2009-09-05
Cono sur, mon amour
ANDRÉS NEUMAN


(Del diario de la gira del XII Premio Alfaguara. Impresiones de Buenos Aires, Montevideo y Santiago.)


Buenos Aires, el virus del apocalipsis


Piso el aeropuerto de Ezeiza y automáticamente, como quien cambia el dial de una radio, me escucho hablar y pronunciar en porteño. Paso del asertivo «Buenos días» español al deslizante «Buennn díííaaa…» argentino. ¿Por qué el día será diverso en España y único en Argentina? ¿Un país plurinacional se saluda en plural y un país centralista, en singular?

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He aterrizado el día de las elecciones. Todos los candidatos acudieron al programa ‘Gran Cuñado’, mezcla de Gran Hermano y guiñoles políticos, para encontrarse con su doble. Fueron momentos particularmente honestos de la campaña: la política profesional se asumió como parodia.

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Viendo el éxito del partido de Macri, se diría que al país lo tienta volver al menemismo. Escribo ‘macrista’ en mi portátil y el Word me corrige: ‘machista’. A veces el corrector ortográfico parece un detector ideológico.

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Leo ‘Pájaros en la boca’, el nuevo libro de Samanta Schweblin. Los suyos podrían ser los mejores cuentos argentinos de mi generación. Secos. Duros. Contundentes. La brillantez de su realismo me recuerda a Guillermo Saccomanno. Su peculiaridad, a otra gran narradora que en realidad es su antípoda: Hebe Uhart. En el libro anterior de Schweblin apaleaban a un perro. En este aplastan a una mariposa. Ambos cuentos parecen decirnos: sin condolencia no hay país.

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La mayor preocupación política ante la gripe no es sanitaria, sino económica. Paseo por las calles disponibles, temerosas. Pienso en los paisajes apocalípticos de ‘Plop’ de Rafael Pinedo o ‘El año del desierto’ de Pedro Mairal. Cines, teatros, librerías y tiendas están semivacíos. El pánico ha disuadido a los clientes. Súbitamente queda muy clara la relación entre autoridad y mercado: el consumo depende del orden.

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En Argentina las mascarillas se llaman barbijos. Extraño, porque aquí, acá, no se dice barbilla sino mentón o pera. Se supone que se llaman así por la barba, pero los barbijos son unisex. Como los virus y el miedo. Leo en el blog de Marcelo Figueras, autor de novelas conmovedoras como ‘Kamchatka’ o ‘La batalla del calentamiento’, y que acaba de publicar ‘Aquarium’: «Si vendiese barbijos con la leyenda ‘Michael Jackson tenía razón’ me llenaría de dinero».

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Nos lavamos las manos. Nos lavamos las manos. Desde el estallido de la gripe A, no dejamos de lavarnos las manos. Al fin nuestras costumbres coinciden con nuestros principios.

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Domingo por la tarde. Partido decisivo del Torneo Clausura. No han cerrado el estadio, pero el partido se interrumpe por otra alerta: caen toneladas de granizo. Los equipos de Vélez y Huracán se retiran. La gente espera. La gripe calla. El cielo ruge. El agua golpea. El césped alberga a una pelota apátrida en el círculo central. Un fotógrafo salta al campo, patina y se acuesta boca abajo en mitad de la cancha. Quiere retratar a la pelota, testigo del desalojo, rodeada de granizo. Frente al televisor en un café del aeropuerto, pienso que debería ganar Huracán: no sólo juega mejor, sino que tiene nombre de apocalipsis. Alguien me mira a mí. Yo miro la pantalla. Dentro de la pantalla, el público mira al fotógrafo. El fotógrafo contempla la pelota. Lo que mira la pelota es el misterio del país.





Montevideo, mate en la catedral


Llego a Montevideo coincidiendo con los festejos del centenario de Onetti. Para hacerle justicia al maestro, quizá sería preferible un funeral o una protesta.

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La obra de Onetti es tan perdurable como el dolor, la tristeza o la desesperación. Nadie ha esculpido así en castellano esas realidades invisibles. Tampoco nadie ha adjetivado el mundo con una maldad tan exacta. Recuerdo ‘El astillero’, si se puede decir así, con turbia nitidez. Al leerlo pensé: esto es lo que habría escrito Camus si le hubieran gustado las metáforas.

