haría todo lo contrario: tratar de parecerse, emular a su modelo. Por eso alguien distinto puede levantar menos sospechas.

Tom Castro se presenta ante la señora Tichborne y, como no podía ser menos, es reconocido entre dramáticos abrazos. La voluntad de la ansiosa madre, su necesidad de creer que su hijo había vuelto, es mucho más fuerte que las evidencias ópticas. Igual que, como muestra Ayala, la necesidad de los pueblos por encontrar a su salvador, por reconocer a su Mesías, suele pesar más que la serena reflexión política. Ambos cuentos (sus palabras, no sus imágenes) explican por qué todos en el Real Madrid creyeron que Calabresi era Cage. La expectativa tiene una fuerza casi mítica, y es incluso capaz de resucitar a un muerto. Pensemos por ejemplo en Mariano Rajoy, que lleva años fingiendo que es el jefe del Partido Popular, y todo el mundo actúa como si le creyera, y nadie ha denunciado engaño alguno.