2007-11-03
El trío del espanto
ANDRÉS NEUMAN



Muchos pensamos que el verdadero protagonista de la espantosa escena de la patada en el tren de Barcelona, el personaje completo, no es el animal infradotado que cometió la agresión, ni la desvalida muchacha ecuatoriana que la sufrió humillantemente. La figura del suceso es el tercero en discordia: el otro joven que mira, calla y se abstiene. A ese tercer personaje, discreto y en apariencia pasivo, le tocó en realidad desempeñar el papel de los otros dos. Por un lado, como ella, tuvo que soportar en silencio la violencia de un inadaptado. Y, por otro lado, el atemorizado testigo también contribuyó a la impunidad del agresor, desamparando a la víctima tanto como si hubiera estado de acuerdo con él. Lo trágico es que no lo estaba en absoluto. Al contrario. No solamente le señaló a la chica, una vez que la bestia se hubo largado, la presencia de una cámara en el vagón. Sino que, para colmo, ese muchacho era argentino. O sea, extranjero y latinoamericano como la víctima. A saber si legal. Y no precisamente rubio de ojos azules.

La pequeña tragedia que vivieron ambos, la inocente agredida ecuatoriana y el asustado testigo argentino, resume muchas otras situaciones de injusticia. Desde casos de acoso o discriminación hasta tantos episodios de violencia de género, en los que una mujer es impunemente maltratada ante la pasividad o la duda de todos, empezando por su propia quietud. La comparación con la violencia machista me parece oportuna, porque algo de eso, de ataque sexista y no sólo xenófobo, creo que hubo en la escena. El agresor la pateó y le gritó «inmigrante de mierda». Pero también la abofeteó como un machito de toda la vida, la llamó «zorra» y le manoseó un pecho. O sea, el repertorio clásico. Si al animal le hubiera dado por agredir al chico argentino, ¿le habría pellizcado la entrepierna? He leído que el tal Sergi está en paro y que proviene de una familia desestructurada, con escasos afectos y recursos económicos. Eso no justifica la brutalidad imperdonable del agresor, aunque le da complejidad humana a su papel. Los inadaptados no salen de la nada. ¿Son entonces los tres víctimas sociales? En cierto sentido. Ahora bien, sin disculpas: de los tres personajes del vagón, el único que hizo víctimas a los otros dos es él.

¿Hicieron bien los medios en reproducir y comentar la paliza? Hay quien opina que se le ha dado demasiada publicidad al energúmeno, que se ha hecho famoso a su manera. Con ese mismo criterio, la imagen de las torres gemelas cayendo una y otra vez habría sido una irresistible invitación a continuar derribando rascacielos. Por no hablar de los bombardeos, las hambrunas o los incendios forestales provocados. Para mí la cuestión es sencilla: o estamos o no estamos en el mundo. O entendemos la información como método de conocimiento de la realidad, o hacemos de cuenta que los conflictos no existen, que determinados acontecimientos graves no resultan lo suficientemente ejemplares como para mostrarlos. Por supuesto, una cosa es informar, y otra convertir el dolor en espectáculo gratuito. Pero, en este caso, la paliza en el tren era un ejemplo conciso de una cruda verdad cotidiana, de la parte más xenófoba y sexista de nuestra realidad nacional. Para mí las imágenes nos sirven de advertencia, esto es lo que tenemos: inmigrantes precarios o asustados, ciertos prejuicios peligrosos, y algunos jóvenes de pura cepa mucho más inclinados a delinquir que un extranjero sospechoso.

Por eso para mí ese vídeo sólo puede ser aleccionador. Salvo que los espectadores seamos completamente imbéciles. Y cómplices. Que eso ya lo somos también cuando no miramos. Y por eso, decía, el tercer hombre es el auténtico personaje de esta triste escena. Porque estuvo y no estuvo. Porque pasó mucho miedo, tanto como la chica, aunque salió del vagón ileso, igual que el agresor. Porque seguramente se sintió humillado y a la vez culpable. Porque fue, al mismo tiempo, cómplice del agresor y de la víctima. Igual que todos nosotros, que nos apiadamos de ella, pero no solemos denunciar casos parecidos ni reaccionamos manifestándonos en masa. O como la ley misma, que defendió a la inocente protegiendo al culpable.