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Recorremos en coche las afueras. «¿Viste la película ‘Whisky’?», me pregunta el conductor. Le contesto que sí y que me pareció excelente. «Bueno», dice él señalando más allá de la ventanilla, «acá la tenés».

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Montevideo es una posibilidad de lluvia. Por suerte la amabilidad de los montevideanos es una posibilidad de techo.

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«¡Qué frío!», dice uno, «¡no puede ser!». «El invierno también es la realidad, che», contesta otro.

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En la calle Ellauri, barrio pijo o pituco, está el shopping de Punta Carretas, que antes era una cárcel. El penal es inquietantemente agradable. Tonos pastel, hilo musical relajante, escaparates bien iluminados, escaleras mecánicas, mesas con refrescos. Los reos hacen túneles.

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Saliendo del antiguo penal, como si hubiéramos vuelto a los 70, una chica me entrega unos panfletos y se aleja corriendo. Los panfletos dicen: «Viajá a las estrellas saboreando la nueva Whopper Trek. Aros de cebolla y salsa barbacoa picante».

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Advertencia a las puertas de la catedral: «No está permitido entrar con mate en el templo».





Santiago de Chile, el orden ensimismado


Lo primero que me llama la atención de Chile, sin haber aterrizado, es el formulario de aduanas. Parece hecho para confirmar la imagen del país en el exterior: profesionalidad, progreso, legalidad, orden. Está mejor diseñado que el argentino, que es largo y redundante. También supera al español. El impreso chileno es breve y razonable. Moderno, con letra grande, casilleros amplios. Tiene cierta vocación de lucimiento, de lavado de cara, de aquí no pasa nada.

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Rodeada, protegida, separada por el vigor de la cordillera, un poco como mi Granada, Santiago se ensimisma.

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Cierta impenetrabilidad, una vigilancia de algo que no se sabe qué es.

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Uruguay: «Tu novela va a gustar mucho acá». Chile: «Probablemente no la venderemos». Argentina: «Hiciste una muy buena comunicación del libro».

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Noto que aquí tienden a fotografiar a los escritores en contrapicado, haciéndoles mirar desde arriba a quien los mira. ¿Significa algo?

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Hojeo suplementos culturales. Me entretengo comparándolos con los de Argentina. Si el tono predominante en las reseñas argentinas es la exhibición doctoral, en Chile lo frecuente es la agresión cascarrabias. Unas parecen destinadas a demostrar que el crítico es más inteligente que el autor. Las otras, a disuadir a las editoriales de seguir distribuyendo el libro en el país. Al entusiasmo o al placer les queda poco espacio.

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«En la universidad», me cuenta ella, «mi profesor de filosofía nos subía décimas por ir a las marchas en contra del aborto». Pienso que es una ironía o una hipérbole, pero ella me mantiene la mirada con absoluta seriedad.

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«Los que éramos muy jóvenes cuando los libros de Bolaño llegaron a Chile», me dice el periodista, «fuimos embestidos, iluminados por él. Pero a los que no eran tan jóvenes les pasó todo lo contrario». No es lo mismo ser embestido que atropellado. Y que te iluminen no es igual a que te eclipsen.

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Bolaño afónico de vivir. Bolaño muerto de risa, muerto.

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En el aeropuerto veo una edición inglesa de ‘Cathedral of the Sea’, de Ildefonso, Ildefóunso, Falcones. Bestsellers. Autoayuda. También hay otras cosas: narrativa chilena contemporánea (Lemebel, Simonetti, Fuguet), antologías de Neruda y Mistral. Esto último podría parecer una obviedad. Pero, sinceramente, no recuerdo que en los aeropuertos españoles se vendan recopilaciones poéticas de Lorca o Juan Ramón o Aleixandre, que también fue Premio Nobel. Puedo escribir los diarios más tristes esta noche.

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El chileno habla a solas. El argentino habla para sí mismo.



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[Los presentes extractos formarán parte del libro “Cómo viajar sin ver (Latinoamérica en tránsito)”, de próxima publicación en Alfaguara]
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