| DETALLES DE UN MUNDO BIEN OBSERVADO |
| Carolina Feu |
" ... yo, de niño, sentía con frecuencia que me asaltaba
la angustia de la muerte y un límite cortante que podría
formularse así: ¿por qué el bien es mejor que el
mal? La escritura me permitió mantener a raya a los monstruos,
sortear ese límite y, sobre todo, aspirar a ser una buena persona." Para
quien contribuye al esclarecimiento del sentido de las cosas, para quien
ofrece instantáneas de belleza -si no fuesen lo mismo-, o para
quien ,simplemente, sigue su destino con pasión, se reserva un
papel necesario en la historia del mundo en el que se desenvuelve. Andrés
Neuman es un escritor que nos llega en versos, relatos y novelas y a
pesar de su juventud -y no precisamente por ella- forma parte del paisaje
de la literatura en castellano desde hace un tiempo; porque lo que cuenta
es su aportación continua desde que comenzó a escribir
y publicar, así como la riqueza y calidad de una obra, tan hermosa
como variada, que nace de la necesidad de decir. Se le pueden hacer muchas
preguntas a Neuman, pero nos acercamos a él para que nos cuente
un poco de todo, con cuestiones sencillas más que escabrosas,
y cercanas al interés humano, además de literario, que
despierta con sus palabras. -Usted Andrés Neuman, se dio cuenta de que era escritor, o de que deseaba serlo, muy tempranamente. Los primeros escritos, que surgen en ocasiones de rehacer sus relatos favoritos, son el punto de partida de la vocación que comienza a gestarse. Quién fue la primera persona, o personas cuyas palabras fueron impulso y cómplice apoyo de esa vocación. Al principio, más bien recuerdo opositores: mi madre, por ejemplo, quedó razonablemente horrorizada con la violencia que imperaba en mis relatos de terror (más o menos copiados, en efecto, de Edgar Allan Poe); aunque más tarde ella se dio cuenta de que aquellos disparates escritos eran una garantía de cordura, la mejor prueba de que los monstruos interiores se quedarían sólo en el papel. Por esa época infantil recuerdo como apoyo a mi abuela Dorita, que es una lectora de cuentos compulsiva. A ella, curioso, la maravillaban mis atrocidades, quizá le despertaban el instinto. Por eso le dediqué el libro de relatos "El que espera". Ya más seriamente, el primer escritor que me invitó a pensar la literatura fue un espléndido poeta hispanoargentino llamado José Viñals, a quien iba a visitar una vez al mes a Jaén. Recuerdo su primera advertencia: "no me interesan tus escritos, sino el hombre que escribe". En aquellos años (comienzos de los 90) él fumaba constantemente y bebía brandy: un hombre negro, de humo, con voz grave. Por mi parte, sigo bebiendo brandy. -¿Hubo algún acontecimiento casual, tal vez, que ahora piense que también influyó decisivamente en la selección de este camino como la mejor opción, y en cierto modo la única posible ? Dos acontecimientos. Uno, aleatorio; el otro, completamente necesario. El primero fue que, gracias a una lesión de rodilla, supe que no podría ser futbolista y que, por lo tanto, debía dedicarme con ahínco a otro cosa. Naturalmente, por entonces ya escribía. Pero, aunque pueda parecer extraño, mi primera ambición fue marcar goles, no publicar libros. Ahora pienso que aquella lesión fue oportuna: seguramente no habría llegado demasiado lejos, y habría perdido tiempo. El segundo hecho fue de naturaleza más profunda. Desde los nueve o diez años, yo tuve una conciencia pavorosamente clara de la locura. De que la locura está ahí, acechando, y que puede estallar y apropiarse de nosotros en cualquier momento. Todos formamos parte de lo oscuro, al menos parcialmente. La razón también es poco clara en sus cosas; Goya lo supo. Y yo, de niño, sentía con frecuencia que me asaltaba la angustia de la muerte y un límite cortante que podría formularse así: ¿por qué el bien es mejor que el mal? La escritura me permitió mantener a raya a los monstruos, sortear ese límite y, sobre todo, aspirar a ser una buena persona. -Supongo que los premios, a su modo también juegan su papel ¿Cuáles fueron su sensación y emociones al recibir el primero? No, no; los estímulos de escritura fueron tan