2003-08-02
El fundamentalismo occidental (matrimonio homosexual, I)
ANDRÉS NEUMAN



Ya tenemos otra vez al Vaticano pretendiendo intervenir directamente en la vida política de los países occidentales. La Santa Sede les ha sugerido que legislen contra los homosexuales, de manera que éstos no tengan derecho a construir una pareja ni a adoptar un niño. La opción más decorosa que los prelados les ofrecen a los homosexuales es aceptar que su conducta es moralmente desviada, que constituye un pernicioso ejemplo para la sociedad, que atenta contra la ley natural y que, por tanto, lo mejor para ellos sería guardar silencio y castidad perpetua.

Creencias personales al margen, lo enojoso es que hoy la Iglesia se sienta autorizada a seguir influyendo en las leyes, las investigaciones científicas, las costumbres públicas y hasta los lazos conyugales de muchos estados que son aconfesionales por constitución, y que están habitados y sostenidos por muchos ciudadanos que no son creyentes. Y por otros muchos que, no lo olvidemos, sí profesan una fe pero no son partidarios de que las normas civiles comunes se confundan con tal o cual moral religiosa. ¿Es concebible que, en el comienzo del tercer milenio, un estado europeo (como lo es, administrativamente hablando, el Vaticano) defienda como si nada principios opuestos a los puntos más elementales de la declaración de los derechos humanos? ¿Ante qué humanidad piensa la Santa Sede que predica? ¿A qué clase de sociedad (una sociedad que, por cierto, la mantiene) cree que pertenece? Supongo que, siguiendo la costumbre, algún Papa futuro presentará con varios siglos de retraso sus excusas a los ciudadanos homosexuales. Al fin y al cabo, la paciencia de Dios es infinita. Lo malo es que el tiempo del que disponen los marginados por la Iglesia es bastante más modesto y terrenal.

Me consta que en este periódico existe una sección consagrada a la religión católica, la divulgación de sus principios y el análisis de sus textos. Creo que para los lectores sería de enorme interés que alguno de sus colaboradores habituales expusiese, con la máxima claridad posible, sus opiniones acerca del derecho de las personas homosexuales a amarse sin esconderse y a formar una familia. En cuanto a mí, una argumentación al respecto me resultaría sumamente instructiva; uno siempre está dispuesto a escuchar y aprender.

Desde mi punto de vista, los ciudadanos de Occidente tenemos un grave problema que le concierne a nuestra conciencia y también a la educación de las generaciones venideras. El problema no es otro que el oculto, escandaloso y pocas veces nombrado fundamentalismo occidental. Aunque no sea la única responsable, evidentemente la Iglesia católica no es ajena a este fundamentalismo. Con tanto Bin Laden, Al-Qaeda o Sadam como ha habido en los últimos tiempos, conviene señalar que sin duda el fundamentalismo islámico constituye un terrible obstáculo para la credibilidad global del propio Islam. Ningún fanatismo político o religioso termina generando otra cosa distinta de la persecución, la censura y la represión violenta de pueblos propios o ajenos. Ahora bien, dada la relativa comodidad de la que en general gozamos, creo que las clases medias europeas tenemos la responsabilidad de reconocer que, como mínimo, nuestros valores están muy lejos de ese mejor de los mundos posibles del que habló Leibniz y parodió Voltaire. Lo menos que podemos hacer, dada la pasividad con que casi todos vivimos, es no perder del todo la lucidez, no alimentar esas mentiras colectivas que nos vuelven cada vez más ignorantes de nuestra realidad.

En efecto, no hace falta buscar un ‘ellos’, un enemigo bárbaro del que denunciar sus injusticias. O vale hacerlo, siempre y cuando no lo hagamos como cínico pretexto para disimular los propios fanatismos. Porque aquí, en Occidente, estamos protagonizando un rebrote escalofriante de fundamentalismo. En este sentido, los recientes éxitos cosechados por Le Pen en una de las sociedades más progresistas del planeta no fueron un caso aislado, sino un síntoma visible de una epidemia. Hoy nos horrorizamos de las tiranías orientales, pero contemplamos impasibles (o impotentes) cómo Bush, presidente de presidentes, termina sus discursos bélicos con un conmovido ‘God bless America’ (Dios bendiga a América) digno de las más fanáticas invocaciones a Alá o de las guerras santas árabes. Hace poco un compañero del periódico mencionaba, con razón, el veto que tuvo que sufrir una fotógrafa en la flamante mezquita de Granada por llevar los hombros descubiertos. Es comprensible que nos choquen estos anacronismos que se enfrentan a nuestras libertades individuales. Pero, insisto, lo malo sería que los dogmas ajenos nos impidieran detectar los propios, asunto aún peor: hace poco estuve en las españolísimas catedrales de León y de Burgos, y tengo que decir que ambas lucen a la entrada unos letreros enormes que exigen a los visitantes, literalmente, recato en el vestir para no profanar un templo sagrado. En los mencionados letreros se aprecia, además, la figura de una mujer con falda y camiseta de verano, enmarcada en un disco rojo de prohibición.

