2000-12-20
Cervantes nunca marcha a Zapotlán (sobre J.J. Arreola)
CERVANTES NUNCA MARCHA A ZAPOTLÁN
Andrés Neuman


Lo de Juan José Arreola con el premio Cervantes empieza a parecerse, un poco más cada año, a lo de Borges con el Nobel. Sólo que, en este caso, ni el gran escritor mexicano es políticamente tan incómodo, ni el jurado tan militante.

¿Quién es Arreola? El último grande de Zapotlán (hoy Ciudad Guzmán), una tierra volcánica donde vieron la luz Mariano Azuela y Juan Rulfo. La lava del genio lo alcanzó también a él, y no sabemos si por allí volverán a tener lugar erupciones semejantes. Entre las proezas de este cuentista, figura la de haber conseguido un estilo Papini, un estilo Schowb, un estilo palimpsesto personal: estilo Arreola. Dueño de una escritura preciosista y sin embargo contenida, la obra de Arreola vuelve oral la prosa del modernismo, si es que tal cosa es posible. Su sintaxis es tan natural que produce cosquillas; su léxico está escogido hasta la incredulidad; la sencillez de sus relatos es tan compleja, que parece un cuento.

Borgeano vía Kafka, nuestro narrador no suele callar ni con los labios cerrados. Es fama que, luego de una entrevista con Borges, Arreola confesó, compungido, que apenas había dejado hablar a su admirado maestro. Interrogado acerca del encuentro, éste dio una elegante versión de los hechos: él hablaba -explicó- y yo me permití intercalar algunos silencios... Cuando alguien está hecho de palabras, no piensa para hablar; sino que habla -o escribe- para poder pensar.

En su obra figuran títulos ya clásicos dentro del género breve. Así el alucinante Bestiario, o el Confabulario: una -para decirlo jugando- fabulosa serie de confabulaciones y de fábulas. Es verdad que en Arreola hay también cierto catastrofismo, una visión de la caída humana que puede resultar, en ocasiones, moralista. Pero qué nos importa, cuando su lucidez fue capaz de concluir que “la experiencia va brotando siempre detrás de nuestros actos, inútil como una moraleja”. En el cuento titulado “El silencio de Dios”, un hombre desasosegado escribe una carta al Hacedor, y éste le contesta con sutil ironía: “Quizá te convendría reposar en alguna religión. Esto también lo dejo a tu criterio. Yo no puedo recomendarte alguna de ellas porque soy el menos indicado para hacerlo”.

Leer a Arreola es tomar lecciones acerca del amor por la escritura, lecciones de ética literaria. Aquello que un hombre dice a un zapatero en su “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos”, bien podría valer para ciertos escritores. Imaginemos que, después de la compra poco provechosa de un libro, un lector defraudado le dirige unas líneas al autor: “Esta carta no intenta abonarse la cantidad que yo le pagué por su obra de destrucción. Nada de eso. Le escribo sencillamente para exhortarle a amar su propio trabajo..., para infundirle respeto por ese oficio que la vida ha puesto en sus manos; por ese oficio que usted aprendió con alegría en un día de juventud...”

Juan José Arreola, embajador de Zapotlán, ha sabido convivir con el peligro; pero ese peligro se parece menos a aquel inquietante arácnido de “La migala” que al propio lenguaje. En su libro Cantos de Mal Dolor puede encontrarse un ejemplar microcuento, “Post Scriptum”, que recrea el momento de la escritura antes del suicidio. El protagonista sabe que su muerte se aplazará hasta que dé con las palabras justas para la nota al juez: el rigor de estilo es su salvación. Cuando Arreola dé con su última línea, cuando la vida -“esa dolencia mortal”- se le apague, ¿le otorgarán un Cervantes póstumo?