2008-01-19
Leer mañana (I)
ANDRÉS NEUMAN



Con ocasión de la salida al mercado del Kindle (artilugio de lectura de textos digitales que pasa por ser el ipod de los libros, y que viene a sumarse a invenciones similares como el Sony Reader o el Iliad) se ha refrescado el debate en torno al futuro de las editoriales y del libro mismo. En prensa, foros, revistas y radios los expertos de la cultura y la tecnología han reflexionado repitiendo más o menos lo mismo que venimos oyendo desde que se inventó Internet.

Personalmente, lo que más me preocupa no son los grandes cambios tecnológicos, sino la insufrible ola de nerviosismo apocalíptico que suelen provocar. Sospecho que además de Windows necesitamos mucho Lexatín. Ahora resulta que el libro impreso va a desaparecer, y las librerías tradicionales también, y por supuesto los editores, y por qué no los barcos, los semáforos y las ensaladas mixtas. La posmodernidad no ha conseguido acabar ni siquiera con la idea del ‘yo’. Pero es como si necesitáramos que algo, lo que sea, se acabe espectacularmente. O sentirnos testigos de alguna revolución que disimule nuestro aburrimiento. Y, como en lo político Occidente no parece dispuesto a inventar nada nuevo, hemos vuelto los ojos a la tecnología para soñar que nuestra vida cotidiana da un vuelco radical.

Pero no, qué le vamos a hacer: pienso que seguirá habiendo editores y desde luego libros impresos. Puede que a medio plazo los editores dividan su catálogo entre papel y digital, y que adopten estrategias diferentes en cada formato. Lo cual le sentaría muy bien a las librerías, que tendrían más espacio y tiempo para albergar los títulos impresos, que seguirían teniendo compradores. ¿Ha desaparecido acaso la industria de libretas y bolígrafos por culpa de la informática? Igual que conviven el cine como espacio físico y el dvd como formato doméstico, estoy convencido de que las librerías y el libro impreso convivirán con las editoriales online y los libros digitales.

A los catastrofistas y visionarios cabe recordarles lo evidente: a diferencia de los discos o las películas, cuyo disfrute siempre ha estado desposeído de contacto físico directo con su soporte (o sea: uno nunca ‘toca’ el disco que está escuchando ni la película que está viendo, lo cual facilita su digitalización), la lectura de un libro impreso conlleva además una experiencia física, elemental pero decisiva: uno sostiene, aprieta, anota el mismo objeto que lee, no deja de tocarlo ni un instante mientras lo está leyendo. Este detalle específico garantiza su pervivencia, cuando menos parcial.

Hay quien dice que el libro digital se impondrá al impreso porque así se ahorra papel. Pero una cosa es ahorrar papel, y otra que la civilización decida prescindir por completo de él. Además, el libro digital no nos evita caer en otras dependencias como la corriente eléctrica (¿se imaginan estar leyendo en cualquier parte y que nuestro libro se quede sin energía?) o como las baterías, que por cierto contaminan. Si a los fabricantes de verdad les interesa volverse ecológicos, deberían hacer solares todos los aparatos digitales que nos venden. Y con un gran poder de acumulación, para no dejarnos a medias.

¿Cómo serán en el futuro los editores? Nadie es adivino, aunque yo no me los imagino con antenas en las orejas ni con la cabeza verde. Quiero decir que, más allá de que parte de los lectores termine descargándose en sus aparatos algunos de los libros que lea, para mí los editores digitales serán bastante parecidos a los tradicionales. Un sello editorial, al menos uno bueno, procura darle identidad a su catálogo y constituirse en un cierto aval cualitativo ante la avalancha de lo cuantitativo, que por cierto va en aumento. Lo mismo harán los editores en el formato que sea. Por muchos recursos técnicos que se pongan a nuestro alcance, nuestro día seguirá teniendo 24 horas, y por eso seguiremos necesitando filtros, pautas, orientaciones de algún tipo dentro de la inmensidad cada vez más diversa de lo escrito. Y ahí es donde la personalidad de las editoriales, especialmente su compromiso con la calidad (las que lo tengan), continuará siendo imprescindible. Como es lógico, su futuro comportamiento comercial dependerá de las leyes concretas que se promulguen, sobre todo con respecto a Internet. Pero eso no afecta a la función primordial de los editores.

Y mejor seguimos la semana próxima. Tenía que descargarme la segunda parte del artículo, y no sé qué le pasa a este cacharro.