2001-01-31
Países, excrementos
Países, excrementos
Andrés Neuman



El testimonio del anciano general Joaquín Lagos, que ha revelado cómo Pinochet manipuló el listado con las 56 ejecuciones de la caravana de la muerte, deja tras de sí una ristra de excrementos que, si bien ayuda a seguir la pista del genocidio, ahonda al mismo tiempo en ciertas contradicciones. Por un lado resulta digno de aplauso el proceder de Lagos, su retiro al conocer los espantosos crímenes que se estaban llevando a cabo en su jurisdicción, así como su empeño por localizar y recomponer en la medida de lo posible los cadáveres: precisamente porque la vida es sagrada, hasta después de muerto un hombre merece un trato humano.

Después de un primer momento, sin embargo, es inevitable pensar en los motivos últimos que lo llevaron a denunciar los manejos del dictador. Lagos habló, más que nada, en defensa propia. Conviene no olvidar que, durante el interrogatorio del juez Guzmán, Pinochet trató de trasladarle la responsabilidad política de las ejecuciones. Esa terrible verdad que hemos conocido gracias a él, fue la misma que calló o tuvo que callar durante casi treinta años. Por eso uno no sabe que hacer primero: si alegrarse de que el silencio empiece a romperse, o asustarse de cuánto tiempo es capaz de permanecer muda la conciencia de unas Fuerzas Armadas. La historia reciente nos dice que, salvo ejemplares -e individuales- excepciones, los militares han sido la demencia senil de los países latinoamericanos. De modo que, aunque a Pinochet se le han hecho ya varios exámenes psíquicos para comprobar su estado actual, debe de haber un error: él siempre ha estado demente.

Hay enfermedades psíquicas que tienden a cribar determinadas partes de la memoria. Una amnesia selectiva e interesada. Exactamente lo mismo puede sucederle a un país. Hay países que no saben qué hacer con su memoria reciente, con la parte más dolorosa de ella. En ellos es frecuente que conciliar signifique indultar, que progresar se confunda con olvidar. Argentina, con la herida abierta de la última dictadura, es sin duda un triste ejemplo entre otros muchos. Las atrocidades políticas que quedan sin juzgar, se quiera o no, discurren por las conciencias nacionales como un reguero de mierda lo haría por la sala de estar de un hogar respetable.

No me extrañaría que en Chile, cuando le tomen las huellas digitales a Pinochet, la tinta deje impresa diez manchas lisas, diez huecos... Claro que hay distintas maneras de borrar huellas. Unas son salvajes, como mancharse de sangre las manos hasta que ya no se sepa de quién son. Pero acaso haya otras más sutiles. Hace unos días, la diputada Isabel Allende Bussi planteó la duda ética de si encerrar en un calabozo a Pinochet, dada su edad, no resultaba inhumano. Al manifestar esta idea a un periódico argentino, la hija del derrocado presidente chileno puso como ejemplo a nuestro país, donde los mayores de 75 años pueden cumplir condena bajo arresto domiciliario. No sé si estar de acuerdo, aunque admito que ella, por su propia historia personal, tiene una autoridad moral de la que carecemos los demás.

Ahora bien; si de España, de dictaduras y de borrar las huellas se trata, a uno se le ocurre que nuestra transición, modélica en ciertos aspectos, fue demasiado tranquila en otros. Tan tranquila que, indagando en el pasado de determinados e influyentes políticos españoles, pareciera que alguna que otra cloaca sigue discurriendo todavía entre el sofá y la mesita con flores de nuestra democracia.