| Entrevista a Andrés Neuman |
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| Ángeles López | ||||
- Pregunta obligada: ¿dónde y cómo escribes? (horarios, lugar, PC, cuadros que te rodeen, ¿música?, ¿té, café o carajillo? Olores, sabores, entorno...) No necesito una liturgia sofisticada. Al contrario: si escribir es un hábito más o menos cotidiano para un escritor, no tendría sentido rodearlo de excepcionalidad. Creo que eso podría ser contraproducente para mí. Prefiero pensar en la escritura como una respiración, como un acto natural que depende de mí, más que de factores externos. De todas maneras, prefiero los ambientes sobrios: el orden, sobre todo. Papeles bien clasificados, pocos objetos, cierta limpieza. Podríamos llamarlo un ritual vacío. ¿Bebidas? Agua, café o coñac. ¿Música? En general, silencio; una música interior. Aunque de vez en cuando me provoco determinadas sugestiones escuchando obras de cámara o corales. - ¿La poesía se escribe a mano y la novela a ordenador? Y las cartas de amor... y los haikus.. ¿cómo se escriben? Es posible que casi todos los poetas escriban a mano, no sé muy bien por qué. Tal vez un poema, además del pulso físico y la emoción directa que da la caligrafía, necesite verse a página completa de un solo vistazo, como si hubiera en él algo de composición plástica. En cambio me gusta escribir a ordenador las novelas y el resto de la prosa: te quita veleidades y caprichos. Al ver en letra fría lo que vas escribiendo, tomas distancia y te conviertes en lector de ti mismo. Ese ejercicio de objetivación me parece que ayuda a borrar tus huellas, a convertirte en otro, que es de lo que se trata. - Una vez Argentina ¿es un ejercicio psicoanalítico o tal vez un exorcismo de Andrés que se extiende a todo un país y a sus circunstancias pasadas y presentes? Bueno, en realidad no veo tanta distancia entre el psicoanálisis y el exorcismo... Todos tenemos demonios, monstruos y fantasmas, y la escritura nos permite dialogar con ellos. Sin catarsis no hay arte, pero quedarse en el mero desahogo sería una falta de respeto con el lector. El lector no tiene por qué soportar los traumas de nadie. Lo que el lector merece es que, con esos traumas, el autor invente una historia convincente que le ofrezca emoción y lo invite a reflexionar. Los personajes de Una vez Argentina están inspirados directamente en mis ancestros, pero en todo momento trabajé con sus vidas pensando en universalizarlas lo más posible y procurando que en cierto modo representasen distintos momentos del siglo veinte argentino. En cuanto al pasado, no creo que exista como entidad absoluta. Existen, como mucho, antecedentes de eso que llamamos presente: si uno estudia la historia de los primeros golpes de Estado de Argentina, comprende mejor los siguientes; si uno analiza la evolución de su clase media y su historia económica, se extraña un poco menos del desastre de Menem. Aunque lo interesante es que también sucede lo contrario: el presente modifica una y otra vez nuestra percepción de la historia. - Desde España, reivindicas tus raíces, tu tierra rica que no emerge por la suerte envenenada, por la histórica estafa... Parafraseando al poeta Gabriel Celaya, ¿reconoces en tu pluma un arma cargada de futuro para Argentina? No siento que esté reivindicando nada: tan sólo he querido recuperar, para mí, una patria simbólica de la que en realidad carezco. Siempre llevaré un emigrante en mi corazón, una emoción errante. Pero es que, además, la literatura en general aspira a derribar fronteras y patrias. El arte me parece lo contrario de la identidad; es la sospecha, la duda razonable. En cuanto a Argentina, por desgracia sus problemas no pueden achacarse a ninguna mala suerte, sino a malas políticas y a determinadas negligencias civiles. Desde luego, con mi novela no pretendía señalar ningún futuro para Argentina, sería presuntuoso por mi parte. Tampoco sé si tengo plumas, oye, o si alguien me las ve. Y, sobre todo, nada de armas cargadas: de eso ha habido de sobra en Argentina. Si Celaya viviese, estoy seguro de que habría matizado aquel verso: la poesía debería descargar todas las armas, anular su sentido. No creo que se pueda leer atentamente a San Juan de la Cruz y luego salir a pegar tiros. - Si te considerabas un niño viejo cuando apenas tenías diez años, ¿ahora...? Ahora me concentro en fabricarme una inocencia. - Las sentencias de la crítica española no pueden ser más espléndidas: “Tocado por la gracia”, “...alta