2007-09-15
Mudanza de las mudanzas
Mudanza de las mudanzas
Andrés Neuman

Hoy entendemos por 'mudanza' casi exclusivamente el engorroso acto de empaquetar nuestros demasiados objetos personales en cien cajas de cartón, llamar a un camión enorme y cruzar los dedos para que no ocurra nada. Antiguamente, sin embargo, era frecuente una acepción distinta de la mudanza que, además, sigue siendo válida para describir las consecuencias profundas de un traslado de vivienda.

«Todo lo mudará la edad ligera», escribió Garcilaso, «por no hacer mudanza en su costumbre». Igual que las serpientes mudan de piel simplemente porque existen, el tiempo va añadiendo (o mejor dicho despojando) las capas de nuestra realidad, que por un lado parece crecer y por otro parece volverse cada vez más pequeña, más concreta. Es la cebolla de nuestra conciencia. Y en ese despojarse, en ese ir perdiendo capas, años y costumbres, las mudanzas de casa juegan también un papel metafórico. Al trasladar sus cosas, quien cambia de ciudad, vivienda o cónyuge asiste casi sin querer a la otra mudanza, la invisible, la suya. Nadie conserva siempre las mismas pertenencias, ni les otorga un orden idéntico, ni decora dos veces su hogar de la misma manera. Puede decirse que mudarse es una forma involuntaria de autorretrato.

Cuando vivía en casa de mis padres mi habitación era pequeña y mi estrategia, la de la fiera en su guarida: cuantas más cosas acumulase en ella, más guarecido me sentía. Para un adolescente, su cuarto es o debe ser el resumen de su mundo. Por eso los posters, discos, libros, fetiches y aparatos se acumulan como guardaespaldas y también como principios. Cuando me mudé a mi primera casa, decidí que tendría menos cosas y más colores que antes. Mi tendencia un poco trágica a los tonos oscuros se transformó en la búsqueda de la pared alegre y hasta exhibicionista: esta es mi casa, parecían decir mis cosas, y aquí su inquilino se lo pasa muy bien solo. Aquel apartamento pequeño y recogido estaba lleno de muebles con personalidad e incluso de anticuario. El dormitorio tenía una mitad de color rojo lacre, la cocina una mitad verde manzana, y el escritorio una mitad azul cielo. En cada ambiente había menos objetos y más orden que en la habitación de la casa paterna, aunque -sin yo saberlo entonces- persistía en mí la necesidad de dejar huella, constancia de quién habitaba.

Ahora que he afrontado la siguiente mudanza, me doy cuenta de que en mi nueva vivienda he buscado gamas claras, paredes luminosas y desnudas: como quien vive entre páginas en blanco, no entre apretadas novelas ya escritas. He atiborrado de libros el espacioso salón, a cambio de no ver ni un solo estante en el resto de la casa. Tan sólo un leve cuadro (una foto de una rama) cuelga en toda la casa. He evitado los colores intensos en el escritorio, donde el flamante protagonista no soy yo sino la luz de la ventana, mientras que el dormitorio es de una desnudez que algunos amigos han encontrado excesiva, casi aséptica (¿estaré perdiendo facultades?) Lo curioso es que, lejos de provocarme apatía o indiferencia, este entorno neutral me estimula, me anima. Su aérea sensación de vacío actúa como una invitación a completarlo, a ejercer la libertad de maniobra. El nuevo mobiliario es esbelto, ligero, deliciosamente discreto: se interpone lo menos posible entre la vida y yo.

Así que, según parece, el tiempo ha vuelto (como suele) a hacer mudanza en mis costumbres. En estas últimas semanas he tirado tantas cosas, he descartado tantos talismanes, he reciclado tal cantidad de papeles, que mi reino está vacío: ahora es infinito. ¿Cuanto más invisible es una casa, más carnales serán sus huéspedes? No sé qué opinaría Garcilaso.