2001-03-07
Alejandra debajo de Alejandra (sobre Pizarnik)
ANDRÉS NEUMAN



Lumen ha editado la poesía completa de una autora legendaria, hasta hoy no demasiado conocida en España: Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972). Con sólo veinte años, Pizarnik publicó un portentoso libro -por cierto no el primero- titulado ‘La última inocencia’. Inocencia que jamás llegó a perder: toda su obra es un continuo debatirse entre una mirada curiosa, casi infantil en su capacidad de asombro («la rebelión consiste en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos»), y una implacable, destructiva lucidez.

La temblorosa fragilidad de su personaje la condujo a una incesante reflexión sobre las identidades. Por eso, no es extraño que el motivo de la máscara sea recurrente: «qué es lo que vas a hacer/ voy a ocultarme en el lenguaje/ y por qué/ tengo miedo». Sólo que en Pizarnik -como en ‘El público’ de Lorca- una máscara es aquello que debajo oculta otra máscara. Si su palabra es una búsqueda de esencias subterráneas, el resultado de esa búsqueda trae la repetición del disfraz, una duplicación de espejo que se ahoga al otro lado del azogue: «alejandra alejandra/ debajo estoy yo/ alejandra».

Según César Aira, también fuera de los poemas se construyó un personaje, cuyo éxito fue más allá de lo que ella misma habría podido desear. En un artículo sobre Cortázar, Pizarnik habló de «el otro que acosa al pronombre personal». Al leerla, pareciera que su pregunta metafísica hubiese estado siempre formulándose en plural: ¿quiénes soy yo? Atrapada entre la identidad y las máscaras, entre un rumor de voces y la ausencia de respuestas, es natural su obsesión por los silencios. En un poema así titulado, escribió: «La muerte siempre al lado./ Escucho su decir./ Sólo me oigo». Pero, así como el yo muda de piel en el lenguaje, y ese lenguaje habla de la muerte en sus silencios, es necesaria una escapatoria, una voz que salve la vida: «Todo hace el amor con el silencio». Pizarnik procuró sentir su cuerpo dentro del poema, sentir los poemas como si fueran su cuerpo. De ahí su desgarro lingüístico y su dolor físico.

Uno de los aspectos más singulares de su obra es su estirpe maldita, más aún teniendo en cuenta que dicha tradición solía ser coto masculino. Tanto si se la compara con hombres como con mujeres, la poeta Pizarnik fue grandiosa, una Lautréamont más bella y quizá más triste. Si Rimbaud se despidió con ‘Una temporada en el infierno’, el último libro que Pizarnik dio a la imprenta fue ‘El infierno musical’. Sin embargo, a diferencia de aquél y contraviniendo ciertas leyendas, su vida fue en apariencia feliz, con unos padres comprensivos, numerosos amores y amistades, y un inmediato y unánime reconocimiento público: el infierno -y en esto se equivocaba, o ironizaba, Sartre- está sobre todo en uno mismo. De igual modo, parece probable pensar que el gran silencio que escuchaba Pizarnik no era sólo el del lenguaje, sino el del insomnio, ese infierno recurrente tan similar a la locura en su excesiva vigilancia. Su suicidio, fruto de varios intentos y frecuentemente abordado con eufemismos, está presente en su obra como una premonición nocturna.

Los mejores poemas de Alejandra Pizarnik -ideales para lectores que viajan o viajeros que leen- son breves, intensos, elípticos. Dejan un interrogante en la mente y la carne de gallina («el tiempo tiene miedo/ el miedo tiene tiempo»). Al quitarse la vida, como si de una travesura macabra se tratase, la genial mujer-niña había dejado escrito en una pizarra: «no quiero ir/ nada más/ que hasta el fondo». Aunque no volvió de allí, hoy sigue con nosotros.