tempranos y urgentes, que nunca necesité de un premio para confirmar la vocación. Lo que sí me han permitido los premios es concebir la escritura no sólo como un modo de vida, sino también como un medio de vida. -¿Y el último? ¿Afecta el paso del tiempo, también, al ánimo con el que se recibe este tipo de reconocimiento? Afortunadamente, cada vez los acojo con más escepticismo. Es decir: me convienen, claro que me convienen, pero no me conciernen. No tienen que ver con la emoción de la escritura, con los mecanismos reales de la literatura, sino con cuestiones como la promoción, facilidad para publicar, etcétera. Cuestiones nada desdeñables, pero bien distintas. El tiempo -El tiempo, Andrés Neuman, le importa mucho. Lola Díaz preguntó en una ocasión a Jaime Gil de Biedma acerca de cómo veía la cuestión temporal "desde la cima de la madurez", a mí me gustaría preguntarle ¿cómo ve usted esta cuestión desde la ladera - tan despejada y luminosa la suya, por cierto- de la juventud? Vaya, le agradezco el optimismo. No sé, como he dicho antes, a mí el (paso del) tiempo siempre me ha parecido algo carnal, amenazante. Ignoro si es bueno o malo, pero desde siempre me ha sido natural el imaginarme viejo, avistar la vejez, el final. Mi familia solía decir que yo era un alma vieja, un falso niño. Pero sospecho que esto, lejos de convertirme en un joven avejentado, me permite disfrutar cada minuto, valorar el comienzo de las cosas, no creerlas eternas. Apretarlas. A mí pensar en la muerte no me hace feliz, pero me obliga a intentar serlo ahora, ya. -Inaugura su último libro de poesía " El tobogán" con el poema "El ciclo de la piedra", ¿cree que comprender los ciclos es alcanzar, en parte, el misterio del tiempo? El misterio del tiempo es inalcanzable en su conjunto. Pero tal vez imaginar ciclos interiores en él, fundarlos en nuestra mente, nos permita acercarnos con menos temor. Una de las cosas que hace infelices a las personas es negarse a aceptar los cambios, porque un cambio significa que algo termina. Por eso creo que es importante insistir en la otra parte: también significa que algo nuevo se inaugura. Estoy convencido de que para el espíritu -o para las emociones, para decirlo con más llaneza- puede valer aquel conmovedor principio físico que dice que la energía no se destruye ni se crea, sino que se transforma. Siempre que haya salud, lo mismo sucede con las etapas de nuestra vida. Temas y géneros -¿Piensa que todo lo que existe, desde lo más concreto (una lápiz por ejemplo) a lo más abstracto (el temor al humo, si es que existe y también por ejemplo), es materia bruta para el escritor? Por supuesto. Es más: yo diría que sólo a través de un lápiz se puede llegar al temor al humo. En literatura, creo que lo abstracto es el punto de llegada de los detalles bien observados. De lo contrario, se cae en la pretenciosidad o en el aburrimiento. -No obstante, puede haber algún aspecto o tema de la "realidad" que de manera consciente o inconsciente no le interese y descarte como material de su oficio... No imagino ningún asunto descartable. Tal vez sí puntos de vista. Es diferente. La basura no parece un asunto muy poético, y sin embargo en mi novela "Bariloche" me dediqué durante páginas y páginas a indagar en la posible poesía de un vertedero, por ejemplo. -Una curiosidad, al leer su obra se advierte que una misma ocurrencia o idea la exprime y trabaja literariamente en distintos géneros. A título de ejemplo: el tema de hablarle a una hijo futuro en el relato "La convocatoria" y el poema "Palabras a una hija que no tengo"; la poderosa simbología del mineral en "Primera piedra", que es un relato, y el poema antes aludido "El ciclo de la piedra"; o en torno al suicidio de un abuelo en "La bañera" y la carta de despedida del abuelo de Net en su última novela "La vida en las ventanas". ¿ No puede evitar, como escritor, ver las imágenes desde distintos puntos de vista y trabajarlas con distintos lenguajes? ¿Le divierte hacerlo? Es cierto; y esto nos remite a lo anteriormente dicho sobre los puntos de vista. La actitud de un poema o de un relato no es la misma (no sé cuál es la diferencia, pero