2007-11-24
Chávez, el rey y Carver (y II)
ANDRÉS NEUMAN



Este episodio, que lleva toda la semana engordando gracias a las bravuconadas demagógicas de Chávez y a la indignación de sus detractores, no ha hecho más que escenificar la hipocresía de ambas partes: una, la supuestamente revolucionaria y defensora del pueblo oprimido; y otra, la teóricamente respetuosa y democrática ante todo. Sus reacciones posteriores han venido a confirmar lo peor de cada una.

De un lado, resulta asombrosa la desfachatez de Chávez al quejarse de la prepotencia ajena y hablar en nombre de la ofendida soberanía popular venezolana, teniendo en cuenta que hablamos del mismo individuo que intenta modificar la constitución de su país para perpetuarse, que cierra canales de televisión o prohíbe conciertos de músicos que no simpatizan con su causa. El mismo que hace quince años, en su calidad de teniente coronel, encabezó una sublevación militar contra un Gobierno que, más allá de su criticable gestión, había sido elegido en esas urnas que ahora Chávez invoca como su aval sagrado. Por todo ello y más, Chávez no tiene derecho moral a señalar públicamente la arrogancia de nadie.

Ahora bien, del otro lado el cinismo tampoco se queda corto. Y no sólo porque nadie del anterior Gobierno haya salido a demostrar que es mentira que España colaborase con el intento de golpe de Estado a Chávez (costumbre en efecto propia de países imperialistas como Estados Unidos, que hace tres décadas financió las dictaduras de media Latinoamérica). Sino también por los peregrinos argumentos que han ofrecido mayoritariamente nuestros políticos y medios de comunicación para defenderse de las críticas de Chávez. Uno va estando harto de escuchar que la inversión de empresas extranjeras es siempre beneficiosa para los países más pobres, y que contribuye necesariamente a su progreso. Me parece indignante que lo que no es más que un (legítimo y comprensible) negocio, nos sea presentado como un acto de colaboración y hasta de solidaridad con los países hermanos. Naturalmente, cuando una empresa pública se privatiza es porque los gobernantes de turno así lo deciden, nada que objetar. Pero de ahí a pensar que eso siempre mejora el nivel de vida de los ciudadanos, ya media un trecho interesado. Una privatización, lo mismo que una nacionalización, puede salir bien o mal, ser adecuada o no. En muchos países de Latinoamérica las privatizaciones se consumaron a precio de ganga, sin transparencia ni límites tarifarios asumibles para la mayoría de la población. Y de eso fueron responsables los políticos locales, pero también los oportunistas inversores extranjeros que vieron la ocasión de pegar un pelotazo que en Europa no les consentirían. Por eso, si de verdad nos preocupan los países hermanos, no podemos limitarnos a la simpleza de si Chávez u Ortega se han metido más o menos con Unión Fenosa.

Precisamente ahí radica la segunda gran tontería o hipocresía en lo que a nuestro lado se refiere. Hemos escuchado una y otra vez decir que los presidentes de Venezuela y Nicaragua han «atacado a España» y han hecho «declaraciones antiespañolas» por criticar a determinadas empresas españolas que operan en sus países. Válgame el Cid, ¿qué tendrá que ver eso con atacar a España? ¿Estamos los españoles obligados a ofendernos si mañana alguien insulta, es un decir, a Telefónica, Iberia o Sevillana? ¿Acaso no lo hacemos nosotros mismos? ¿Estamos siendo antiespañoles, traicionamos a la patria cuando nos quejamos de su trato? Muchas veces los políticos y los medios de comunicación hablan por boca del capital (no del nuestro, del suyo) y nosotros nos dejamos utilizar repitiendo sus argumentos interesados. ¿De verdad nos creemos estas majaderías?

Y ya que estamos: ¿de verdad seguiremos pensando que el rey salió a defender a Aznar, como este mismo interpretó? Si uno repasa la secuencia, parece evidente que don Juan Carlos se impacienta porque Chávez no deja de vociferar e interrumpir a Zapatero, que era a quien le correspondía el turno de palabra. Claro que Aznar ya es experto en interpretar la realidad como le conviene. Si lo hizo con las armas de destrucción masiva, la guerra de Irak o el 11-M, ¿cómo no iba a hacerlo ahora? Lo curioso es que, desde que dejó su cargo (cosa que, admitámoslo, Chávez no hará nunca), Aznar lleva tres años y medio despreciando en público al actual Gobierno democrático de España, sin que nadie lo haya llamado antiespañol. Si Bush criticase a Zapatero en alguna cumbre, ¿tomaría Aznar la palabra para defenderlo?

Chávez se equivocó al intentar imponer su mala educación en una reunión civilizada. El rey metió la pata mandando callar a un presidente soberano y después abandonando imperialmente la sala. Y pienso que Zapatero, otras veces tan desacertado en diplomacia internacional, en esta ocasión fue el único que supo estar en su sitio: educado y discreto, pero firme. Discretamente firme, como los cuentos de Carver. Claro que la política tiene mucho más cuento que la literatura. Y bastante peor estilo.