2001-01-01
Arrobados (nuevas tecnologías y lenguaje)
La Real Academia está estudiando una larga lista de palabras que, procedentes de las nuevas tecnologías, circulan sin matrícula ni homologación por las autopistas del idioma. En la próxima edición del diccionario académico se incorporarán, traducidos o adaptados a la ortografía española, algunos de los vocablos que ustedes y yo utilizamos diariamente.

Ahora bien, no se trata de ninguna operación de salvamento, ni de una reacción ante la -leo por ahí- amenaza de los innumerables mensajes que se envían por minuto a través de Internet y los teléfonos móviles. La Academia se limita a hacer su trabajo, pues para eso está: para dar cuenta de la realidad dinámica de nuestra lengua. La pureza lingüística no existe -como no existe la poesía pura o por ejemplo el humor puro-, es decir, concebida al margen del resto de las cosas, de la historia cotidiana y sus pequeños acontecimientos. Nunca he entendido el recelo con que algunos lingüistas contemplan el fenómeno de la informática: la lengua nombra la realidad y a la vez es capaz de generar matices, nuevas realidades. En este sentido, su funcionamiento no está tan lejos de la virtualidad.

Rodolfo Wilcock, en su extraño libro 'La sinagoga de los iconoclastas', imaginó un diccionario para ser leído de cabo a rabo, en el cual se contaba una historia que iba progresando con cada nueva entrada, y cuyos personajes actuaban mientras se facilitaban las definiciones. Creo que Wilcock no divagaba: todo repertorio léxico esconde una novela, y esa novela es la de su sociedad y sus hablantes. Por eso tampoco estoy de acuerdo con quienes aseguran que, por culpa de Internet, nunca se había redactado tan mal como hoy en día. El problema está más bien en la escuela, no en la red. La red del futuro será un reflejo de lo que en la escuela aprendan sus usuarios (a quienes, dicho sea de paso, poco se les habla en la escuela de la informática y su buen uso). Últimamente son legión los profetas culturales que auguran, con sesudo pesimismo, un porvenir apocalíptico para la lectura y sus libros. ¡Con tanto ordenador, cómo van a leer un libro los jóvenes de mañana!, exclaman, omitiendo dos cuestiones. Una, la perfectamente posible convivencia de ambos medios, tal y como ha sucedido con el cine y la televisión, con los juegos de mesa y la videoconsola. Y dos, omitiendo que Internet es letra, es lectura: un buen internauta ha de ser un lector muy selectivo y eficaz. Pero, además, en la red hay librerías (aunque yo prefiera las de tocar y oler), y cabría incluso desear que los libros difundidos por Internet regulen y pongan algo de cordura en el histérico ritmo de publicación que padecemos.

Los teléfonos móviles (que tanto detesto, pero por otros motivos) o el correo electrónico no atentan contra la sintaxis más que el telegrama. En cuanto a la barrera generacional que el lenguaje informático ha levantado, no lo ha hecho en mayor medida que el anglófilo estallido beat de los años sesenta. Además, qué quieren que les diga, a mí los ordenadores, lejos de atrofiármela, me estimulan la imaginación verbal: ese inefable dibujito, la @, que nos tiene a todos arrobados; eso de que el correo electrónico se llame Emilio a secas para los amigos; eso de que la gente se persiga en un chat (gato en francés) y que lo hagan, precisamente, por medio de un ratón; esa nostálgica metáfora marinera que transforma a una simple impresora en todo un puerto, a un usuario en navegante... No sé, a lo mejor todo eso también tenga su encanto.

Y punto. Y com.