mis palabras lo saben): por eso los temas regresan, recurren una y otra vez bajo diferentes formas y ángulos. Pero no se trata de jugar, ni de divertirse con ejercicios: hay cuestiones tan urgentes o terribles para mí que no se agotan en un solo texto, y necesito abordarlas de nuevo cambiándoles el lenguaje. Y lo increíble es que, a veces, al cambiar de género, es el propio tema el que se modifica. Y entonces uno aprende algo que no sabía. Yo no imaginé que mi abuelo tal vez quiso respirar por última vez antes de suicidarse hasta que escribí aquel cuento titulado "La bañera". Ni tampoco se me ocurrió buscar las coincidencias entre mis dos abuelos hasta que surgió aquel personaje de la novela "La vida en las ventanas", donde el personaje es una fusión entre mis dos abuelos reales y acaso también un tercero imaginario. Por lo demás, el resultado sí puede ser divertido para el lector, que va encontrando ecos y paralelismos, y le sigue la pista al autor. Pero eso suele ser un -grato- efecto imprevisto de las obsesiones personales. Influencias -En múltiples ocasiones, la crítica busca en su obra, y le ofrece, la selección de las influencias que la nutren; los poetas y prosistas que circulan por su sangre de escritor y que, inevitablemente, tiñen su escritura, pero ¿existe algún "antecedente", de los muchos que le han encontrado, con el que no se identifique en absoluto? es decir, que el autor con el que le asocian no forme parte del árbol genealógico de su escritura... -La mayoría de ellos. Muchas veces los críticos, con la excusa de buscarte influencias, lo que hacen es exhibir sus supuestamente vastos conocimientos literarios. La mayoría de los críticos se complace infantilmente en señalar: ese verso es de Rilke; o en decir: este título es un guiño a Stevenson, como si aquello fuera una señal profunda de algo. Es un poco triste. Las verdaderas influencias se ocultan, o se ignoran porque son inconscientes. Yo venero a muchos escritores cuya literatura, al fin y al cabo, es por completo ajena a la mía. También detesto a algunos autores con quienes, horrorizado, he descubierto que tengo afinidades. Pero basta que pongas una cita o un pequeño homenaje lúdico, para que las fieras se arrojen sobre ti y te digan a quiénes perteneces, casi siempre erradamente. Como decía el poeta argentino Santiago Silvestre, una cosa es amar a alguien, y otra distinta deberle un favor. Si se hablase más de lecturas, y menos de influencias, las cosas estarían mucho más claras. -Actualmente, qué autores son los que más le interesan, ¿algún descubrimiento que quiera compartir como el lector que también es? Se me ocurren lecturas más o menos recientes: recomiendo la autobiografía científica de Max Planck, que podría aplicarse perfectamente a cualquier artista; los cuentos de dos narradores argentinos: Inés Fernández Moreno y Guillermo Martínez; cualquier obra de Simone Weil, una mujer maravillosa; los cuentos de John Cheever, reeditados hace poco por Emecé; los ensayos de "Formas breves" de Ricardo Piglia; el poemario "Adiós al siglo veinte" del venezolano Eugenio Montejo. Y… -Usted con su obra, como artista, provoca "placer estético" en la sensibilidad de otras personas, ¿ Qué supone para el creador producir, y saber que produce este efecto en sus lectores? Un asombro gratísimo. Una gratitud equivalente a la que siente el lector. Mientras el lector piensa: no puedo creer que haya escrito usted esto, uno se dice: no puedo creer que haya leído usted mi libro. Estoy convencido de que los buenos lectores le devuelven su libro reescrito al escritor. Recuerdo que una vez les puse a unos alumnos un fragmento de una novela de Justo Navarro que a mí me parecía fascinante y misterioso. Uno de ellos, que tendría unos once o doce años, me hizo un comentario insospechado: su interpretación era más sencilla y más profunda que la mía. Tanto me impresionó su lectura, que telefoneé a Justo Navarro y se la transmití. El respondió: ahora entiendo ese pasaje. -Para finalizar y para variar, me gustaría que nos comentase, si le apetece, en qué está trabajando actualmente. Mejor que no; da mala suerte. (diciembre de 2002) |