2007-11-17
Chávez, el rey y Carver (I)
ANDRÉS NEUMAN



Cuando nuestro monarca le pidió al parlanchín bolivariano que guardase silencio, me acordé del magnífico primer libro de cuentos de Raymond Carver: ‘¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?’ Y no sólo por el título, sino por la manera que tenía Carver de plantear los diálogos: las escenas más banales en realidad estaban cargadas de sobreentendidos, y era siempre mucho más lo que quería decirse que lo que se decía. Aunque definitivamente Chávez no pertenece a la estética anglosajona, la breve y sencilla anécdota que tuvo lugar en la cumbre iberoamericana me pareció tan sugestiva como un cuento político de Carver.

Lo que estaba flotando por encima de los asientos y más allá de los micrófonos no era un mero problema de turnos de palabra, ni tenía que ver con el supuesto asunto de la discusión: a saber, la (indudable) legitimidad de Aznar como presidente democrático, o las normas de respeto en un alto debate internacional entre líderes políticos. El trasfondo era distinto, mucho más complejo. En primer lugar estaban en liza las relaciones históricas entre España y Latinoamérica, las de antes y las de ahora. En segundo lugar se jugaba el sentido institucional y político que una figura como el rey Juan Carlos puede tener hoy para los países de Latinoamérica, todos ellos repúblicas, que por cierto se independizaron de la corona española hace dos siglos. Y en tercer lugar, claro, lo que estaba en discusión eran las respectivas políticas de Chávez y Zapatero, una por sus dudosas maneras democráticas, la otra precisamente por su delicada equidistancia ante el Gobierno venezolano.

Mis simpatías hacia Chávez son muy pocas. Sin embargo no soy de los que piensan que se trata de una figura absurda, porque dicha opinión sólo puede sostenerse desde una Europa opulenta que no quiere comprender la situación crítica de países como Venezuela, venidos del clasismo más salvaje y con un aterradora concentración de la riqueza en manos de unos pocos. En un país tradicionalmente privatizado y sin apenas clase media, un Estado que quiera reducir la pobreza masiva no tiene más remedio que volverse más controlador y proteccionista de lo que se acostumbra en Europa. Eso mismo está intentado Evo Morales, presidente de unos de los países más empobrecidos del mundo, con las consiguientes críticas de los liberales bienpensantes. Ahora bien, esta necesidad real no justifica en absoluto los procedimientos autoritarios ni las vergonzantes censuras en las que cae Chávez cada vez con más frecuencia. Digamos que Chávez (como Castro), viendo que en su país hacían verdadera falta determinadas medidas de fortalecimiento estatal, ha aprovechado la coyuntura para reforzarse a sí mismo, perseguir a la oposición y perpetuarse cuanto pueda. Tal como evidenció la discusión del otro día, Chávez está demasiado acostumbrado a gritar, interrumpir y no escuchar las palabras que discrepan de las suyas. Admitido lo cual, no estaría de más hacerse algunas otras reflexiones.

Personalmente, me asombra que toda España se haya puesto de acuerdo para criticar la maleducada actitud de Chávez y disculpar o aplaudir el exabrupto de nuestro monarca, evitando ir al fondo de la cuestión que, en malos términos, planteó el parlanchín bolivariano: ¿participó la diplomacia española de Aznar en el fallido intento de golpe de Estado en Venezuela?, ¿sí o no? ¿Y cuál fue por entonces la actitud de la Casa Real, siempre cercana a los países latinoamericanos? No sé por qué demonios no hemos dado una respuesta civilizada a esta pregunta. Otro problema que este roce ha puesto de manifiesto es el difícil anacronismo que, nos pongamos como nos pongamos, supone hoy en día una monarquía para el sistema representativo internacional: en España apreciamos mucho a Don Juan Carlos y todo eso, pero lo cierto es que la otra mitad del planeta se sorprende de que un rey tenga tanto peso político, de que se siente a debatir junto a nuestro presidente electo, y que mande callar a otro presidente electo de un país soberano. Quien no comprenda que para muchos latinoamericanos la actitud del rey pudo tener cierta resonancia colonial («regañar» fue el verbo paternal que emplearon algunos medios españoles para definirla), no se entera o no quiere enterarse de la historia de España. Esa misma que tanto reivindica Aznar, que para mí fue un presidente tan legítimo como nefasto. Hablando de eso, sería interesante preguntarse cómo el príncipe Rajoy (que fue nombrado heredero de su partido a dedo, sin votación interna) puede atreverse a hablar de las «amistades peligrosas» del Gobierno, habiendo sido él mismo vicepresidente de un Ejecutivo que le lamió las suelas al peligrosísimo Bush, corrió a reunirse a las Azores y se plegó a una guerra contra la que casi todo el mundo estaba en desacuerdo, con las trágicas consecuencias que será de buen gusto no recordar aquí. En fin, relajémonos. Y seguiremos debatiendo (sin gritarle a nadie) la próxima semana.