Hace años que el Vaticano juega al despiste ante la opinión pública. Su Santidad lleva tiempo lanzando mensajes bienintencionados, llamando al entendimiento mutuo entre los pueblos y declamando contra el hambre o las guerras extranjeras. Ahora bien, cuando se trata de trasladar estos loables principios a nuestra propia sociedad occidental y civilizada, el poder eclesiástico no puede evitar que se le corra el maquillaje: hoy sucede con los derechos de los homosexuales o de la mujer, y mañana será con otras cuestiones cercanas. Todavía recuerdo el multitudinario recibimiento que un millón de jóvenes le brindó al Papa a su llegada a España (así como la cobertura infatigable que nuestra televisión pública realizó de su viaje, programas monográficos incluidos). Durante aquel encuentro, sin duda tan legítimo como cualquier otra manifestación colectiva, me llamó la atención un detalle: una de las canciones que allí sonaron fue ‘Imagine’, de John Lennon. Lo asombroso del asunto es que su autor -además de haber sido, en efecto, pacifista- era un auténtico militante del amor libre y un furioso partidario de la libertad íntima, cuyas canciones fueron en su día acusadas de satanismo. Pero, sobre todo, lo que aquellos entusiastas jóvenes olvidaban era un hecho elemental: la letra que cantaban empieza diciendo exactamente << Imagina que no existe el Paraíso, es fácil si lo intentas, ningún Infierno debajo, y encima sólo el cielo >>, para rematar con un inequívoco << imagina que no existen los países, no es difícil hacerlo, nada por lo que matar o morir, ni tampoco religiones >>. ¿Es que aquella devota multitud no entendía el sencillo inglés de Lennon que ellos mismos invocaban? Se me ocurre que, con una horita más de lenguas extranjeras y una menos de religión a la semana, el recibimiento que la juventud española le brindó al Papa habría sido más consecuente.

Si menciono esta anécdota es porque tengo la impresión de que, de un tiempo a esta parte, la Iglesia viene apropiándose de los discursos políticamente correctos (pacifismo, diálogo, solidaridad) de una manera parecida. Por supuesto, y que quede bien claro, mi crítica no se dirige a los ciudadanos religiosos, sino a la poderosa institución que en teoría los vertebra. Siento un gran respeto por todas las creencias espirituales, sea cual sea su signo. Jamás censuraría que cada cual asista a misa, vaya a confesarse o rece como y cuando le venga en gana. Tampoco estaría nunca a favor de agredir físicamente un templo religioso, como alguna vez se ha hecho de manera equivocada, ay, en nombre de la izquierda. Admiro profundamente a numerosas figuras que han hecho un enorme bien a la humanidad, y cuya fe religiosa era central e indudable: Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Sor Juan Inés, Simone Weil... Todos ellos, creyentes. Y todo ellos, por cierto, víctimas del fundamentalismo occidental de la Iglesia católica. El arte se ha engrandecido en numerosas ocasiones gracias a la fe de un genio: tal es el caso de las pinturas de El Greco o de las cantatas sagradas de Bach, que iluminan mi espíritu ateo y me hacen creer en la humanidad. También Einstein creía en Dios. Pero él luchó contra los dogmas y, en lugar de negar el presente, lo catapultó hacia el futuro.

Ahora parece que ciertos valores anacrónicos no sólo no retroceden, sino que por momentos ganan protagonismo. En nuestro país, el Gobierno ha puesto su granito de arena alterando los planes de estudio para darle más cabida a la religión. No tengo nada en contra de que quien así lo desea se instruya en el pensamiento y la moral religiosa; pero ¿es necesario que ello tenga lugar en una enseñanza pública y oficialmente laica, y que encima se evalúe como una asignatura cualquiera? ¿Qué diría nuestro presidente, tan alarmado siempre ante los frentes rojos, si alguna vez se instaurase en los institutos, por ejemplo, una asignatura monográfica y puntuable sobre el comunismo? He oído a Aznar sostener en el parlamento que este cambio servirá para que nuestros hijos se pregunten por el sentido de la existencia. Pero una educación respetuosamente aconfesional consiste ni más ni menos que en eso: en no educarse bajo ningún absoluto, sino bajo interrogaciones abiertas; en no crecer acatando determinados dogmas que, además, mueven al arrepentimiento cinco siglos más tarde. Aunque, ya puestos: ¿no le queda al Gobierno ni un ápice de piedad cristiana por las pateras y los inmigrantes? ¿Puede un hijo de Dios ser una criatura ilegal? A ver si nos aclaramos.

Así que ya saben: según el Vaticano, dos hombres o dos mujeres que se aman no formarán nunca una pareja decente (supongo que sí pueden hacerlo esos viriles padres de familia que maltratan el sábado y comulgan el domingo). Según el Vaticano, una mujer católica sigue sin ser capaz de representar a sus iguales, aspirar al papado: en el siglo XVI, a la mujer se le recomendaba santa ignorancia; en el XXI, santa paciencia. Mientras tanto George Bush, paladín de la pena de muerte, presidente de presidentes y guía del nuestro, acaba de declarar que la familia tradicional es sagrada. Pero hasta en esto comete una herejía: ¿no eran acaso sagradas las familias de Bagdad?