literatura...”, “fenómeno, todoterreno en todos los géneros”, sólo por citar algunos de los últimos piropos. ¿Cómo te influyen, a nivel personal y creativo, tantas loas?; (¿a cuántos tienes comprados? –ja,ja- A nivel personal, no me influyen especialmente. Ya hay suficiente vértigo, suficiente entusiasmo y decepción en la propia escritura, como para añadir demasiadas expectativas en las críticas ajenas. Aunque desde luego prefiero que hablen bien, porque eso ayuda a los libros. Ya a nivel creativo, no me influye en absoluto: uno debe escribir lo que le dé la gana, para bien o para mal, se equivoque o acierte. Sería absurdo escribir para que dijeran tal o cual cosa. ¿Que si compro a los críticos? No es necesario, y sería muy caro. Con amenazarlos una vez al mes, me basta. - ¿Tienes miedo de convertirte en un producto comercial? Francamente, entre todos mis temores, jamás se ocurriría incluir una cosa parecida. Tengo miedo de morirme, de perder a un ser querido, de perder la salud, de no saber amar... ¡pero de convertirme en un producto comercial! Además, conviene no ponernos moralistas: pensemos en los escritores que consideramos “comerciales” o de poca monta. Y ahora pensemos en sus primeros libros, en el talento literario que había en ellos. ¿De verdad prometían maravillas y luego se estropearon por culpa del Vil Mercado? ¿No será que nunca fueron gran cosa? - Actualmente, ¿puedes costearte la vida escribiendo? Por supuesto: escribiendo mis libros... y doscientos artículos en prensa, y extrañas conferencias, y ejercicios de clase en talleres, y prólogos y epílogos y apéndices. Así es como me es posible llegar a la escritura más perfecta: la lista de la compra. - Todos dicen que no, pero, ¿te prestarías a ganar un premio de los llamados “de prestigio” a cambio de convertirte en un superventas? Pues no tengo ni idea, pero me temo que esa pregunta omite la parte más importante: el libro. Lo primero sería que el libro fuera bueno, digno de las expectativas que uno tiene de sí mismo, y que estuviera escrito con amor, paciencia y trabajo. Luego, por ese mismo libro, podrán pagarte diez, cien, mil o nada, podrán publicártelo en Galimard o en el ayuntamiento de tu pueblo... No veo que la literatura dependa de esas cosas. Eso viene después, y no modifica más que la cuenta corriente y la promoción de turno. - Otra de miedo: ¿temes el momento de que la vocación y el oficio se pongan de acuerdo para apuñalar por la espalda a la genialidad? En realidad, te noto preocupada sobre todo a ti por eso... ¿Por qué dedicarle tanta energía a cuestiones que son circunstanciales? ¿Acaso el oficio y la vocación se oponen? Si amas una disciplina, sea la que sea, ¿no debes entrenarte? ¿A Bach lo traicionó su obligación semanal de componer una cantata en Leipzig? ¿Los cuentos de Chejov empeoraron cuanto empezó a ganarse la vida publicándolos periódicamente? Alguien dirá: ya, pero no todo el mundo tiene el talento de Chejov o de Bach. Precisamente a eso íbamos: todo depende del talento. - Extraliteraria, con permiso: ¿por qué crees que tienen tan mala fama en España los argentinos, sobre todo los porteños? –te sabes el chiste de que el argentino suele suicidarse tirándose desde su propio ego- Digo yo que será porque nos lo hemos ganado a pulso. En todo caso, el chiste es inexacto: los porteños, cuando escalamos el Himalaya de nuestro ego y llegamos a la cima, solemos tomar la precaución de ponernos un paracaídas antes de tirarnos, porque ¡nos tenemos en tantísima estima...! A lo mejor el tipo del chiste llevaba puesto un paracaídas de industria argentina. Entonces sí lo llevaba claro: se estampó sin remedio. - Una de destreza: el primer haiku, de cosecha propia, que te venga a la cabeza. Contra los postes el tronco de la lluvia se hace astillas. (¿Verdad que es ese ruido, el del agua cuando impacta en el metal? Como si fuera sólida. Como si se quebrase...) - Obligada: ¿qué has aportado estilísticamente hablando a la novela, la poesía, el cuento? Goethe me libre de tener que decir nada al respecto. Prefiero tu opinión. - También obligada: tus contemporáneos preferidos en poesía y novela (no te salgas por la tangente, por favor. Cita; da nombres). Me mojaré, siempre y cuando quede claro que nombro sólo a algunos, los primeros que se me ocurren. De los poetas vivos de más edad, citaré a José Viñals, Joan Margarit, Gimferrer, Gelman, Santiago Sylvester, Carilda Oliver, Yves Bonnefoy, Wislawa Szymborska o Eugenio de Andrade. Algunos narradores