2007-09-01
Umbral, domador y buzo
Umbral, domador y buzo
Andrés Neuman

Ahora que se ha ido, me gustaría hacerle a Umbral un retrato umbralesco, un epitafio digno del maestro arbitrario que supo ser.

Estaremos casi todos de acuerdo en que la maestría de Paco Umbral no fue la narración, ni tal o cual género, sino la escritura misma. Umbral hacía en todas partes, y especialmente en los periódicos, lo que todo poeta suele hacer: escribir para escribir, hablar para entender qué quería decirse. En el léxico improvisado de Umbral, en su sintaxis abrupta, se reconoce el tanteo de quien no necesita más motivo que el propio gozo de estar escribiendo. Pero no era Umbral un poeta puro. Al contrario: junto con su don lúdico, con ese gesto vanguardista del porque sí, estaba su otra cara (que a mí me interesaba menos) de defensor de intereses políticos. Los cuales solían coincidir con los de sus amigos, jefes o benefactores. Frente a los artículos de Umbral, sobre todo en sus últimas décadas, nunca dejé de experimentar una mezcla de irritación y asombro, de admiración por su pulso de artista y extrañeza por sus pulsiones de poder. Su tono era de bella insolencia, de opinión visceral. Y, sin embargo, el Umbral maduro rara vez dejó de complacer ideológicamente a sus lectores diarios. Como si la auténtica rebeldía de Umbral hubiera estado más en la mueca que en el fondo, más en la audacia del estilo que en el atrevimiento de las ideas. Pero él, para mí, fue sobre todo un domador de palabras, un hipnotizador de imágenes. Y en ese terreno no habrá nunca quien le arrebate su cetro.

Una de las múltiples cualidades del Umbral prosista (aunque su formación, y eso lo explica todo, fue en el verso) es la intuición. Umbral manejó como nadie el capricho, la torsión al mirar. Por eso fue también un magnífico retratista. Alérgico a la crónica ortodoxa, jamás buscó la foto carnet ni el plano de cuerpo entero. Umbral se comportaba como un pintor expresionista, eligiendo el mejor ángulo para deformar y a la vez profundizar en el ánimo del personaje retratado. Su forma predilecta de tomar partido no era dar su opinión en primera persona: prefería desviarla, hábil y aviesamente, hacia sus descripciones en tercera. En eso sus lectores teníamos fortuna: daba igual si se trataba de una loa a Aznar o un retrato de Giorgio de Chirico, de una semblanza de Lorca o una reverencia al Rey. En todas sus aproximaciones había algo de estética, una chispa en el ojo que inventaba placeres. Recuerdo por ejemplo un par de apuntes suyos sobre César Vallejo, en la formidable serie que durante un tiempo publicó en El Cultural. «Vallejo», observó Umbral, «escribe como un niño que escribiera como un hombre». Ese juego de tonos y espejos condensa, como al pasar, los secretos de Vallejo y de la escritura misma. «Vallejo», remataba Umbral en aquel artículo, «escribía con tiza». ¿Hay manera más precisa e inspirada de resumir la ternura, el balbuceo, la conmovedora humildad del gran poeta peruano?

Lo mejor de Umbral es que supo mirar a través de los artistas que quería, recrear su actitud, ser artista con ellos. Eso sólo lo supieron hacer en España dos colosos de la literatura en prensa: Larra y Gómez de la Serna. Con ambos maestros se entendió Umbral, y a ambos les dedicó interesantísimos ensayos (‘Larra, anatomía de un dandy’ y ‘Ramón y las vanguardias’) que tienen tanto de exploración crítica como de autorretrato encubierto. Sin duda Larra lo aventajó en agudeza analítica, aunque ni siquiera el más grande periodista español de todos los tiempos alcanzó la sintética plasticidad de Umbral. Para hacerse una idea del calibre de su estilo, cabe pensar en Ramón (cuyo sentido del humor no tuvo el adusto Umbral) o Valle-Inclán (cuyo talento para construir personajes fue casi lo único que dejó de heredar). Umbral no estudió: absorbió. No hizo historia de la literatura: se fabricó artesanalmente una genealogía para su voz. Es lo que han hecho siempre los buzos del idioma. Y por ello siempre lo recordaremos.