2002-12-01
El cuerpo del fantasma (Virgilio Piñera)
ANDRÉS NEUMAN



Aprovechando que no se cumple ningún aniversario, con todo gusto evoco la figura del cubano Virgilio Piñera, escritor fantasmal. Durante sus último años, Piñera padeció un triste olvido hasta que, una década después, comenzaron a rescatarse las numerosas páginas inéditas que dormían apiladas en su catre. Aunque La carne de René sea una notable novela, y aunque tampoco merezcan omitirse su importante y avanzada obra dramática ni su -a mi gusto- menos cautivadora obra poética, prefiero una vez más hablar de los cuentos. De esos cuentos crueles, fríos y terribles de Piñera, que nos hacen un nudo con los nervios.

Tensión y economía son las mayores virtudes de aquel narrador flaco, ágil, tan parecido a sus cuentos. En efecto, sus piezas más extensas suelen perder fuerza, ese filo de cuchillo que caracteriza a las más logradas. Baste recordar el magistral microrrelato titulado "En el insomnio", auténtica cumbre técnica de la distancia corta, una de esas historias que quitan el sueño. Austero por obligación y acaso también por convencimiento, Piñera dormía poco, comía poco y pensaba mucho: igual que aquel personaje de "El crecimiento del señor Madrigal", Piñera tuvo la exquisitez de eludir el sibaritismo. Según cuenta Abilio Estévez, hubo días en los que ni siquiera tenía dinero para comprar el periódico donde había publicado algún texto. Empeñando sus mejores prendas, fundó la revista Poeta; parece ser que le duró dos trajes. Disconforme con su cuerpo, siempre dispuesto a desnudarse, Piñera fue homosexual como Lezama, perseguido como muchos, ateo como pocos e iconoclasta como nadie. Lector culto, solía deshacerse de los libros que leía. Perpetuamente aferrado a su paraguas como quien se empeña en conservar la dignidad, en los años 70 -a semejanza del atónito acusado de "El interrogatorio"- supo que estaba perdido después de ser absuelto.

Esteta a su modo, su gusto para los hombres era el mismo que para las palabras: llanos, simples y contundentes. La poética objetivista de Piñera se resume en una afirmación contenida en "La muerte de las aves": << toda versión es inefable, y todo hecho es tangible >>. Antón Arrufat lo expresa con un endecasílabo tan imprevisto como afortunado: << sus cuentos casi llegan a ser actos >>. Su lenguaje alcanzó un espeluznante ascetismo, una higiene de quirófano. Pero lo que Piñera nos narra con todo realismo es lo imposible; y, en su aparente notificación de los hechos, consigue generarnos más dudas que cualquier texto interrogativo.

Preguntas, desde luego, sin respuesta. La degradación de la utopía llega hasta tal punto en Piñera que al lector sólo le queda un vacío intacto, cotidiano como una pesadilla. La carga perturbadora de sus relatos radica, no obstante, en que éstos no acaban nunca de romperse: no resultan catárticos, y esa contención es decisiva. El total desequilibrio es infinitamente menos tenso que un equilibrio tambaleante. Como un Descartes desengañado, Piñera declaró pensar a diario: << en medio de tanta confusión, ¿con quién contar? Y la respuesta era la reducción al absurdo: conmigo mismo >>. Si en Cortázar el surrealismo significó una vía liberadora para el individuo racional, un viaje hacia el hombre nuevo, con Piñera ese surrealismo deriva en el absurdo metafísico, en la negación del viaje. Se trata tal vez de otra clase de redención, de hacer enfermar a la lógica normal como estrategia sanadora. Piñera jamás perdió la disciplina de trabajo y falleció escribiendo, enamorado de su máquina y su lámpara.

Pero lo escandaloso, lo increíble de Piñera es que sus cuentos, siempre abstractos, buscan corporeizarse a toda costa, concretarse en lo físico. Acaso en esto, como alguna vez se ha dicho, represente las antípodas de Borges, quien fue el primero en publicarle un texto a su llegada a Buenos Aires. El tema inevitable de Piñera es el cuerpo y su desmontaje: allí están, doliendo todavía, relatos como "La carne", "Las partes", "Cosas de cojos" o "Un parto insospechado". Amputaciones, culpas, represiones y castigos; toda una galería de horrores, enunciados como quien no quiere la cosa. Acaso la mayor valentía de un fantasma consista en vender todas sus sábanas y, con serenidad, enfrentar un espejo.