veteranos: Ana María Matute, Marsé, Piglia, Ian McEwan, Saramago, Kenzaburo Oé. Algunos poetas españoles más o menos jóvenes: Carlos Marzal, Aurora Luque, Jorge Riechmann, Esperanza Ortega, Álvaro García, Juan Antonio González Iglesias, Eduardo García, Luis Muñoz, Pablo García Casado, Yolanda Castaño. Narradores españoles más o menos recientes: por ejemplo Eloy Tizón, Carlos Castán, Félix Palma, Ángel Zapata, Belén Gopegui. Esa es mi quiniela del día de hoy. No puedes quejarte. - ¿Se ha terminado el viejo dilema entre la poesía de la experiencia y la de la intuición? Es que, para mí, nunca ha existido tal dilema. De hecho, ya en el primer poema de mi primer libro (Métodos de la noche) había una crítica explícita a ese dualismo. Nunca me he sentido obligado a elegir entre un supuesto realismo y una supuesta indagación lingüística, entre lo narrativo y lo irracional, entre Gil de Biedma y Claudio Rodríguez, entre Fonollosa u Octavio Paz. Parece que estuviéramos obsesionados con lo de querer más a mamá o a papá. Mientras haya inteligencia y vísceras, trabajo e iluminaciones, cualquier escuela me parece cojonuda. A mí lo que me importa son los textos. - ¿Qué está escribiendo ahora Andrés Neuman? Escribo poemas nuevos que me llenan de dudas y de dicha. Corrijo un libro de cuentos en el que he estado trabajando en los últimos tres o cuatro años, y que me gustaría publicar el año que viene. Y estoy reuniendo desde hace tiempo una colección de aforismos: tal vez haya algún editor incauto que se interese por ellos. También me gustaría encerrarme pronto a probar con otra novela;tengo un par de historias, aunque por el momento son apenas sueños. Ya despertarán. - Así que pasen veinte años... ¿qué lugar tendrá la obra de Andrés Neuman en la literatura? Me conformo con el trastero. Siempre que esté ordenado, que tenga un poco de ventilación y me permitan trabajar en él. - ¿Qué promedio de tiempo empleas en completar un poemario? ¿Y una novela? –si puedes detallarme cómo es el proceso, los lectores lo agradecerán-. ¡Válgame Borges! Si detallo el proceso, nos salimos de la página. Así que, sin detalle ninguno, te diré que la duración de un libro es por completo imprevisible, lo mismo que el amor, el sexo, la cocina o la felicidad. La novela que más tiempo me llevó escribir fue Bariloche (unos dos años y medio), quizá porque no tenía ni idea de cómo se hacía una novela y cada mes quitaba y añadía capítulos y personajes. Lo curioso es que el argumento me vino entero a la cabeza en un par de minutos, mientras iba en autobús. La novela que menos tiempo me llevó fue paradójicamente la más larga, Una vez Argentina (menos de un año), aunque se da la circunstancia de que el libro se nutrió de un cuento anterior, de las investigaciones para mi tesis y del proyecto frustrado de escribir mi genealogía. El poemario más lento ha sido El tobogán (casi cuatro años) y fue el resultado de un azaroso proceso en el que nacieron y murieron otros dos libros. El poemario más veloz ha sido El jugador de billar (sólo un mes o mes y pico), y sin embargo luego corregí el borrador durante casi dos años, e incluso hay quien opina que es mi libro más complejo. Lo único que se repite, contumaz, es el número de borradores previo a la versión definitiva: unos ocho. ¿Qué deducir de todo esto? Tal vez que la duración no importa tanto, que cada libro es una aventura única y que, afortunadamente, sigo sin tener ni idea de cómo se hace una novela o un poemario. - Es Andrés Neuman un hombre de fe. ¿De qué tipo? Verbal y musical. Tengo fe en que las palabras y la música perfeccionan el espíritu de las personas. En cuanto a los dioses, por mi casa no han venido. - Por último, y espero que no te moleste: a ratos te percibo casi genial (logrando licencias poéticas y estilísticas, abriendo puertas para lo que vienen detrás) mientras que, en otras ocasiones, te encuentro... viviendo –si me lo permites- de “rentas literarias”... ¿Cómo lo ves tú? Pues hija, yo no veo nada. Quiero decir que escribo cada página con la misma intensidad, tratando de ser honesto con mis gustos, procurando emocionarme con lo que hago e intentando aprender algo. Si los resultados de esa búsqueda no siempre están a la misma altura, será por falta de inspiración, no por falta de esfuerzo. Ojalá siga, de vez en cuando, topando con alguna puerta. Eso también es fe, ¿no te parece?
(publicada originalmente en Diario de Álava, 29 de marzo de 2004) |
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