2001-02-21
Una copa con Pascal
Una copa con Pascal
Andrés Neuman


Acaban de editarse los Pensamientos de Pascal, el inmortal científico, filósofo y moralista francés. En cuanto tuve un rato, busqué una librería y me llevé a Pascal a un bar del centro. Como de costumbre, me pedí un cognac. El resultado fue curioso.

¿Cómo es posible que unas reflexiones anotadas a mediados del siglo XVII nos enseñen tanto, aún, acerca de algunos disparates cotidianos? Veo partir en un camión a montones de magrebíes, sonriendo resignados. Veo partir, desde Barajas, a los ecuatorianos que han aceptado coger un avión para buscar en Quito unos papeles que podrían haberles dado en cualquier embajada. Fuera de mis fronteras. Largo, a vuestro país... "<< Este perro es mío >>. << Éste es mi lugar al sol >>. He ahí el comienzo y la imagen de la usurpación de toda la tierra" (Pensamientos, 36). Como explicó Pascal, es peligroso decir al pueblo que las leyes son injustas, pues las obedece por creerlas justas. Hay historias que se repiten. Hay caras que se parecen. Es inquietante mirar a los ojos a un guardia civil, y descubrir el mismo temblor que hay en los ojos del magrebí que acaba de detener. Lo malo es que también los políticos llegan a parecerse: los bigotes de Aznar y de Rajoy; el hablar pausado de Felipe y Zapatero; los andares de matón de Bush padre y Bush hijo. "Dos rostros semejantes, de los que en particular ninguna causa risa, causan risa juntos por su parecido" (6).

Bien pensado, perforándole la carcasa, un televisor es lo más parecido a una urna. Aunque, para que a algunos les llenen el televisor de papeletas, han de procurar que la televisión hable de cualquier cosa, menos de política. Por eso vamos del concurso al fútbol, del tarot a los famosos, de la copla a los concursos. "No habiendo podido curar la miseria y la ignorancia, a los hombres se les ha ocurrido, para ser felices, no pensar en ellas" (84). Anoche vi a Boris, nuestro nuevo intelectual, dando gritos encima de una mesa con los pantalones bajados. Los demás también gritaban. En ese programa, en casi todos los programas de radio o televisión, nadie escucha a nadie y todos hablan a la vez. Haciendo zapping, con la cara cruzada por los destellos, el televidente se pregunta: "¿Qué debo hacer? Por todas partes no veo sino oscuridades" (1).

También está el rey y su real familia. Uno ha de estar muy atento, porque si no, enseguida les pierde la pista. ¡Son tan inquietos! Por eso, TVE no ha tenido más remedio que informarnos diariamente de sus movimientos. "El poder de los reyes se fundamenta sobre todo en la locura del pueblo" (13). Aunque, a fuerza de verlos aquí y allá, uno acaba cogiéndoles cariño e incluso respeto: que si 25 aniversario, que si el monarca en moto, que si el príncipe a vela, que si la infanta en plena equitación... "Porque nuestro pensamiento no separa sus personas de sus séquitos" (12). O de sus monaguillos; si no, miren a la Iglesia. No piensa suscribir ningún pacto antiterrorista, porque no desea participar en política (!?). Pascal, que fue un hombre sumamente religioso, escribió: "Si se va contra los principios de la razón, nuestra religión será absurda y ridícula" (109). "Defender la piedad hasta la superstición, es destruirla" (115).

Ustedes disculparán. O estoy alucinando, o algunas de las ideas de Pascal resultarían revolucionarias si se expusieran, por ejemplo, en el Congreso. No sé si esto es posible. A lo mejor fue culpa del cognac.