2003-08-30
El fundamentalismo occidental (matrimonio homosexual, y II)
ANDRÉS NEUMAN



Tal vez recuerden los pacientes lectores que, hace hoy un mes, firmé un artículo en este mismo espacio que expresaba mi profundo desacuerdo con las ‘Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales’, promovidas por la Congregación para la Doctrina de la Fe que preside el cardenal Ratzinger, y aprobadas por Juan Pablo II. Dos semanas más tarde, Jesús Blanco Zuloaga respondió con otro artículo que se proponía clarificar la intención de dichas ‘Consideraciones’, y que reclamaba argumentos lógicos en su contra. Confieso que esto último me llenó de estupor, pues yo tenía la idea de que si algo hacía aquel texto mío -se estuviera o no de acuerdo con él- era argumentar. Ahora, en vista de las dudas que parece haber dejado, he leído con suma atención el documento de la Congregación y me dispongo a comentarlo con mayor exactitud.

Tengo al señor Blanco Zuloaga por un opinador razonable y respetuoso. Pero su prudencia llega a tal extremo que, en su artículo titulado ‘Polémica sobre homosexualidad’, se declaraba << no especialista >> en la materia y, por tanto, incapacitado para hablar de la homosexualidad. Esta actitud sería un modelo de diplomacia, si no fuera porque de lo que se trataba era precisamente de abordar esa cuestión: ¿cómo se pueden juzgar los derechos civiles de un colectivo sin referirse a su naturaleza y costumbres? Deduzco que la Iglesia cuenta con verdaderos expertos en aborto, prostitución o eutanasia, pues sobre todo ello opinan y prescriben. De cualquier forma, la contradicción de fondo reside en que, al margen de la cautela de Blanco Zuloaga, el contenido de las ‘Consideraciones’ sí incluye rotundos juicios morales (y condenas) acerca de los homosexuales, que van mucho más allá de su derecho al matrimonio. Con lo que, para apoyar el documento o discrepar de él, resulta inevitable posicionarse con respecto a dichos juicios, implicarse por mucho que incomode.

No se trata de que la Iglesia no tenga derecho a opinar sobre cualquier tema, como me reprocha el señor Blanco Zuloaga. A mi modo de ver, el problema es que a veces se utiliza la propia libertad de expresión para menospreciar o marginar a determinados sectores de la sociedad. Las ‘Consideraciones’ son mucho más que opiniones: << Tienen también como fin iluminar la actividad de los políticos católicos, a quienes se indican las líneas de conducta coherentes con la conciencia cristiana... Si todos los fieles están obligados a oponerse al reconocimiento legal de las uniones homosexuales, los políticos católicos lo están en modo especial... En el caso de que en una asamblea legislativa se proponga un proyecto de ley a favor de su legalización, el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley >> (Introducción, I y IV, 10). Obligados, deber, votar en contra... Como se echa de ver, estamos ante una serie de instrucciones que interfieren de lleno en la vida política y en la autonomía de las leyes civiles, por no hablar de su cariz autoritario. Por supuesto que estas ‘Consideraciones’ no pueden, por sí solas, prohibir nada: estaría bueno. Pero lo evidente es que no las adorna la prudencia democrática que les atribuye, con su mejor intención, el señor Blanco Zuloaga. ¿Interfiero yo en los derechos de la Congregación? En absoluto: el documento se dirige << no solamente a los creyentes sino también a todas las personas comprometidas en la promoción y la defensa del bien común de la sociedad >> (Introducción, 1). Como, dentro de sus posibilidades, uno también se siente comprometido con la sociedad y el bien común, no veo nada extraño en debatirlo.

Afirma el documento que defender el derecho legal a las uniones no heterosexuales es tan sólo un << pretexto >> para << evitar la discriminación de quien convive con una persona del mismo sexo >> (II, 5). ¡Un pretexto! Pero veamos cómo queda claro desde un principio que el conflicto no empieza con esos matrimonios, sino con la propia existencia de las homosexualidad: << Se trata de un fenómeno moral y social inquietante, incluso en aquellos países donde no es relevante desde el punto de vista del ordenamiento jurídico >> (Introducción, I). No se argumente, entonces, que la cuestión se ciñe a la legalización de su amor. Qué quieren que les diga; si se trata de respetar al prójimo, honestamente encuentro muy poco respeto en sostener que << los hombres y mujeres con tendencias homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza >> (¿compasión, por qué?) para rematar, en un alarde paradojal nada delicado, que << tales personas están llamadas a vivir la castidad >> pues << la inclinación homosexual es objetivamente desordenada >> (I, 4). Prefiero no extenderme en el concepto que la Iglesia tiene de la objetividad.

Se queda uno de piedra ante lo que algunos entienden por discreción y prudencia: << es útil hacer intervenciones discretas y prudentes, cuyo contenido podría ser el siguiente: desenmascarar el uso instrumental o ideológico que se puede hacer de esa tolerancia; afirmar claramente el carácter inmoral de este tipo de uniones; recordar al Estado la necesidad de contener el fenómeno dentro de límites que no pongan en peligro el tejido de la moralidad pública >> (II, 5). Cualquiera pensaría que hablamos de una epidemia, un incendio o una ola de crímenes. ¡Menos mal que sus señorías no han propuesto intervenciones contundentes! Las ‘Consideraciones’ recomiendan que las nuevas generaciones no estén demasiado expuestas a realidad de las uniones homosexuales, por temor al contagio: << contribuiría a la difusión del fenómeno mismo (II, 5) >>. Por lo visto, la Congregación teme que quienes somos heterosexuales, lo seamos por desinformación.

