Andrés Neuman: «Los cuentistas se sienten solos en este país»
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  Félix Romeo
 

 

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) acaba de publicar su segundo libro de cuentos, El último minuto, en el que incorpora un apéndice donde reflexiona sobre el género.

­El último minuto contiene una importante parte teórica sobre el cuento. ¿Son los relatos una «ilustración» de esa teoría?

­Tal vez sea al contrario: el dodecálogo y el ensayo que aparecen en el epílogo de El último minuto son una ilustración teórica de los descubrimientos que he ido haciendo durante la escritura del libro. Creo que parte de la desconfianza de los lectores frente a la teoría parte, precisamente, del malentendido de que los autores ­y por lo tanto también ellos­ se convierten en esclavos de un discurso abstracto. Pero qué va: las poéticas me parecen el reverso de los dogmas, son siempre provisionales; ése es su atractivo. Y, por supuesto, suelen ser posteriores al acto de escribir.

­¿Es en la práctica muy fiel a esa «preceptiva» (que sigue una tradición americana: Quiroga, Piglia, Monterroso, que creaba decálogos de doce para que cada cual eligiera los consejos que prefiriera...)?

­Caray, me temo que soy infiel por naturaleza... Creo que es valioso, y hasta necesario, que los escritores reflexionemos acerca de nuestras herramientas de trabajo. ¿Por qué los poetas viven reelaborando sus estéticas, discutiendo acerca de sus palabras, y los narradores dan por sentado que eso no les concierne? ¿Acaso la prosa es espontánea? Quizá deba sonar espontánea; pero eso implica toda clase de artificios técnicos. Parte del vacío crítico que existe en torno al cuento se debe a que carecemos de un hábito de discusión sobre el género.

­En los relatos aparece bastante la violencia.

­Vivimos en un mundo violento. Crecemos en la violencia física y moral. Somos hijos de ella. Y la literatura no puede permanecer bucólica ante esa realidad. Ahora bien, una cosa bien distinta es violentar al lector. En ese sentido, igual que en la vida, el humor es un antídoto. Encuentro que la risa es aún más necesaria cuando hablamos de lo terrible.

­El amor suele presentarse de forma desdichada.

­El desamor es la violencia sentimental. No hay amor más profundo, más incondicional, que el amor defraudado. Además, ya que fracasas, ¡al menos que te sirva para un cuento!

­Los vínculos familiares también son importantes en El último minuto.

­Es cierto; en el libro hay algunas historias familiares ciertas, y muy dolorosas. Pero también hay otras inventadas, o que cuentan verdades ajenas. Un narrador sabe que su padre puede ser el padre de otro. A mí me gusta apropiarme de familias extrañas y contarlas como si fueran la mía. Tal vez sea porque, en la realidad, mi familia es muy corta y está diseminada por el mundo. La literatura sirve, también, para sentirnos menos huérfanos.

­Y el tema, quizá central, es precisamente el de la captura de ese «instante final» en el que sucede de todo...

­Sí. La estrategia temporal de El último minuto es, en buena medida, ésa: atacar directamente el instante decisivo de una historia, su clímax. O, a la inversa, congelar el argumento justo antes del clímax, callarse ese minuto. Este último recurso, además de la elipsis de la que hablan los académicos, es también recomendable para asuntos de alcoba.

­El tono del libro está bastante teñido de sentido del humor.

­Creo que el humor es una respuesta honesta ante el odio, una salida vital frente a la presencia de la muerte. Observar lo terrible nos deja tan perplejos que, a veces, si uno quiere mantener los ojos abiertos, lo único serio que le queda por hacer es sonreír, ironizar. Eso, o volverse nihilista. Pero yo tengo verdadera fe en que, en los bordes de lo trágico, en el centro de la destrucción, siempre surge una chispa de luz, un detalle de belleza que nos salva.

QUEJARSE Y PATALEAR

­El último minuto es una apasionada defensa del cuento. Casi como si se tratara de una especie en peligro de extinción.

­¡Es que hace falta quejarse, patalear, hablar del cuento! Los cuentistas, salvo conmovedoras excepciones, se sienten solos en este país. Solos ante el mercado, subvalorados por la crítica y desamparados por los editores. Por eso, hoy en día, ante la avalancha de novelas-basura, dedicar dos, tres años de tu vida a escribir un libro de cuentos requiere mucho amor al género y supone casi un acto de militancia. Pues bien, así es como lo asumo.

­Y establece su propio canon sobre el género.

­En realidad, las mezclas literarias se producen a espaldas del autor. El inconsciente es una coctelera sorprendente. Aun así, me atrevo a aventurar que me gustan, por un lado, los cuentos breves y bien construidos, ésos que no pretenden desarrollar demasiado su argumento, sino que se limitan a sugerirlo, a callarse muchas cosas. Éste sería, por decirlo así, mi costado anglo-catalán. Pero, por otro lado, a veces echo en falta una mayor indagación en el lenguaje, una mayor ambición estilística. Y ese costado lírico sería mi pequeña herencia iberoamericana. De modo que sueño con un cuentista parco como Caldwell, silencioso igual que Hemingway, efectivo como Mrozek; pero a la vez emotivo como Cortázar, estético como Arreola, bello como un poeta. ¿Es tal cosa posible?

­En poco tiempo ha publicado novela, poesía, relatos. ¿Cómo se desenvuelve con los géneros?

­Se me ocurre que, personalmente, en mi caso los tres géneros se influyen mutuamente. Cuando escribo una novela, procuro ser económico, no irme por las ramas y cuidar mucho los matices. Al escribir un cuento, me acuerdo del temblor de las palabras que hay en los poemas, de la importancia del detalle visual. Y finalmente, cuando trabajo en un poema, no puedo evitar pensar en su estructura, en la importancia que tienen los finales, como si fuera un cuento. Esa promiscuidad es la experiencia de todo el siglo XX.

(Abc Cultural,Diario Abc, 1 de diciembre de 2001)