2007-10-20
Anorexia moral
ANDRÉS NEUMAN



Entiendo el rechazo que ha generado en media Europa la reciente campaña publicitaria de una marca italiana de ropa, que incluía una estremecedora foto de una chica anoréxica desnuda. Puedo imaginar lo duro e incluso indignante que debe de resultar contemplar esos inmensos carteles para los cientos de miles de personas directa o indirectamente afectadas por la anorexia, ese paradójico mal de nuestro sobrealimentado Occidente. Muchas se habrán sentido expuestas, señaladas o utilizadas. Otras muchas, sencillamente, habrán sentido una instintiva repulsión ante la imagen. Al lanzarse la campaña, hubo ciudadanos y colectivos que pidieron la inmediata retirada de la foto. Entiendo todas estas reacciones, por supuesto, pero no las comparto en absoluto.

Sé que el autor de la idea, Oliviero Toscani, es un reincidente de las polémicas y que hace algunos años recurrió a imágenes terribles como las de unos condenados a muerte o un enfermo terminal de sida para los anuncios de otra famosísima marca. Pero, en mi opinión, no siempre ha habido en esas fotografías de Toscani una correspondencia entre la imagen elegida y el producto publicitado como la que sí encuentro en este caso: al fin y al cabo, hablamos de una línea de ropa y de una joven destruida por el adelgazamiento extremo. Además, el propio nombre de la marca italiana (viene a cuento nombrarla) tiene connotaciones que refuerzan la asociación entre juventud, mujer, ropa y anorexia: ‘No-l-ita’, nombre que a mí me parece un juego verbal con ‘Lolita’, incluida aquella separación en sílabas que tan célebre hizo Nabokov al comienzo de su magistral novela. Superado el impacto, y mirando con serenidad la foto, lo que yo leo en ella es una posible propuesta de moda que se oponga a la anorexia que padecen muchas jóvenes en edad de ser (o parecer) Lolitas.

En nuestra sociedad cada vez más obligatoriamente correcta, se está volviendo demasiado frecuente la confusión entre las imágenes y las apologías. Es decir, la igualación apresurada entre lo que se muestra (en una película, una foto, una noticia, un anuncio) y una supuesta defensa de lo mostrado. En mi opinión, lo que conviene plantearse no es qué se ve en una imagen, sino qué tipo de reflexiones sugiere, qué connotaciones tiene lo que estamos viendo. De lo contrario, la ética pública perfecta consistiría en ocultar cínicamente todo aquello que nos moleste, desagrade o conflictúe. Solemos tolerar numerosas campañas, mensajes o imágenes con sentidos verdaderamente atroces, sólo porque su forma, su presentación nos parecen decentes. Porque, sugieran lo que sugieran, no nos chocan demasiado. Esta actitud nuestra está mucho más cerca de la hipocresía que del respeto al prójimo. No nos hacemos cargo de los efectos de las cosas que nos parecen bellas, pero ponemos el grito en el cielo en cuanto algo nos desagrada, aunque contenga una idea interesante. Creo que ese es el marco desde el que convendría discutir la pertinencia de la foto de Toscani.

No nos ofenden tanto los maniquíes escuálidos de los escaparates junto a los que pasamos todos los días en cada calle, ni las portadas clasistas, falsas y muchas veces casi anoréxicas de esas revistas que compramos. Hemos pasado décadas sin cuestionar oficialmente las tallas de la ropa (que sólo ahora empezarán a regularse), los cuerpos de los anuncios ni el aspecto de las modelos en las pasarelas. En ese contexto de apatía y anorexia camuflada, creo que la foto de Toscani (por cruda que nos resulte) puede ser útil en su manera de devolvernos a la alerta, al ojo crítico, a un drama real que tantas veces maquilla o esconde esa belleza que admiramos.