Pasemos ahora al matrimonio: << Ninguna ideología puede cancelar del espíritu humano la certeza de que el matrimonio existe únicamente entre dos personas de sexo opuesto... para colaborar con Dios en la generación y educación de nuevas vidas >> (I, 2). ¿Llegará el día en que la Iglesia comprenda que no propugna una verdad única y objetiva, sino otra ideología tan respetable como otras? Por lo demás, hace siglos que la humanidad ha comprendido que la civilización suele avanzar en sentido contrario a los instintos naturales: si no fuera así, seguiríamos viviendo según la ley darwiniana del más fuerte, habitaríamos en cuevas, los hombres cazaríamos para procurarnos el sustento, la mujer sería una criatura paridora, la medicina no tendría razón de ser y, desde luego, no leeríamos ni escribiríamos artículos de opinión. Si algo tiene de noble y fascinante la moral es que se la construye poco a poco, pues es un trabajo tanto espiritual como social, individual y colectivo. Por eso insistir en que << las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral natural >> y en que << no pueden recibir aprobación en ningún caso >> (I, 4) es de por sí flagrantemente anacrónico. Pero, además, si de verdad el matrimonio tiene como objetivo principal << asegurar la procreación y la supervivencia de la especie >> (III, 7), no entiendo cómo la Iglesia tolera a las parejas sin hijos y a las personas estériles o impotentes. ¿Son todos ellos moralmente antinaturales y constituyen un peligro para la sociedad?

Blanco Zuloaga argüía que se puede garantizar los derechos de los homosexuales sin necesidad de concederles la posibilidad de casarse, << igual que se me garantizan a mí y a todos los demás hombres y mujeres que no hemos creado una familia para engendrar hijos >>. Mi estimado señor, hay una diferencia esencial entre su caso y el que nos ocupa: a usted nadie le prohibía casarse, y ha decidido libremente su condición de célibe. Por otra parte, la Congregación estima que << en las uniones homosexuales está completamente ausente la dimensión conyugal >> (III, 7); presumo que no han observado nunca a una pareja estable de estas características mientras pasea, cena o está en casa como cualquier otra. Consulto el diccionario de la Academia y resulta que, en efecto, considera cónyuges sólo a un hombre y una mujer. Extrañado, recurro a las raíces y compruebo que en latín ‘coniugatio’ significa ‘alianza’, ‘unión’, ‘mezcla’, pero no se menciona el género de los cónyuges. ¿Qué ha sucedido en el camino? Claro que en Grecia y en Roma las costumbres (las ‘mores’) eran otras: por eso la moral nunca será natural, sino cultural. Eso no significa que no existen el bien y el mal; sino que el concepto de éstos va cambiando con las sociedades, por mucho que algunos pretendan situarse fuera de la historia.

Hablando de evolución histórica: si es cierto que << el hombre y la mujer son iguales en cuanto personas >> (I, 3), ¿cuándo podremos ver a una mujer al frente de la Santa Sede? Se hace difícil creer en ciertas buenas intenciones cuando comprobamos las discriminaciones que la Iglesia (pero no sólo la Iglesia, sino parte de nuestra sociedad) continúa estimulando. Aunque no sé de qué me extraño: contigua al artículo del señor Blanco Zuloaga, había una cita de las escrituras recordándoles a las mujeres << que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia >> (Efesios 5, 21-32). Puedo imaginarme lo que piensa de estos valores pretendidamente eternos cualquier joven lectora del periódico.

Hay también una última cuestión: la adopción de niños por parte de las parejas no convencionales. Citemos nuevamente las ‘Consideraciones’: << Como desmuestra la experiencia, la ausencia de la bipolaridad sexual crea obstáculos al desarrollo normal de los niños eventualmente integrados en estas uniones >> (III, 7). No sé cuál será esa experiencia, pero la mía me indica que he conocido a hijos de madre soltera que llevan una vida tan normal como feliz. También he visto padres femeninos y a madres masculinas educando perfectamente a sus hijos, cosa que en mi opinión pueden hacer las parejas homosexuales: la citada bipolaridad depende de asuntos más complejos que el género sexual. Creo que una buena educación depende de la profundidad del amor, de la comprensión o de la transmisión de valores éticos. Por lo demás, si la bipolaridad sexual fuera imprescindible, entonces las personas viudas que no han vuelto a casarse cometerían un grave pecado contra la educación de sus hijos. La Congregación sostiene que la adopción por parte de una pareja homosexual es una práctica << gravemente inmoral >> (III, 7) y que está en contradicción con los Derechos del Niño recogidos por la ONU. Al margen de que la Iglesia no acostumbra defender los mismos postulados que la ONU, me gustaría puntualizar que, en virtud de esos derechos, los niños que esperan en un hospicio estarían mejor en manos de cualquier pareja que los quiera, les dé un hogar y los cuide.

Dicho lo cual, dejo las ‘Consideraciones’ y regreso al siglo XXI. O por lo menos al XX: el siglo de Federico García Lorca, nuestro poeta. Pues, como bien él dijo en uno de sus sonetos amorosos, << Tú nunca entenderás lo que te quiero... Pero sigue durmiendo, vida mía... ¡Mira que nos acechan todavía! >>