2007-08-11
Aventuras de un sedentario
Aventuras de un sedentario
Andrés Neuman

Estas son épocas de montarse en trenes, soportar caravanas, traspasar fronteras y aguardar impaciente en salas de embarque. Hasta el siglo XIX, la mayor aventura de viajar estribaba en el hecho mismo de moverse, en las peripecias del transporte. El siglo XX, con sus coches cada día más rápidos y sus aviones populares, creó la momentánea ficción de que moverse era lo de menos, de que el viaje empezaba una vez llegados a destino. De un tiempo a esta parte, sin embargo, en plena era de la movilidad instantánea, hemos vuelto a tomar consciencia del trabajo que cuesta desplazarse: caos aeroportuarios, compañías fantasma, autopistas mortales, reservas canceladas. El mundo es un pañuelo, dicen. Pero todo el mundo sabe que un pañuelo sirve para secar las lágrimas o el sudor de la frente. Si antiguamente viajar era complicado por falta de demanda e infraestructuras, hoy la clase media se disfraza de safari y provoca atascos en el desierto.

Suele creerse que la nostalgia es el ánimo de los que se van, de quienes recuerdan un lugar del que se alejan. Pienso que la nostalgia es todo lo contrario, y tiende a oponerse a la movilidad: cuando se viaja no hay tiempo para grandes ejercicios de memoria. Los ojos están llenos. Los músculos, cansados. Y apenas quedan fuerzas ni atención para otra cosa que no sea seguir moviéndose. Hacer una maleta no nos hace conscientes de los cambios: más bien nos obliga a postergar el pasado, a convertir el presente en una ligera inquietud por el porvenir inmediato. El tiempo resbala por la piel nerviosa del viajero. Tras una larga travesía (como si la abundancia de paisajes provocara una sutil amnesia) es habitual pensar: ¿ya está?, ¿esto ha sido todo?, ¿dónde he estado realmente?

Para el sedentario, en cambio, el tiempo pasa lento y deja huella. Una huella como de caracol cansando recorriendo las hojas de nuestro calendario. El sedentario suele ser un individuo reflexivo, sereno y algo triste. No viajar es la mejor manera de quedarse sumido en largas cavilaciones, haciendo balances, sintiendo el peso del reloj. La quietud es el motor central del recuerdo. Por eso la nostalgia recae sobre todo en la perplejidad del que se queda. No hay nada que nos deje tan pensativos como acudir a una estación a despedir a otro, como quedarse viendo un tren o un autobús haciéndose pequeño hasta desaparecer. Es al dar media vuelta y volver a nuestras costumbres cuando contemplamos los lugares de siempre con mayor extrañeza. Las calles no parecen las mismas y nuestro hogar es una duda.

Los problemas del descanso, los avatares del individuo sedentario, son mucho más complejos que las evidentes peripecias del viajero. Lo mismo ocurre con la quietud del ocio, que puede llegar a ser más extraña e incierta que toda una agitada temporada laboral. De septiembre a julio, la existencia de millones de personas consiste en disgustarse por el poco tiempo libre y apretar los dientes hasta el fin de semana. Los horarios nos encadenan, pero también nos salvan de nosotros mismos. Ahora, por ejemplo, miro a mi alrededor y veo paredes calientes, ropa desordenada y un ventilador agónico. Sé que, en el fondo de sus mentes, en este mismo instante muchos están pensando: socorro, estoy de vacaciones. Adictos al trabajo, opositores perennes, estudiantes desposeídos de su rutina sienten culpa, la inconfesable culpa de estar descansando.

Tal vez el mejor diario de viaje, el más fascinante de todos, sería el de alguien que no viajara nunca y viviese imaginando sus posibles movimientos. Frente a una ventana parecida a un andén, oyendo el silbato de las cigarras, su autor levantaría la cabeza, contemplaría el cielo lejano y sentiría el vértigo del horizonte. Sin levantarse de su asiento, con deliciosa pereza, comenzaría entonces a escribir sus aventuras: las infinitas andazas del viajero estático. Quizás un narrador sea precisamente eso.