| Eloy
Tizón
El novelista Eloy Tizón firma una carta pública
dirigida a Neuman, en la que se analizan sus dos colecciones de cuentos,
El que espera y El último minuto.
Querido Andrés:
El último minuto es importante. Quizá el más importante
de todos. No son más que sesenta segundos, según las agujas del
cronómetro o el palpitar de los dígitos, pero sesenta segundos
en los cuales uno hace de repente justo lo contrario de lo que pensaba hacer.
En el último minuto uno se juega el destino. De ese último minuto,
crucial, de ese "momento decisivo", para utilizar la célebre
expresión empleada por el fotógrafo Cartier-Bresson a la hora
de referirse a sus instantáneas captadas al vuelo, en pleno éxtasis
iconográfico, de ese instante trascendente es del que nos habla tu libro
de relatos Era casi fatal, pues, que un temperamento tan lúcido, tan
libre, y a la vez tan riguroso e irónico como el tuyo, se topase tarde
o temprano con ese último minuto, ese residuo de tiempo solo, ahí abandonado
en la acera, quizá triste, sin que nadie le hiciese el menor caso, que
te lo llevases a tu casa de Granada un atardecer y lo exprimieses para sacarle
del alma todo el néctar literario y escribir, de paso, este libro. Este
encuentro imaginario entre el último minuto y Andrés Neuman
se me antoja tan cargado de fatalidad, tan bello y rutilante, como aquel otro
encuentro fortuito entre una máquina de coser y un paraguas sobre una
mesa de disección en el París suicida de los surrealistas.
En esta pareja fantástica y asimétrica, formada por un paraguas
y una máquina de coser, el papel de paraguas yo creo que te corresponde
a ti, Andrés, pues en todo escritor siempre hay algo de paraguas empapado,
capaz de escribir letras con lluvia y sonetos en los charcos, y porque el paraguas
tiene algo de vehículo de Café, de mecanismo soltero, una vocación
ambulante de soledad y vida urbana que cuadra bien con este oficio lunático
que ni siquiera lo es. Sí, Andrés, tú serías el
paraguas, mientras que el último minuto, por lo tanto, cumpliría
la función de máquina de coser: precisamente de máquina
de coser minutos.
Tus cuentos, en efecto, ya desde su mismo título (El que espera,
El último minuto) están confeccionados a base de puntadas
de tiempo, de dobladillos de instantes, de abrigos dados la vuelta y de forros
de realidad hasta ahora inéditos que tú sacas a la superficie,
exponiéndolos a la luz, con todo su reverso tembloroso de flor oscura
y posible. Sabes coser con aplomo, demostrando calidad, buenos reflejos, sentido
del humor y un indudable oficio; pues todos los narradores, en mayor o menor
grado, somos aprendices de tiempo.
Lo que te distingue de otros cuentistas es que tú eres un militante
del género; quiero decir que tú, a la vez que escribes un cuento,
escribes la apología del cuento, lo cual dota a tus creaciones de una
fuerza irresistible y una como sombra añadida. Por ejemplo, el relato
que cierra el volumen, titulado "Amor ruso", es la historia de un
hombre que se enamora de mujeres cada vez más pequeñas; este
juego de cajas chinas también podría entenderse, en mi opinión,
como una especie de guiño de complicidad que nos hace el narrador a
favor de las formas breves. Así, cuando en el relato titulado "Nieves",
el narrador describe un encuentro amoroso entre los personajes, diciendo: "Entonces,
esas noches, nos amábamos. Era simple y perfecto. Y era breve";
el lector, llevado a tu terreno, hipnotizado por tu maestría, ya no
sabe si aquí en realidad se nos está hablando del amor o del
propio texto; lo más probable es que se nos esté hablando de
ambas cosas a la vez. Lo que sirve para uno sirve también para otro.
Y es que en esta frase, con maravillosa ambigüedad, has superpuesto dos
voces, que el lector no está en condiciones de separar. No sabemos,
a ciencia cierta, quién habla; si es el amante de Nieves o el amante
de los microcuentos; si esta frase es fruto del enamoramiento hacia las mujeres
o del enamoramiento hacia las palabras, suponiendo que se pueda separar ambos
conceptos. Del amor de Nieves, como de tu libro, se puede decir lo mismo. Que
son simples y perfectos. Y queson breves. Sí, finalmente la máquina
de coser minutos y el paraguas de escribir ficciones se han comprendido, ella
y él, se han sentido atraídos, se han acostado juntos, han puesto
sus relojes en hora al mismo tiempo (en el último minuto, por descontado)
y han comenzado su historia. ¿Y la mesa de disección? ¿Qué papel
juega la mesa de disección antes citada en todo este asunto? Bueno,
pues yo creo que la mesa de disección es la propia literatura, el propio
género, cada uno de tus relatos, en que operas con la precisión
elegante del rayo láser del cirujano que sabe que, después de
todo, en el fondo, en esta vida en que tanto el amor como el arte son algo
simple y perfecto y breve, no existe ningún minuto que no sea el último
minuto.
Te abraza,
Eloy Tizón
[Eloy Tizón (1964) es escritor. Entre sus obras destacan Velocidad
de los jardines, Seda salvaje, Labia y La voz cantante.
Fue finalista del XIII Premio Herralde de novela.]
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